El adventismo y Walter Martin

La sorprendente influencia de un hombre

(Dave Fiedler)

 

Primera parte: de 1955 a 1962


La oportunidad llamó a las puertas de la Iglesia adventista del séptimo día en la primavera de 1955. Walter Martin, quien servía como director de ‘Sectas y apologética’ en la casa publicadora Zondervan, había escrito un libro titulado The Rise of the Cults (el surgimiento de las sectas), en el cual declaró que los adventistas pertenecían a la despreciable categoría de “sectas (*) no cristianas”. No obstante, ahora deseaba saber más sobre nuestra denominación.

(*) Secta = “Conjunto de seguidores de una doctrina o religión convencionalmente considerada errónea” (Diccionario Enciclopédico Grijalbo). Este es el término usado por Walter Martin para referirse a aquellos grupos religiosos que en su criterio sostienen puntos de vista diferentes a los del mundo evangélico.

La dirección de la revista Eternity lo había comisionado para investigar el adventismo en mayor profundidad. Se daba por descontado que su investigación llevaría a una conclusión desfavorable; no obstante, Walter Martin expresó su deseo de realizar una evaluación amplia y justa. Para lograr eso se le habría de permitir el acceso, tanto a fuentes históricas como contemporáneas de la Iglesia adventista del séptimo día. Su requerimiento era simple: “Por favor, cooperen”.

De forma retrospectiva muchos han sugerido que fue un error ceder a esa investigación. Pero sería bueno que nos preguntáramos qué hubiéramos hecho si dicha solicitud se nos hubiese dirigido a nosotros personalmente. Además, difícilmente podríamos imaginar a Pablo rehusando compartir los misterios del evangelio, incluso ante una audiencia potencialmente hostil. Tras analizar todas las perspectivas, se accedió a la solicitud en marzo del mismo año. Walter Martin, acompañado por George E. Cannon, un profesor de griego en la facultad del Colegio Misionero en Nyack, Nueva York, viajaron hacia Washington DC para la primera entrevista.

Pronto se hizo patente que el Sr. Martin estaba bien documentado. Planteó preguntas complejas que requerirían contestaciones detalladas. Además, las preguntas y las respuestas tenían que ser sometidas por escrito para que así todos los grupos pudieran tener un registro fidedigno de lo que se había debatido. Hasta ese momento la delegación adventista (el erudito y autor, L.E. Froom; W.E. Read, secretario de la Asociación General y T.E. Unruh, presidente de la Asociación del Este de Pennsylvania) proporcionó al Sr. Martin libros y revistas que apoyaban las posiciones que habían definido como las creencias doctrinales de la iglesia.

La siguiente noche estuvieron muy ocupados. L.E. Froom redactó una respuesta inicial de veinte páginas a las preguntas formuladas, mientras el Sr. Martin leía literatura adventista hasta las dos de la noche. Cuando los dos grupos se reunieron al día siguiente, los adventistas se sintieron satisfechos al escuchar al examinador declararlos dignos de ser llamados cristianos; eso sí, siempre y cuando el material que le habían proporcionado representara adecuadamente a la denominación como entidad.

Al estudiar las declaraciones de las creencias fundamentales de 1931, el Sr. Martin había quedado sólo parcialmente convencido. Afirmaba haber encontrado declaraciones no ortodoxas en los libros, folletos y revistas, y deseaba saber el porqué. Cuando expuso los ejemplos que él consideraba “herejías inequívocas”, “los eruditos adventistas se sintieron sorprendidos y pasmados”. Todo cuanto pudieron responder fue: “Ya está en curso una enmienda”.

Ese asunto salió a la superficie repetidas veces mientras continuaba esa serie de encuentros. Se veía claramente que estas reuniones no iban a ser de corta duración ni tampoco una proposición simple. A comienzos del mes de agosto el Sr. Froom urgió a que se ampliara la delegación adventista. R.A. Anderson, secretario de la Asociación Ministerial de la Asociación General y editor fundador de la revista Ministry, había estado implicado informalmente desde abril. Ahora se le pidió que prestara sus talentos para esta obra.

Para el 25 de agosto las reuniones habían entrado en una nueva fase. Viajando a Doylestown, Pennsylvania, los representantes adventistas se reunieron por dos días, no solamente con Walter Martin y George Cannon, sino también con Donald Grey Barnhouse, el editor de la revista Eternity. Barchdale, la espaciosa casa del Dr. y Sra. Barnhouse, proveyó el lugar para esas reuniones. Fue en este lugar donde el Dr. Barnhouse oyó el desafío de su propio hijo a fin de que hiciera saber públicamente al mundo entero que había llegado a la conclusión de que los adventistas del séptimo día son realmente un pueblo cristiano.

Pero había una dificultad con la denuncia de las enseñanzas no ortodoxas. ¿Qué se po­día y debía hacer?

Se estaba acusando a la iglesia de enseñar “arrianismo (la enseñanza de que Cristo fue un ser creado), la naturaleza pecaminosa de Cristo, la teoría de una expiación incompleta, el galacianismo (salvación por medio de la ley) y un sectarismo extremo”. Los evangélicos señalaron la falta de un credo formal en la Iglesia adventista del séptimo día como la raíz del problema. ¿Cómo podría una denominación mantener su integridad doctrinal sin un resumen de sus principios que definiera los límites de lo que debía considerarse aceptable?

Por su parte, los adventistas aseguraban que las áreas problemáticas señaladas no constituían enseñanzas principales del adventismo, y que la Asociación General investigaría los puntos mencionados. Si los adventistas habían renunciado verdaderamente a esos puntos, sería necesario demostrarles a los evangélicos que existía efectivamente un consenso general dentro de la denominación en el sentido de rechazar tales enseñanzas.

Se diseñaron dos líneas de acción para el logro de esta tarea. Se organizó un itinerario de viajes para que Walter Martin pudiera observar el adventismo en una variedad de ambientes, desde la costa Este hasta la Oeste de los Estados Unidos, y posteriormente las misiones en el extranjero. Como segunda línea de acción se hicieron planes para articular las respuestas adventistas a las preguntas del Sr. Martin, que se publicarían después en un libro tras minuciosa inspección por parte de los líderes adventistas en todo el mundo. Ese libro vino a ser Seventh Day Adventists Answers Questions on Doctrine (o más resumidamente: Questions on Doctrine, o QOD; en español, ‘Preguntas sobre doctrina’. Ver comentario sobre ese libro). Este último proyecto quedó en manos de un comité de catorce miembros compuesto por: R.R. Figuhr (presidente, tanto del comité como de la Asociación General); A.V. Olson, W.B. Ochs, L.K. Dickson, H.L. Rudy, J.L. Robison, W.R. Beach, C.L. Torrey, F.D. Nichol, T.E. Unruh, R.A. Anderson, L.E. Froom, y W.E. Read.

Habiendo transcurrido velozmente otro año de reuniones, por toda evidencia los esfuerzos de los representantes adventistas estaban surtiendo el efecto deseado. Las discusiones formales entre los adventistas y los evangélicos llegaron a su esperado final. Review and Herald publicó Questions on Doctrine hacia finales de 1957. La obra de Walter Martin acumuló varios retrasos, pero Zondervan publicó por fin en 1960 el libro The Truth About Seventh-Day Adventists (la verdad acerca de los adventistas del séptimo día). Acababa de completarse una obra trascendental, pero a la Iglesia adventista del séptimo día habría de significarle décadas de inesperados conflictos que no se han resuelto hasta el día de hoy.

En el año 1955 los dirigentes adventistas habían asegurado a los evangélicos que las doctrinas “no ortodoxas” estaban “en proceso de corrección”. Quizá esta respuesta fue simplemente un impulso del momento, una declaración general a propósito de lo que la denominación trató de hacer con todas las enseñanzas “heréticas”. O quizá fue más que eso. No es infundada la opinión de algunos a propósito de que dentro de la denominación ya se estaban dando pasos decididos para eliminar de la mente colectiva del adventismo ciertas doctrinas que no armonizaban con las doctrinas “ortodoxas” del mundo evangélico.

Probablemente muy pocos lectores notaron los cambios en la nueva edición inglesa de The Bible Readings for the Home Circle (las hermosas enseñanzas de la Biblia) del año 1946. [N. del T.: Esa nueva edición revisada —“corregida”— es la única que se tradujo y ofreció al mundo hispanohablante].

En aquel tiempo no se mencionó mucho la revisión del libro, pero una simple comparación de esta edición con las anteriores mostrará rápidamente que la sección titulada: “Una vida sin pecado” fue objeto de revisión, introduciendo en ella cambios significativos. El nuevo libro ya no reflejaba la posición sostenida por la denominación en los últimos cien años. Este fue el paso que encabezó el esfuerzo por amortiguar la posición de la Iglesia adventista del séptimo día que hasta ahora había sido aceptada unánimemente: que Cristo tomó la naturaleza pecaminosa del hombre a quien vino a salvar, y no la perfecta naturaleza de Adán antes de pecar.

Pasaron seis años antes de que se oyera el primer eco de esa nueva línea de pensamiento. Las ediciones del 10 y 17 de julio de 1952 de la revista Review & Herald incluyeron un editorial en dos partes donde aparecía la nueva posición:

“Los adventistas creen que Cristo, 'el segundo Adán', poseía en su parte humana una naturaleza semejante a la del primer hombre Adán, una naturaleza libre de toda mancha”.

Aquí, encajada en un marco de confusión que sólo podía llevar al lector a sospechar de los propósitos del autor, se hallaba, totalmente aislada, una declaración de cristología ajena al adventismo. Tal vez podamos comprender mejor el asunto si echamos un vistazo a la conclusión de los comentarios del muy respetado jefe de redacción:

“Para concluir, creo que es necesario que algunos de nuestros escritores y oradores adventistas escuchen algunas palabras de consejo... Cuando hablamos de la mancha de pecado, de los gérmenes del pecado, debemos tener en cuenta que estamos usando un lenguaje metafórico. Los críticos, especialmente aquellos que ven las Escrituras a través de la creencia calvinista, leen en el término ‘carne pecaminosa’ algo que la teología adventista no requiere. Por lo tanto, si usamos el término ‘carne pecaminosa’ refiriéndonos a la naturaleza humana de Cristo, tal como han hecho varios de nuestros escritores, estamos dando lugar a un mal entendido”.

Parece que para el año 1952 la crítica de los no adventistas, especialmente de los calvinistas, había llegado a ser de tal importancia para nosotros como para que le prestáramos atención. También parece —y esto es pura especulación— que para ese mismo año se había olvidado que el primer autor que aplicó el término “carne pecaminosa” a la naturaleza humana de Cristo, fue nada menos que Elena G. de White:

Él tomó sobre su naturaleza sin pecado nuestra naturaleza pecaminosa, para saber cómo socorrer a los que son tentados { MM 237.3; MM.181.3 }

Revestido del manto de la humanidad, el Hijo de Dios descendió al nivel de los que deseaba salvar. En él no había ni engaño ni pecado; siempre fue puro e incontaminado. Sin embargo, tomó sobre sí nuestra naturaleza pecaminosa (Desde el corazón, 38 —meditación para el 26 de enero—, tomado de Review and Herald 22 agosto 1907, párr. 1).

Quizá el paso más decisivo hacia el desarrollo de la nueva doctrina adventista no lo dieron los adventistas. Donald Grey Barnhouse aceptó finalmente el desafío de su hijo cuando en la edición de la revista Eternity del año 1956 publicó su artículo titulado ‘¿Son los adventistas cristianos?’, ocasionando la pérdida temporal de casi una cuarta parte de los suscriptores de su revista. Ese artículo escandalizó a gran parte del mundo evangélico. Ciertos puntos del artículo lograron escandalizar también a miembros de la denominación [adventista] que Barnhouse procuraba desagraviar.

En su artículo, el Dr. Barnhouse hablaba del impacto que le causó —durante una de las primeras reuniones— ver cómo sus “nuevos hermanos” adventistas rechazaban ahora enseñanzas que habían mantenido en el pasado, y que eran contrarias a sus creencias actuales. Así lo expresó Barnhouse:

“Walter Martin les señaló que en su propia librería adyacente al edificio donde se estaban llevando a cabo esas reuniones, se encontraba cierto libro publicado por los adventistas y escrito por uno de sus pastores, que declaraba categóricamente lo contrario a las enseñanzas que ahora sostenían. Los líderes hicieron traer el libro, descubrieron que el Sr. Martin tenía razón, e inmediatamente trajeron el hecho a la atención de los oficiales de la Asociación General para que se resolviera esa situación, y que tales publicaciones fueran corregidas”.

Barnhouse continuó diciendo:

“Ese mismo procedimiento se repitió con respecto a la naturaleza humana de Cristo. Respondieron que la mayoría en la denominación adventista siempre había sostenido que [la naturaleza humana que Cristo tomó] era santa, perfecta y sin pecado a pesar de que ciertos escritores adventistas hubieran logrado ocasionalmente imprimir puntos de vista completamente contrarios y repugnantes a los de la iglesia [adventista] en general. Además, los dirigentes adventistas explicaron al Sr. Martin que lamentaban que en su feligresía hubiera algunos que pertenecían a una franja fanática y extremista, lo mismo que sucede en cualquier otra denominación conservadora”.

Un pequeño número de adventistas se alarmó al leer los comentarios de Barnhouse acerca de la Iglesia adventista. Parecía tener razón al afirmar que

“en algunos casos la posición de los adventistas nos parece una posición nueva”.

No todos [los adventistas] estaban satisfechos al ver que la iglesia estaba adoptando nuevas posiciones de forma tan precipitada. Y dado que el artículo afirmaba además que “la mayoría de líderes sensatos habían determinado frenar a cualquier miembro que apoyara ideas divergentes a las de los líderes de la denominación”, tuvieron doble razón para alarmarse.

El Dr. Barnhouse fue riguroso en su evaluación de la doctrina del juicio investigador y la doctrina del ministerio de Cristo en el lugar santísimo comenzando en el año de 1844:

“En mi opinión son invenciones humanas para tapar el asunto del chasco. También debemos reconocer que algunos adventistas ignorantes tomaron esa idea y la llevaron hasta extremos literales increíbles. El Sr. Martin y yo escuchamos a líderes adventistas afirmar rotundamente que repudiaban tales extremos. Fueron muy positivos en su declaración. Es más, estos líderes no aceptan la enseñanza de los pioneros que declara que la obra expiatoria de Cristo no terminó en la cruz, sino que continuaba en el segundo ministerio iniciado en el año 1844. También repudiaron totalmente esa idea”.

En resumen, el Dr. Barnhouse dejó claro que

“personalmente no creemos que exista ni un solo versículo en las Escrituras que pueda sostener una posición tan peculiar [como el juicio investigador], y además creemos que cualquier esfuerzo que se haga para establecer esta posición es inútil, obsoleto e infructuoso”.

Después de haber anunciado públicamente los resultados de esas reuniones, los cambios, que hasta entonces habían sido lentos, se aceleraron. En los números de la Revista Ministry publicados en septiembre de 1956 y también en febrero y abril de 1957, encontramos establecido un nuevo fundamento. La primera de estas fuentes proclamaba osadamente que Cristo

“tomó en su encarnación [la] naturaleza sin pecado de Adán antes de la caída”.

La segunda fuente expresó una posición doctrinal nunca proclamada oficialmente por el adventismo hasta entonces:

“el acto del sacrificio en la cruz [fue] una expiación completa, perfecta y final por los pecados del hombre”.

De forma incongruente, el mismo artículo se refería primero a “la muerte y sacrificio de Cristo en la cruz”, y luego al “ministerio de nuestro Sumo Sacerdote en el santuario celestial en el día antitípico de la expiación”, para concluir finalmente afirmando que cada uno de esos dos aspectos es “incompleto sin el otro, y que cada uno es un complemento indispensable del otro”. Parece que el autor del artículo no fue capaz de ver la contradicción de su planteamimento.

En el tercer número histórico de la revista Ministry se podía leer:

“Cuando el Dios encarnado ingresó en la historia humana y se convirtió en uno con la raza, es nuestra comprensión que poseía la naturaleza impecable de Adán al ser creado en el Edén”.

Este nuevo rumbo causó inquietud y preocupación en un respetable y anciano obrero [pastor] de la iglesia: M.L. Andreasen, quien por largo tiempo había servido como administrador, educador y autor, y era considerado universalmente una autoridad en la doctrina del santuario. Inmediatamente después de la segunda revista publicada en febrero de 1957 se sintió constreñido a levantar su voz de alarma. Comenzando con una carta personal dirigida a un componente de la Asociación General en Washington, D.C., la voz de alarma del pastor Andreasen se propagó hasta ser oída por toda Norteamérica, y se extendió en menor grado por el campo mundial.

Aunque originalmente su preocupación se centraba en las enseñanzas declaradas oficialmente en la revista Ministry y en el libro Questions on Doctrine, el Pastor Andreasen encontró pronto causa para una preocupación aun mayor. A principios del verano del año 1957 cayó en sus manos una copia de las actas de las reuniones que la junta de Fideicomisarios de las Publicaciones de E.G. de White había sostenido durante el mes de mayo. Andreasen lo interpretó como una providencia divina, pues rara vez personas ajenas a dicha junta tienen acceso a documentos tan confidenciales.

En esas actas comprobó que el primero de mayo, dos hombres (a quienes Andreasen llamó Pastores “R” y “A”) sugirieron a los miembros de la junta que ciertas declaraciones del Espíritu de profecía fueran “clarificadas”, añadiendo notas a pie de página. Parece que estos dos caballeros, junto a otros de “su grupo” habían llegado a estar “bien enterados de aquellas declaraciones de Elena de White que indican que la obra expiatoria de Cristo en el santuario celestial sigue ahora en progreso”.

En vista de esta preocupación, se “sugirió a los fideicomisarios que en algunos libros de Elena de White se podían insertar notas suplementarias o a pie de página para aclarar los escritos acerca de la obra expiatoria de Cristo”.

“Los hermanos que participaron en estas discusiones percibieron que este asunto ocuparía un lugar prominente en el futuro, y sugirieron seguir adelante con la preparación de las notas que habrían de ser incluidas en las futuras publicaciones de los libros de E.G. de White”.

La decisión final fue pospuesta por algún tiempo, y finalmente se llegó a la conclusión de que tal plan no era sabio. Mientras tanto, Andreasen llamó la atención de muchos obreros de la iglesia a los planes que se estaban desarrollando en Washington. De ese modo llegó a estar en una posición controvertida en relación con los líderes de la denominación, quienes le advirtieron en una carta fechada el 15 de diciembre de 1957, que si continuaba publicando el asunto, eso “indudablemente, afectaría su relación con la iglesia”.

Mes y medio más tarde le “preguntaron por qué nunca había pedido una audiencia en la Asociación General”. Eso le sorprendió. Después de haber mantenido una activa correspondencia con la Asociación General, y siendo que repetidas veces los representantes de esta habían declarado el caso cerrado, Andreasen no creyó procedente pedir una audiencia. Pero si eso era todo lo que se necesitaba, entonces la pediría gustoso.

De hecho, estaba más que deseoso por tener dicha audiencia. Su única petición era “que la audiencia fuera pública, o que por lo menos estuviera presente un estenógrafo y que me entregaran una copia de las actas”.

La respuesta de los líderes fue que “la forma más práctica de hacerlo sería grabando la discusión”. Sin embargo, cuando Andreasen observó que la carta no afirmaba que él recibiría una copia de la grabación, escribió otra carta fechada el 21 de febrero pidiendo confirmación explícita de ese extremo. La respuesta fue:

“Los hermanos tienen en mente grabar las actas de la reunión, lo que proveerá un registro completo de lo dicho y hecho. Damos por supuesto que estará de acuerdo con tal grabación”.

La carta parecía decir que Andreasen recibiría una copia, pero los términos usados distaban de ser categóricos. ¿Sería descortés preguntar una vez más? No tenía otra alternativa: la situación lo demandaba; tenía que obtener esa seguridad. El 12 de marzo escribió otra vez:

“Sigo a la espera de una respuesta definitiva al efecto, no sólo de que la audiencia quedará grabada, sino de que recibiré una copia de la grabación”.

En la respuesta le informaron que

“al discutir esto con los oficiales decidimos hacer lo siguiente, lo cual parece ser razonable para todos los participantes: se designará a un miembro del grupo como secretario para que tome nota de las conclusiones acordadas en la reunión. Estas notas serán aprobadas por todos los miembros del grupo, y luego cada uno recibirá una copia. Hermano Andreasen, creemos que esta solución será de su agrado”.

No es sorprendente que dicha solución no agradara a Andreasen.

“No habría taquígrafo ni grabación. Tampoco habría actas, sino que uno de los hombres anotaría las conclusiones acordadas en la reunión. ¡Y esperaban que esto fuera de mi agrado! Por supuesto que no lo era. Era un abuso de confianza. Era como sustituir a Lea por Raquel”.

El problema continuaba. Los líderes en Washington pensaban que Andreasen estaba siendo desleal al compartir sus inquietudes con los miembros de la iglesia. De su parte, Andreasen quedaba más y más convencido de que algo andaba mal, realmente mal, en el liderazgo de la iglesia a la que amaba. En su desesperación publicó e hizo circular una serie de seis cartas conocida como Letters to the Churches (Cartas a las iglesias), que ahora se puede encontrar en forma de libro bajo ese mismo título. La primera mitad está traducida en este documento.

Pronto comenzó a decaer la salud del anciano veterano. Ya no se encontraba capacitado para seguir adelante con la vigorosa tarea de sus días pasados y su influencia disminuyó. Empezaron a oírse rumores increíbles. En una carta privada de junio de 1959, intentó aclarar todos los puntos:

“Permíteme asegurarte que tengo buena salud. No estoy loco, senil, ni tampoco muerto como muchos han dicho. Y ¿qué hay acerca de la doctrina? No: no me he retractado”.

Pero esa carta tuvo escasa difusión. Ocho meses más tarde todavía circulaba el bulo de que se había retractado.

El 6 de abril de 1961 los representantes de la denominación que se reunieron en una asamblea de primavera declararon su descontento con la conducta de Andreasen. Le retiraron las credenciales ministeriales que por tantos años había poseído. Se adujeron dos razones:

1) por traer discordia y confusión a la iglesia por medio de la voz y la pluma, y

2) por rehusar responder favorablemente al pedido que le hiciera la Asociación General de declarar sus diferencias, excepto bajo sus condiciones.

No habiendo sido informado de esta acción hasta después de consumada, Andreasen debió enfrentar sin duda uno de los momentos más penosos de su vida. Andreasen pasó al descanso poco tiempo después, tal vez por misericordia divina. El 19 de febrero de 1962 falleció. Con posterioridad, el primero de marzo del mismo año, el comité de la Conferencia General votó revocar la decisión de suspender las credenciales del pastor Andreasen, y su nombre fue registrado una vez más en el anuario de la denominación.          


 

Segunda parte: de 1963 a 1979

El contacto entre Walter Martin y la Iglesia adventista del séptimo día no era constante. Seguido por la publicación de la obra The Truth About Seventh-Day Adventism en el año 1960, hubo casi dos décadas de silencio que sólo fue interrumpido brevemente en el año 1965 por la publicación del libro del Sr. Martin titulado The Kingdom of the Cults. En este segundo libro se refirió al adventismo, no como a una “secta”, sino como a cristianos calumniados y muy mal comprendidos. El Sr. Martin admitió que los adventistas eran tal vez un poco inmaduros en su teología y que se aferraban a conceptos y enseñanzas absurdas. Sin embargo, se esmeró en declarar que los líderes de la denominación habían testificado estar básicamente en armonía con el mundo evangélico en lo que él consideraba puntos importantes de la fe cristiana, y por lo tanto debían ser considerados como hermanos en Cristo.

Aunque nuestro mayor interés es la relación que existía entre el Sr. Martín y la Iglesia adventista, sería un gran error ignorar veinte años de nuestra historia subsiguiente por centrarnos solamente en los eventos que la precedieron. La verdad del asunto es que lo sucedido durante las décadas de 1960 y 1970 hubiera sido inconcebible de no ser por la influencia previa de Walter Martin. Con esto en mente daremos un vistazo rápido a eventos en los que el Sr. Martin, hasta donde sabemos, no estaba implicado.

En la década de 1960 la iglesia se encontraba confundida debido al “movimiento de Brinsmead”, mejor conocido por el ‘Movimiento del Despertar’ (‘Sanctuary Awakening Fellowship’). Frustrado con las explicaciones inciertas y superficiales acerca de la debida preparación de los santos para poder estar delante de Dios sin un mediador, Robert Brinsmead desarrolló la creencia de que la perfección de carácter no se puede alcanzar en este tiempo (debido en parte a la influencia de la doctrina del “pecado original” a la que se aferraba, tema del que hablaremos más tarde), pero que tal perfección es un requisito para el tiempo de la traslación.

Según Brinsmead, esa perfección habría de ser proporcionada por gracia de Dios al final del ministerio de Cristo como nuestro Sumo Sacerdote.

Este movimiento interesó a bastantes miembros de la iglesia, y confundió a muchos más. La mayor contribución a esa confusión correspondió a los esfuerzos contradictorios de quienes buscaban desacreditar las enseñanzas de Brinsmead. Algunos argumentaban que Brinsmead posponía la perfección de carácter hasta que ya fuera demasiado tarde, mientras que otros argumentaban que Brinsmead hablaba de perfección cuando seguía siendo imposible lograrla. Algunos enseñaban que si la perfección no se había alcanzado para el tiempo de la expiación final, ya no habría remedio. Otros decían que la perfección del carácter era imposible antes de la traslación. Hasta los que se encuentran fuera del adventismo se sorprenden al ver cómo la iglesia pudo sobrevivir a puntos de vista tan divergentes.

Una vez calmado el conflicto parecía que la posición oficial de la iglesia era que no es posible para el cristiano alcanzar un estado de vida sin pecado antes de la segunda venida de Cristo. Enseñada primeramente por Edward Happenstall a fines de la década de 1960, esta posición llegó a ser la creencia de hombres como Raymond Cottrel, Harry Lowe, E.W. Vick, L.C. Naden, Norval E. Pease, Hans K. LaRondelle, Taylor G. Bunch, Ralph S. Watts y Desmond Ford.

Sería una simplificación inaceptable decir que dichos hombres favorecían la desobediencia, mientras que el Movimiento de Brinsmead favorecía la obediencia. Lo que ninguno de ellos sabía era que todos estaban debatiéndose con un pensamiento que se estaba introduciendo en la Iglesia adventista. Traído a la atención de la Iglesia primero por Robert Brinsmead, y luego adoptado y adaptado por los enemigos del movimiento de Brinsmead, el concepto teológico del pecado original ya se estaba haciendo sentir.

Quizá la mayor ironía en ese período fue que tanto la Asociación General como Robert Brinsmead abandonaron las posiciones que habían defendido acerca de la perfección en los años 1960 (el Comité de defensa literaria de la Asociación General y muchos autores representantes de ese período habían creído que la perfección de carácter se podía obtener antes de finalizar el tiempo de gracia, mientras que Brinsmead abrigaba la idea de la perfección después de haber finalizado ese tiempo). Los conceptos de Heppensatall para combatir el movimiento de Brinsmead eran tan persuasivos, que el propio Brinsmead, así como la mayoría de sus seguidores, cedieron a sus ideas a principios de los años 1970.

Eligiendo retener sus conceptos del pecado original y desligarse de la influencia dominante de la Asociación General, Brinsmead finalmente llevó sus recién descubiertas teorías a su más lógica conclusión: descartar su creencia en la victoria sobre el pecado, la perfección de la última generación; y como resultado de la obra Questions on Doctrine abandonó también la creencia de que Jesús tomó la naturaleza caída de Adán. Sería solamente un asunto de pocos años que Brinsmead abandonara igualmente la doctrina de la expiación y el santuario. La enseñanza de la observancia del sábado también llegó a ser su objeto de crítica para el año 1981.

Durante aquellos años en los que Brinsmead se abría paso como un relámpago a través del horizonte adventista, otros escogían proseguir con un estilo menos espectacular. Como ya he dicho, la creencia que había llegado a prevalecer en la Iglesia hacia fines de los años 1960 consistía en que la perfección es imposible antes de la glorificación. Este punto de vista estaba lógicamente establecido sobre el concepto presentado en el libro Questions on Doctrine que afirma que Cristo tenía la naturaleza no caída de Adán. Ese concepto, combinado con la enseñanza evangélica tradicional de una expiación completada en la cruz, logró hacer que el panorama teológico de nuestra iglesia resultara aceptable para quienes nos observaban desde el exterior.

Uno podría pensar que de no haberse realizado cambios inmediatos, las enseñanzas ambiguas que surgieron como resultado de las batallas de Brinsmead hubieran llegado a ser la posición aceptada universalmente. Pero no fue así. En lo que representó claramente un esfuerzo por solidificar las posiciones tomadas en el libro Questions on Doctrine, L.E. Froom publicó el año 1971 el libro titulado Movement of Destiny. Esta obra causó todavía más inquietud que Questions on Doctrine por una razón sencilla: sus páginas contienen lo que cabe definir como una de las “investigaciones” más superficiales y deshonestas que jamás se hayan publicado en el adventismo del séptimo día.

Quizá el ejemplo más notorio se encuentra en la página 497. Bajo el título: “Tomó la naturaleza no pecaminosa de Adán antes de la caída”, el Dr. Froom enumeró 19 declaraciones que contenían la evidencia que supuestamente apoyaba su tesis. Cada declaración contenía citas de los escritos de Elena G. de White. Analizadas en su contexto, ninguna de estas citas apoya su posición, y muchas de ellas la contradicen explícitamente.

La sexta, séptima y octava de las 19 citas de Elena de White fueron extraídas de la misma fuente, y ahora se las puede encontrar en el volumen primero de Mensajes Selectos, páginas 295 a 299. Es con gran asombro que leemos el pasaje de donde extrajo esas citas. Ellen White afirma claramente que Cristo tomó “sobre sí la naturaleza del hombre en su condición caída”. El que tales evidencias puedan presentarse bajo el título: “Tomó la naturaleza no pecaminosa de Adán antes de la caída" ha desafiado la imaginación de todos los que han reparado en el asunto.

Tal vez fue ese nuevo libro lo que hizo despertar las voces dormidas de protesta en la iglesia. En todo caso, el comienzo de los años 1970 marcó un notable cambio al aspecto. Dos de los editores de la revista Review and Herald iniciaron una protesta. Thomas A. Davis escribió el libro Romans for the Everyday Man. Considerando la frase de Romanos 8:3: “Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado”, llamó la atención a la clara declaración de Elena de White:

“Como cualquier hijo de Adán, él [Cristo] aceptó los efectos de la gran ley de la herencia”.

La voz de Herbert E. Douglas fue la segunda en oírse. Escribiendo en la columna editorial de la Review, afirmó que Cristo

“tomó sobre sí la causa del hombre, y con las mismas facultades que el hombre puede obtener, soportó las tentaciones de Satanás al igual que el hombre debe soportarlas”.

Por tres semanas sucesivas al final del año 1971 y principios del 1972 Douglas expresó su idea haciéndola cada vez más clara y potente al emplear un número mayor de citas y selecciones más precisas del Espíritu de profecía. Por tres años, Douglas, durante la temporada navideña, continuó haciendo énfasis en la realidad de la naturaleza de Cristo. Cuando le preguntaron qué lo motivaba a hacer tal cosa, Douglas escribió:

“Simplemente he deseado dar apoyo a una doctrina que había sido de mucha importancia en la historia de nuestra iglesia y que seguía siendo de gran interés en las vidas y pensamientos de muchos hermanos con quienes yo solía fraternizar día tras día en la Asociación General”.

El tema de la naturaleza de Cristo está estrechamente vinculado con el tema de la perfección del carácter. La razón es simple: si Cristo vino con una naturaleza caída y sin ninguna ventaja sobre el hombre, es lógico aceptar sin ningún reparo que la Biblia nos invita a vivir una vida santificada. Por otra parte, si él disfrutó la ventaja de una naturaleza no caída, entonces resulta difícil, o más bien completamente irrazonable esperar que el hombre caído obtenga la victoria sobre el pecado tal como lo hizo Cristo. Cuando, a principios de los 1970, el tema de la naturaleza de Cristo se convirtió una vez más en el foco de atención, era de esperar que también surgieran discusiones acerca de los temas de la santificación y la perfección del carácter. Eso fue precisamente lo que los editores de Review & Herald se propusieron hacer cuando dedicaron el número del 16 de mayo de 1971 al tema de la santificación por la fe.

Autores como C. Mervyn Maxwell, Don Neufeld, George Vandeman, Herbert Douglas y Kenneth Wood estuvieron de acuerdo en que santificación por la fe significa en resumidas cuentas victoria sobre el pecado en esta vida. Como podemos imaginar, algunos resultaron incomodados por la difusión de ese punto de vista. Los que apoyaban las enseñanzas de los libros Questions on Doctrine y Movement of Destiny se encontraban ahora en una posición difícil tratando de armonizar las enseñanzas de estos dos libros con las ideas presentadas en la revista Review & Herald a principios de los años 1970. Parecería que una vez más había ocurrido un gran cambio teológico. Sin embargo, aún se imponía la calma. Pronto cambiaría también esta situación.

En el año 1975 Gillian de Ford publicó un escrito titulado The Soteriological Implications of the Human Nature of Christ (las implicaciones de la naturaleza humana de Cristo en la doctrina de la salvación). Aunque publicado bajo su nombre, era obvio para todos que los puntos de vista que presentaba eran idénticos a los de su esposo, Desmond Ford. El artículo discutía tres temas principales y exponía ciertos puntos de vista personales. Repudiaba totalmente la doctrina de que Jesús tomó la naturaleza caída de Adán; definía la justificación por la fe como “la justificación solamente imputada” (significando que la santificación no tiene absolutamente nada que ver con la salvación), y declaraba como definitivamente herético el concepto de la perfección del carácter en esta vida terrenal. En todo caso, el escrito de la Sra. Ford hizo patente que se estaba fraguando un conflicto.

A principios de febrero de 1976 las enseñanzas del Dr. Ford fueron objeto de examen por parte de un gran grupo de líderes de la iglesia en Australia. J.W. Kent y F.A. Basham fueron los primeros en expresar sus inquietudes acerca de la posición que el Dr. Ford había tomado al presentar ideas tan irreconciliablemente opuestas a las enseñanzas de la iglesia. Ese cargo no pareció sorprender a Ford. Aparentemente la reunión no resolvió ningún problema, y se acordó que en abril de 1976 se reunirían en Palmdale (California) para considerar el asunto por segunda vez. La reunión de Palmdale quedó recogida en un informe que supuestamente aclararía los problemas. Lo cierto es que no clarificó mucho. No sólo eso: Ford regresó a su tierra anunciando a todos que era “maravilloso” cómo el informe de la reunión apoyaba su creencia de que la justificación por la fe no es otra cosa que justificación solamente imputada.

Sin embargo, en el informe muchos leían otra cosa. Kenneth Wood, editor de Review & Herald, y Robert H. Pierson, presidente de la Asociación General, utilizaron las páginas de la Review & Herald para dar a los miembros de la iglesia un informe de lo ocurrido en la reunión de Palmdale. Cuando, en contraste con la errada versión que se había difundido en Australia, fue divulgado el informe fidedigno de Palmdale, quedó claro que este no proveía a Ford el apoyo incondicional que él pretendía. En lugar de resolver el problema, eso sólo agravó la confusión existente.

La reunión de Palmdale también hizo muy poco por aclarar lo referente a la naturaleza humana de Cristo. Tras describir tanto la posición de la naturaleza “caída” como la “no caída”, el informe de la conferencia reproducido en las páginas de Review indicó que

“no importa cuál sea la creencia del cristiano acerca de la naturaleza humana de Cristo, nosotros creemos que lo importante es reconocer a Jesús como al Salvador de toda la humanidad, y que a través de su victoria en la carne humana, provee el eslabón entre lo divino y lo humano”.

Esa declaración demostraba sin duda que ese punto de la verdad se consideraba como de poca importancia. Los miembros de iglesia estaban en libertad de escoger entre dos creencias divergentes que los llevarían a conclusiones completamente opuestas (aunque en aquel tiempo no era claramente percibido de esa manera) y aun así a mantenerse en buena calidad de miembros. Si bien hay que reconocer a todos la libertad para tomar decisiones en asuntos espirituales es una desgracia que la posición histórica de la Iglesia adventista —y muy especialmente la posición del Espíritu de profecía— acerca de este asunto fuera tan mal entendida y tan poco estimada. Es una pena que el estudio detallado de Ralph Larson acerca de la cristología adventista, titulado The Word was Made Flesh no se hubiese publicado diez años antes, ejerciendo así su influencia en el tiempo cuando más se la necesitaba.

Durante el segundo trimestre del año 1977 (en los meses de abril a junio) salieron a la luz una serie de lecciones de Escuela Sabática escritas por Herbert Douglas. Bajo el título ‘Jesús nuestro Modelo’, esta serie de lecciones trataba asuntos tales como la naturaleza de Cristo, Cristo como nuestro ejemplo en la victoria sobre el pecado, y la perfección de la última generación. Uno puede ignorar artículos que expresan puntos de vistas contrarios a sus ideas cuando son publicados esporádicamente, pero trece semanas de lecciones diarias presentando ideas contrarias es difícil de sufrir. Pronto se hizo evidente una fuerte oposición al material presentado en la Escuela Sabática. Uno de los que protestaba escribió que entre los pastores de la iglesia

“existe muchísima oposición hacia esas enseñanzas, y por toda evidencia la oposición continuará aumentando si los líderes en Washington no admiten que han cometido un error”.

En agosto, una nueva publicación irrumpió en el campo de batalla. Por extraño que parezca, el autor fue un tal Geoffrey J. Paxton, pastor de la Iglesia anglicana que profesaba gran interés en el futuro de la Iglesia adventista del séptimo día. Bajo el título El Zarandeo del Adventismo, ese libro pretendía evaluar amigablemente la aserción de que nuestra iglesia es una continuación de la Reforma. Sin embargo, Paxton fue víctima de la tendencia casi universal a venerar conceptos humanos. En lugar de ver en nuestra iglesia una continuación del progreso incesante de la Reforma, analizó el asunto de acuerdo con su concepto de “una reforma ya concluida” [por parte de los reformadores del siglo XVI]. Obviamente, cualquier idea que fuera más allá de lo comprendido por Lutero o algunos hombres tenidos por Paxton como eruditos en la Reforma, sería considerado como una confusión o una herejía.

Eran bien notorias sus ideas preconcebidas, lo que no le impidió atraer a grandes multitudes de adventistas durante sus viajes a través de Estados Unidos, haciendo llamados al liderazgo conservador de la denominación a que se arrepintiera de su “teología católico-romana” y a que promocionara las creencias de Desmond Ford y Robert Brinsmead. Es digno de mención que aunque Paxton repudiaba completamente la doctrina adventista del santuario, evitó escrupulosamente el tema en sus disertaciones. Dada su amistad con el Dr. Ford, cabe suponer que Paxton tuvo la delicadeza de no proclamar las ideas de Ford prematuramente.

El sábado 27 de octubre de 1979, el Dr. Ford pudo por fin añadir su última pieza al rompecabezas de Questions on Doctrine. Por razones que sólo él conoce, escogió ese día para proclamar públicamente que hacía más de treinta años que no había creído la doctrina adventista del santuario. De igual manera, puso en duda el concepto de Elena de White como profetisa inspirada por Dios. Estaba dispuesto a aceptar y defender las implicaciones de tales declaraciones. Era un hombre de mente lógica. Habiendo aceptado premisas falsas [Cristo no tomó nuestra naturaleza humana en su condición caída], era capaz de llevarlas a su lógica conclusión [no podemos vencer el pecado, y el borramiento de los pecados en el santuario carece de sentido].

[N. del T.: La premisa básica errada es (1) una falsa definición del pecado, que se dice no ser solamente la transgresión de la ley, sino también la propia naturaleza con la que nacemos, que es por lo tanto pecado —recibido por herencia de Adán, o bien por imputación divina—. Aceptando esa herejía agustiniana, (2) resulta imposible que Cristo tomara una naturaleza humana como la nuestra en la encarnación, ya que eso lo habría hecho un pecador. Y si Cristo venció al pecado gracias a haber tomado una naturaleza humana singular, distinta y superior a aquella en la que todos nacemos, (3) es evidente que para nosotros la posibilidad de vencer el pecado no es más que una quimera.
Desmond Ford estuvo equivocado desde el principio, lo mismo que los autores de Questions on Doctrine, pero él al menos fue honesto y congruente: si pecar es todo cuando podemos hacer hasta la venida de Jesús, no tiene ningún sentido un juicio en progreso, la purificación del santuario, el borramiento de los pecados, el fin del tiempo de prueba, y en general el santuario celestial y 1844. Desgraciadamente, en el presente, si bien no se expresa la negación de la verdad del santuario tal como hizo Ford, es mayoritaria la teología de Desmond Ford según las tres premisas citadas, que configuran ese falso evangelio con un falso cristo que no salva del pecado sino en el pecado, y que llevan a la negación de la enseñanza básica adventista del santuario en preparación para la segunda venida de Cristo. Lo que es terrible es que eso se presente bajo un manto de “adventismo oficial conservador”, cuando en realidad es una versión refinada del romanismo medieval que hemos recibido a través del exprotestantismo apóstata].

Ese día fue decisivo para muchos. No pocos aplaudieron exultantes las declaraciones de Ford. Otros quedaron sorprendidos y pasmados. Y otros se entristecieron al descubrir que sus sospechas acerca del talentoso predicador habían estado bien fundadas. Para todos fue un día de decisiones. ¿Qué actitud adoptarían?

Fue en tales circunstancias en las que Walter Martin reanudó sus relaciones con la Iglesia adventista del séptimo día.   


 

Tercera parte: de 1980 a 1989

Era enero de 1980. La noticia de que el Dr. Ford había negado inesperada y repentinamente la doctrina adventista del santuario se había extendido hacia el norte, cruzando la frontera internacional por el paralelo cuarenta y nueve. Esta noticia cruzaba ahora la mente y el corazón de un profesor de Biblia en la academia adventista Okanagan, localizada en Kelowna, Columbia Británica, Canadá. Remontándose a las raíces del problema, decidió estudiar las creencias de la Iglesia y de sus líderes, y creyó de suma importancia entender lo que sucedió en aquellos encuentros 25 años atrás.

Interrogó a Walter Martin en estos términos:

“A veces se hace difícil determinar dónde estamos como denominación. ¿Estamos divididos? Apreciaría cualquier cosa que tenga en su archivo que pueda ayudarme a aclarar en mi mente este asunto de una vez por todas”.

Pasó casi un año antes de recibir respuesta. Pidiendo disculpas por su tardanza a causa de su “horrendo” itinerario, el Sr. Martin criticó severamente a aquellos adventistas que se estaban apartando del libro Questions on Doctrine. Era obvio que había estado observando el rumbo del adventismo. Añadió que la actitud de algunos que ocupaban posiciones de responsabilidad era tal, que “favorecería la ahora creciente división dentro de la Iglesia adventista del séptimo día”.

En cuanto a las posiciones doctrinales adventistas, fue muy explícito cuando dijo:

“No se puede estar en misa y repicando. O bien los adventistas del séptimo día apoyaron el libro Questions on Doctrine, o bien lo publicaron bajo falsas pretensiones. Yo no acepto lo último, y toda la evidencia está a favor lo primero. Puede, si así lo desea, consultar al Dr. Roy Allan Anderson. Es un hombre honrado que posee buena memoria; y si tenemos que profundizar hasta el final, aquellos que estaban buscando moderar la posición del libro Questions on Doctrine no tendrán éxito en defender ese doble lenguaje”.

Se debe tener en mente que en aquella época Walter Martin era considerado una autoridad aun mayor de lo que había sido durante los años 1950. Como fundador y presidente del Instituto Cristiano de Investigaciones, además de ser el orador principal del programa radial ‘La Biblia contesta al hombre’, Walter Martin era muy respetado en los círculos teológicos. Lo que escribía, lo que decía cada día por la radio a una audiencia de dos o tres millones de personas, tenía gran influencia.

A principios de la década de los años 1980 se escuchaban rumores de que el Sr. Martin regresaría a tomar parte en la contienda que había dentro de las filas del adventismo. Sin embargo se le vio más bien poco. Es posible que su influencia fuera mayor por haberse mantenido retirado. En abril de 1985 salió a la luz pública la trigésimo sexta edición de la clásica obra del Sr. Martin titulada Kingdom of the Cults (reino de las sectas). Se la había revisado y expandido. Ese volumen contenía 544 páginas e incluía un apéndice dedicado exclusivamente al adventismo del séptimo día. Dicho apéndice de 92 páginas era casi una sexta parte del libro; tenía cuatro páginas más que la segunda sección más larga, la dedicada a los Testigos de Jehová. Había en la obra un aire de amenaza y advertencia. Sin embargo, el Sr. Martin todavía se refería a los adventistas como a cristianos, y no como a una secta.

“Por el momento debo permanecer en mi evaluación original sobre los adventistas del séptimo día tal como la presenté en mi primer libro sobre ese tema, y posteriormente en [la primera edición de] este volumen. Sólo los eventos que todavía no se han desarrollado, pero que son conocidos por el Señor, determinarán si mi evaluación requerirá una revisión en el futuro. Es mi oración que las corrientes desviadas dentro del adventismo contemporáneo no prevalezcan, y que el adventismo continúe siendo cristiano y evangélico, aunque singular como denominación cristiana”.

Una vez más vemos que el Sr. Martin no había perdido su interés en seguir de cerca los eventos ocurridos dentro de nuestra Iglesia:

“Durante los últimos diez años (comenzando en 1970) la Iglesia adventista del séptimo día ha visto más turbulencia, tanto administrativa como doctrinal, que en cualquier otro tiempo en la historia de la organización. Administrativamente hablando ha habido un número de líderes y pastores que han sido apartados de sus puestos a causa de sus supuestas o probadas actividades financieras irregulares, incluyendo la apropiación de fondos. A nivel del gobierno de los Estados Unidos, la IRS, SEC, FBI y el Departamento de Justicia, todos han iniciado investigaciones, y algunos administradores de la Asociación de los adventistas del séptimo día podrían incluso tener que enfrentar juicios por fraude. Doctrinalmente hablando, la iglesia ha desarrollado una gran división entre aquellos miembros y líderes que están sólidamente dentro del campo evangélico cristiano, y aquellos miembros y líderes que a causa de su énfasis en la justicia por las obras, el legalismo y la posición profética otorgada a la fundadora Elena G. de White, muy bien pueden con el tiempo mover la denominación fuera del campo cristiano evangélico y llevarla quizá a ser verdaderamente una secta”.

El Sr. Martin escribió a la Asociación General en febrero de 1983 con el propósito de obtener una declaración pública y oficial que reafirmase o negase la autoridad del libro adventista Questions on Doctrine. El 29 de abril de 1983, W. Richard Lesher, vicepresidente de la Asociación General, respondió en una carta personal. Así decía en una parte de su respuesta:

“Usted pregunta primeramente si los adventistas del séptimo día siguen apoyando las respuestas dadas a sus preguntas en Questions on Doctrine, tal como hicieron en el año 1957. La respuesta es que sí. Usted había señalado en su carta que algunos se habían opuesto a las respuestas del libro en aquel entonces, y en cierta medida hoy existe la misma situación. Pero ciertamente la gran mayoría de los adventistas del séptimo día está de acuerdo con los puntos de vista expresados en Questions on Doctrine”.

Basándose en esta afirmación, Walter Martin proclamó una vez más al mundo que los adventistas eran, al menos por el presente, cristianos.

En el transcurso de su larga discusión sobre el adventismo, el Sr. Martin encontró otra oportunidad para referirse a la expiación. Descartando la acusación de que estuvieran defendiendo una expiación incompleta, aseveró que los adventistas del séptimo día creían que la expiación había sido completada en la cruz, e informó que el concepto que los adventistas habían enseñado por más de un siglo sobre la obra que se está llevando a cabo ahora en el santuario celestial

“había sido repudiada por la denominación de los adventistas del séptimo día”.

De hecho, Walter Martin aseguró que se podía encontrar la nueva posición en los escritos que “la gran adventista Elena G. de White escribió en la Review & Herald del 21 de septiembre de 1901”. Entonces citó lo siguiente:

“Cristo plantó la cruz entre el cielo y la tierra, y cuando el Padre contempló el sacrificio de su Hijo, se inclinó ante este en reconocimiento a su perfección”.

“Es suficiente —dijo Dios— 'La expiación está completada'”.

Sin embargo, debe señalarse que esta cita se encuentra en dicha revista publicada el 24 de septiembre de 1901, y que en el original, la última palabra se traduce “completa” en lugar de “completada” como citara el Sr. Martin. Poco después de que la última edición del libro del Sr. Martin saliera de la prensa, lo encontramos prodigándose en el “John Ankerberg Show”, un programa evangélico de televisión muy popular.

El otro invitado al programa no era otro que William Johnson, director de la Revista Adventista (Review & Herald).

Aunque la entrevista (algunos lo llamarían debate) fue emitida en una serie de cinco partes, fue filmada de una sola vez. William Johnson y Walter Martin estaban sentados en una plataforma mientras el anfitrión John Ankerberg caminaba entre la audiencia con su micrófono, haciendo comentarios ocasionalmente y dirigiendo el diálogo.

Ankenberg comenzó con la discusión sobre el libro Questions on Doctrine, e hizo referencia al hecho de que había surgido alguna oposición contra el volumen. Johnson reconoció que M.L. Andreasen había objetado las posiciones del libro en cuanto a la naturaleza de Cristo y la expiación, pero aseveraba que sin duda alguna el liderazgo de la Iglesia adventista del séptimo día no había repudiado el libro Questions on Doctrine. Para corroborar su aseveración indicó que el libro había sido publicado en ocho ocasiones y que existían por entonces 150.000 copias impresas del mismo.

La mayor parte de la discusión se centró en el papel que Elena G. de White desempeñaba: ¿Se la consideraba como a una intérprete infalible de las Escrituras? ¿Estaban los adventistas en libertad para descartar cualquier porción de sus consejos que eligieran? Para complicar aun más las cosas, Walter Martin afirmó que Elena G. de White, en el comienzo de su ministerio, había negado la plena deidad de Cristo, contradiciéndose más larde. Johnson protestó diciendo que nunca había oído tal declaración, pero el escenario ya estaba preparado.

El Sr. Martin había maquinado un dilema maléfico. Johnson se encontraba en un aprieto, y reaccionó así:

“Le daré mi respuesta: no es una intérprete infalible de las Escrituras”.

Fue un viejo truco que se usa en los debates y que a menudo da buenos resultados. Primeramente se hace una pregunta tergiversada, a continuación se insiste en exigir una respuesta simple y categórica. Cuando la respuesta se dirige al aspecto débil de una pregunta desde el principio, la respuesta que se dé compartirá inevitablemente esa misma debilidad.

La atención se dirigía ocasionalmente a la doctrina del santuario. El Sr. Martin, como se podía esperar, encontró “errores” en la manera en que el adventismo comprendía el capítulo nueve de hebreos y el juicio investigador. Al hablar Johnson en defensa de estas verdades, el Sr. Martin rápidamente se interpuso con la aseveración de que cualquier cosa que ese juicio pudiera ser, no afectaría de ninguna manera a la salvación del creyente. John Ankerberg se unió diciendo que el juicio sería solamente para “recompensar”. Naturalmente, tal idea anula inmediatamente la importancia del juicio.

“Puede tener algo que ver con cuántas estrellas llevará en su corona, o con cuántas habitaciones tendrá en su mansión, pero de todas maneras va a llegar al cielo. ¿Qué diferencia hace?”

Al estar bajo presión en este punto, tanto del anfitrión como del otro invitado, el Pastor Johnson los tranquilizó al decir:

“Bueno, yo no creo en absoluto que el juicio sea para nuestra salvación”.

Después de aquella declaración, la discusión cambió hacia otras áreas. Pronto los Srs. Ankenberg y Martin se unieron para expresar su preocupación de que el Pastor Johnson fuese relevado de su puesto por haber hablado en contra de Elena G. de White. Razonaban que si Desmond Ford había sido despedido, él podría correr igual suerte.

Se dedicó una breve sesión a preguntas de la audiencia. De interés particular fue la siguiente pregunta de alguien que se identificó como pastor adventista:

“Me pregunto si el Dr. Johnson podría decirnos qué aplicación cristiana práctica tiene para nosotros el mensaje de 1844. Nos trae vergüenza y malentendidos con el mundo cristiano y con los cristianos evangélicos. ¿Por qué no abandonamos el asunto? ¿Qué valor tiene? Como pastor nunca he podido encontrarle a esa doctrina valor cristiano alguno”.

Naturalmente, tal ataque fue muy bien recibido por la tele-audiencia. También puede servir para desafiarnos como pueblo, teniendo en cuenta que sólo un pequeño porcentaje de nuestros miembros tiene algo más que conceptos vagos sobre el santuario y su significado. Ese tema ha sido grandemente ignorado desde los días en que Robert Brinsmead nos instó a estudiarlo. A la luz de la importancia que esta doctrina tendrá en las escenas finales del gran conflicto, la ignorancia o negligencia son inexcusables. Ese aspecto de la verdad necesita más atención, no menos.

Al cerrar el programa el Sr. Ankenberg preguntó al Sr. Martin si el adventismo estaba por convertirse en una “secta”. La respuesta, aunque discreta, podía anticiparse: “Todavía no, pero se está acercando a ese punto”. La serie de cinco programas llegó a su fin mientras los evangélicos aseguraban a los adventistas que los amaban y se preocupaban por ellos.

El verano de 1988, poco más de tres años después, el Instituto de Investigación Cristiana, dirigido por el Sr. Martin, publicó un artículo de seis páginas que apareció en su revista oficial Christian Research Journal. Dicho artículo llevaba por título ‘De la Controversia a la Crisis: Una Evaluación Actualizada del Adventismo del Séptimo Día’. Aunque estaba escrito por Ken Samples, el artículo era claramente una continuación del proceso de evaluación comenzado por Walter Martin más de 30 años antes. Samples trató la historia del diálogo evangélico-adventista desde el año 1955 en adelante. Incluía la historia exacta de las reuniones y de la publicación de Questions on Doctrine, junto a prejuicios expresados ocasionalmente en contra de las posiciones doctrinales del adventismo histórico. Moviéndose a través del tiempo, Samples basó sus argumentos en el hecho de que actualmente existen dos clases de adventismo, y citó:

“Si bien Questions on Doctrine es considerado el origen del adventismo evangélico, este también encendió el fuego de aquellos que apoyan el adventismo tradicional. Luego de esta publicación, M.L Andreasen, un respetado erudito adventista, criticó severamente la obra Questions on Doctrine, declarando que en su opinión dicha publicación había sido desleal al adventismo. Varios años más tarde, bajo la administración de Robert Pierson, dos eruditos prominentes, Kennetn Wood y Herbert Douglass declararon que la publicación de Questions on Doctrine había sido un gran error”.

No hace falta decir que Samples y Martin se sentían mucho más cómodos con el adventismo “evangélico” que con el “tradicional”. De especial desagrado para ellos fue el hecho de que Desmond Ford, a quien consideraban como un erudito prolífico, fuera destituido de sus credenciales ministeriales. El artículo expresaba preocupación sobre las señales confusas que provenían de la denominación y llegaba a la obvia conclusión (que todavía muchos adventistas niegan) de que

“mientras las decisiones de la Asociación General aparentan apoyar el adventismo tradicional, la denominación ha negado que esté procurando activamente eliminar todas las influencias evangélicas [mediante el despido o renuncia forzada de obreros denominacionales]. Muchos que anteriormente fueron pastores e instructores bíblicos contestarían enérgicamente esta declaración. Evidentemente hay un gran número de adventistas de tendencia evangélica, pero que ciertamente no lo expresan tras Glacier View [la conferencia en donde se rechazaron las posiciones de Desmond Ford]”.

Como una nota de cierre se aseguró que

“respecto a la acusación de que el adventismo tradicional es una secta no cristiana... por lo menos aparenta ser una doctrina extraviada, confusa, y que compromete la verdad bíblica (por ejemplo: su punto de vista de la justificación, la naturaleza de Cristo, y el crédito dado a una autoridad no bíblica). También debería señalarse que si el sector tradicional conti­núa alejándose de la obra Questions on Doctrine y promoviendo a Elena G. de White como una intérprete infalible de la Iglesia, entonces algún día po­dría merecer el título de ‘secta’, tal como algunos adventistas reconocen”.

Después de la publicación de ese artículo sólo quedaba una oportunidad significativa para el diálogo entre Walter Martin y los adventistas. El 26 de enero de 1989, tuvieron lugar dos reuniones en la iglesia de Campus Hill, en Loma Linda, que nos dieron la última oportunidad. Sin duda alguna, fue esta la ocasión que más información nos brindó.

 

Cuarta Parte: de enero a junio de 1989

Los pastores [adventistas] Dave Vandenburgh y Larry Christoffel de la iglesia de Campus Hill en Loma Linda, habían estado considerando la posibilidad de dar un seminario en la iglesia sobre las sectas no cristianas, especialmente las sectas de la “Nueva Era”, que en gran medida y alcance parecen haber encontrado su casa en California. En el proceso se les ocurrió que podrían aprender algo de la autoridad reconocida del mundo evangélico sobre el tema. Y así fue como se pusieron en viaje hacia San Juan Capistrano, para encontrarse con Walter Martin.

Como señaló el Pastor Christoffel:

“Cuando nos encontrábamos en la oficina de Walter Martin pasamos un buen rato hablando acerca del adventismo del séptimo día”.

Explicó Vandenburgh:

“Mientras hablábamos se introdujo en la conversación el tema del adventismo: hacia dónde se dirigía, de dónde provenía y dónde se encuentra hoy día, y comprobamos que Ken Samples, un investigador que trabajaba en el Instituto de Investigaciones Cristianas de W. Martin, iba a escribir un importante artículo sobre los adventistas del séptimo día para Christian Research Journal. Nos informó que el artículo sería una revaluación del adventismo del séptimo día a la luz de los acontecimientos desde que fue publicado el libro Questions on Doctrine, y desde las discusiones habidas entre W. Martin / D. Barnhouse y la Asociación General”.

Dicho artículo, From Controversy to Crisis: An Update Assessmemt of Seventh-day Adventist (de la controversia a la crisis: una revaluación del adventismo del séptimo día), se publicó el verano del año 1988.

Aquella publicación interesó muchísimo a los dos pastores adventistas. Christoffel explicó:

“Nos preguntábamos si quizá había la posibilidad de dar una respuesta al artículo. Así, nos pusimos en contacto con la Escuela de Religión (de la Universidad de Loma Linda) para ver si había algún interés en dar una respuesta. También nos pusimos en contacto con el presidente de la Asociación para estar seguros de que entendían lo que estábamos haciendo. Finalmente se decidió que habría dos reuniones en la Iglesia Campus Hill con W. Martin y su asociado Ken Samples, en donde invitarían a los pastores de las iglesias adventistas cercanas a aquella área para una reunión en la mañana y otra en la tarde (para la Facultad de la Escuela de Religión)”.

Fue a través de estas reuniones como pudimos obtener nuestra última y más clara visión de la relación entre el adventismo y Walter Martin.

Al comienzo de estas reuniones, a W. Martin se le concedió la palabra para que hiciera la introducción. Como se esperaba, trató su relación con los adventistas desde mediados de los años 1950. La mayor parte de esa historia la hemos examinado ya, pero otras palabras pronunciadas por W. Martin durante estas reuniones nos ayudarán a tener una mejor evaluación de sus ideas e influencia en relación con el adventismo.

“Cuando hablamos acerca de publicación y venta, llegamos al acuerdo de que mi libro, The Truth About Seventh-day Adventism, que ellos habían leído ya, y su libro, Questions on Doctrine, iban a ser igualmente distribuidos en las librerías adventistas. Cuando llegó el tiempo de la publicación de mi libro, la Asociación General se negó, no cumpliendo con lo acordado. Esto hizo que Froom, Read, Unruh y Anderson vinieran pidiéndonos sinceras disculpas, sintiendo que representaban aquello que la Asociación General no estaba dispuesta a asumir ahora. A resultas de la situación soportamos todo el aluvión de crítica procedente de ambos lados, y a la Asociación General no le tocó parte alguna”.

“Hoy me río cuando leo algunas de las publicaciones adventistas —o publicaciones adventistas aberrantes— que aseveran que yo le torcí el brazo a R.A. Anderson, L.E. Froom, W.E. Read y a T.E. Unruh, y que mi enérgica y dinámica personalidad los puso entre la espada y la pared, y que de alguna u otra manera obligué a estos pobres hombres a traicionar la religión adventista y entregarla a los evangélicos. ¡Vaya una basura! Y hoy ustedes tienen una rara oportunidad, pues están contemplando al único testigo sobreviviente. Yo estuve allí. Oí todo lo que dijeron y tomé notas abundantes. Escribí un libro al respecto, y voy a imprimir una nueva edición de ese libro titulado: The Truth About Seventh-Day Adventists. Tengo cuatro casas publicadoras haciendo ofertas, pues hay mucho interés en lo que tenemos que decir”.

“La mayor alegría de mi vida respecto al adventismo y a mis diálogos con ellos es haber estado en la ciudad de Jerusalén con Roy A. Anderson en el año 1970, y ver a Roy Anderson servir la santa cena a hombres que veinte años atrás ni siquiera habrían mirado en su dirección, y quiénes ahora lo estaban llamando amado hermano y lo abrazaban, presentándolo como el hombre que es la cabeza de los pastores adventistas del séptimo día alrededor del mundo, un hermano en Cristo. Eso sí valió la pena. Volvería a repetirlo de nuevo, con tal de volver a experimentar ese glorioso momento”.

Vemos en estas reuniones un escenario muy interesante. Es obvio que el Dr. Martin poseía una mente ágil y perspicaz. También es claro que estaba perfectamente al corriente de que no existían otros “testigos oculares” que estuvieran vivos y pudieran contradecir su testimonio. Ciertamente no había pasado por alto su influencia y la influencia de sus escritos, y no parecía tener ninguna timidez en recordarles a otros acerca de tales cosas. No obstante, a menudo solía expresar inquietud y amor por los adventistas; particularmente hacia aquellos que cabía clasificar como “adventistas evangélicos”.

Después que W. Martin expresara sus comentarios en la primera reunión, los pastores del área que estaban presentes tuvieron la oportunidad de hacer preguntas por escrito. Algunas de esas preguntas, y también las respuestas dadas por W. Martin y su asociado Ken Samples, son muy interesantes.

Pregunta: “¿Por qué no clasificó usted al catolicismo romano como una secta no cristiana, siendo que ellos: (a) no creen en la justificación por la fe [aparte de las obras]; (b) tienen un intérprete infalible de las Escrituras, que por decirlo así es la iglesia o el papa; (c) (requiere) confesión de pecados ante los hombres y no ante Dios solamente, y (d) [enseñan] muchas otras doctrinas heréticas?”

Walter Martin: “He clasificado al catolicismo romano como una iglesia apóstata. Fui educado por ellos. Me gradué en sus escuelas. Ha apostatado en áreas específicas, y está errada en algunas de las cosas que usted ha señalado. Sí. Pero la Iglesia católica no puede ser clasificada como “secta” porque afirma las doctrinas básicas de la teología bíblica, y usted puede ser salvo siendo católico romano, pero no siendo Testigo de Jehová, Mormón, de la Cienciología ni de la Nueva Era...”

Ken Samples: “Yo creo que el problema con el catolicismo romano es esencialmente que no son tan heréticos en su estructura como lo son en efecto. Si miran su estructura, si estudian su credo, son ortodoxos, tanto según nuestras reglas como según las de ustedes”.

Walter Martin: “Ken Samples fue católico romano, por lo tanto habla con conocimiento de causa”.

Pregunta: “Algunos perciben que el libro Questions on Doctrine representa un gran cambio teológico emprendido por la Iglesia adventista del séptimo día en los años 1950, un cambio que muchos repudian. Y el entendimiento de otros es que Questions on Doctrine simplemente refleja una clarificación de aquello que los adventistas del séptimo día siempre han creído, escrito con la intención de eliminar los prejuicios en contra de ellos. ¿Qué significa realmente ese libro? ¿Fue un gran cambio teológico que tuvo lugar en los años 1950 en el que ciertas doctrinas fueron repudiadas, o fue una clarificación de cosas que los adventistas del séptimo día habían estado diciendo desde hacía años?”

Martin: “La gente con quien yo traté sostenían que este libro era una clarificación doctrinal, que su posición puede ser defendida mediante escritos adventistas, y sostenían vigorosamente que no habían cambiado ninguna de las enseñanzas básicas del mensaje adventista. Sin embargo, yo creo que sí (y puedo recordar el día que sucedió, cuando el Dr. Heppenstall y el Dr. Murdoch estaban presentes y surgió la pregunta). Plantearon la pregunta cuando nos encontrábamos en cuestiones exegéticas sobre la doctrina del santuario, el lugar santísimo y otros temas en Hebreos. Y George Cannon me acompañaba en estas [ocasiones] —es profesor de griego en el Seminario de Bethel—. En aquel entonces era profesor de griego y de teología en el Colegio Misionero de Nyack. Tiene un doctorado en griego de Union Seminary y es un brillante erudito. George Canon, tal como recuerdo, se fue mano a mano con el Dr. Heppenstall y el Dr. Murdoch. Tomando un Nuevo Testamento en griego, iban línea tras línea por el texto, y cuando llegaron al punto crucial todo el mundo prestó cuidadosa atención a lo que decían. El profesor Cannon los miró y dijo: ‘No tiene ningún sentido que continuemos debatiendo el tema. El texto está claro: en su resurrección Jesucristo entró en el segundo departamento del santuario, en el lugar santísimo con su propia sangre, habiendo obtenido eterna redención en nuestro favor. Eso no podía haber ocurrido, ni ocurrió en el año 1844’”.

“Los caballeros continuaron examinando el texto, y el profesor Cannon dijo: ‘El texto dice que entró dentro del segundo departamento, ¿no es así?’ y el Dr. Heppensall dijo: ‘Sí. Dentro del segundo departamento, en el lugar santísimo, con su propia sangre, tras resucitar. El texto lo dice así’”.

“Murdoch estuvo de acuerdo. Ahora ustedes pueden leer esto de Desmond Ford detalladamente. Probablemente sea uno de los hombres más instruidos y ciertamente uno de los más brillantes que he encontrado en el adventismo y en la teología en general. Yo creo que encontrarán en él a un hombre que ha hecho una obra meritoria y recomendable de exégesis aun en esto, pero eso fue admitido en aquel entonces [en los años cincuenta]... Ahora, si leemos la obra Questions on Doctrine sobre este tema, encontraremos que explicaron clara y profundamente lo que Cristo hizo desde su perspectiva de clarificación. A mí realmente no me importa si lo quieren llamar ‘clarificar’ o ‘rectificar’: lo importante es que ustedes vuelvan a la verdad de lo que dice el texto. El punto fundamental es: ¿qué es lo que dice el texto? No es lo que alguien diga que dice el texto. Ya hemos tenido suficiente de romanismo. Ya he tenido suficiente de esto cuando me educaba en la iglesia. A mí no me importa lo que alguien opine acerca del texto. Para eso fue que aprendí lenguas, para enterarme de qué es lo que dice el texto. Y yo sé lo que el texto dice, y dice que eso no sucedió en el año 1844. ¡De ninguna manera! Ustedes pueden creerlo si así lo desean, pero el texto no dice eso. Llamen a eso como quieran, clarificación o rectificación, pero ciertamente es la verdad”.

Con diálogos como ese, parecería que cualquier creyente en la verdad del adventismo histórico ha­bría encontrado extremadamente difícil quedarse callado. Pero parece que no hubo mayor señal de protesta por parte de la audiencia ministerial [adventista] que allí se encontraba. Debemos recordar nuevamente que W. Martin relató esta información siendo bien consciente de que no había ningún “testigo ocular” que pudiera contradecirle. Sin embargo, continuemos considerando algunas de las preguntas hechas por los pastores y las respuestas dadas por W. Martin.

Pregunta: “¿Cómo es posible que una iglesia cambie? Desmond Ford sigue predicando, aunque sin las credenciales. Muchos creen que ha enunciado las verdades de una manera exacta. ¿Será suficiente para nosotros, (a) predicar nosotros mismos la verdad, y (b) seguir oficiando entierros, siendo que los jóvenes predicadores adventistas del séptimo día tienden a inclinarse hacia las posiciones evangélicas, o deberíamos hacer algo más?”

Walter Martin: “Estás en una situación difícil si eres adventista y te encuentras entre la espada y la pared en relación con la Sra. White y algunas creencias ortodoxas que han sido aceptadas. Posees tus credenciales, tienes tu iglesia, tienes tu ministerio de enseñanza fuere lo que fuere o cualquiera que fuere tu función, y la tentación es a permanecer dentro de la iglesia y obrar por un cambio en la iglesia. Esa filosofía ha estado en pie desde el año 1957 hasta el año 1960 cuando por primera vez comenzó Questions on Doctrine y The Truth About Seventh-Day Adventism, y ha logrado generar una considerable controversia. Sin embargo, tiene que haber por parte de cada individuo un momento de verdad, un instante de sometimiento de una manera o de otra; esto implica a veces grandes pérdidas en perspectivas de tiempo y espacio. Yo admiro a los pastores adventistas del séptimo día, a aquellos que están en posiciones de autoridad, a pastores y maestros que han pensado que en buena conciencia no podían aceptar algunas de las cosas que previamente habían creído, y levantaron la bandera para que todos lo pudieran ver. Personalmente diría que esa decisión fue la correcta, pero yo no puedo jugar el papel de Espíritu Santo y de conciencia para los demás. Esa es mi convicción en el asunto. Creo que Ford hizo exactamente lo que tenía que hacer. Creo que fue algo así como un moderno Martín Lutero”.

Tal como era de esperar, W. Martin tenía mucho que decir acerca de Elena G. White. Su posición era muy interesante, aunque sorprendente viniendo de alguien a quien se le suponía poseer una mente “lógica”. Admitió abiertamente que la Sra. White, por lo menos en ciertas ocasiones, “tuvo acceso a informaciones sobrenaturales”, y que “el Señor ciertamente la usó específicamente para que lograra ciertas cosas” en ciertos momentos. Al mismo tiempo encontró grandes errores en sus escritos. La catalogó como un “papa femenino” y aseguró que a menudo erraba y estaba engañada en cuanto a su entendimiento de la inspiración en su propia vida: “Estamos hablando acerca de una persona que tuvo el don de profecía en varias ocasiones pero no todo el tiempo, y por lo tanto era perfectamente posible que cometiera errores y tuviera fallos exegéticos”. Como ya había expresado en su libro The Kingdom of the Cults, W. Martin se refirió a una gran cantidad de “evidencias” que —aseguraba— mostraban fallos de Elena White. “No he traído una maleta llena de documentos. Obviamente, a ese respecto estoy limitado”.

También surgió en la discusión otro tema de mucha importancia en los años pasados: el santuario y el juicio investigador. Ken Samples expresó su preocupación por la presunta falta de “seguridad” [en la salvación] que los adventistas parecen aquejar. Esta preocupación se entiende fácilmente cuando se tiene presente que el Sr. Samples se describe a sí mismo como sosteniendo “una creencia moderada dentro del calvinismo”. Después de una discusión sobre las creencias calvinistas “pre-lapsarias” [antes de la caída de Adán], “post-lapsarias” [después de la caída de Adán] y la “doble predestinación”, afortunadamente, Ken Samples clarificó su posición al decir que, en su opinión, “un verdadero creyente regenerado no va a terminar siendo reprobado”. En otras palabras, se adhiere a la doctrina de “una vez salvo, siempre salvo”.

A pesar de que Martin y Samples nunca lo dijeron explícitamente, es fácil ver que el juicio investigador no encaja en esa doctrina [una vez salvo, siempre salvo] y en su doctrina compañera de la predestinación. No cabe esperar otra cosa tratándose de diálogos teológicos con calvinistas, moderados o no.

Como siempre sucede, un punto teológico afectará siempre a otros puntos, y eso lleva a los problemas más serios. Mientras se refería a lo que él concebía como peligros del antinomianismo, el Dr. Martin compartió la siguiente perspectiva de su pensamiento: “¿Invalidamos la verdad de la ley por la fe? No. Establecemos la verdad de la ley. Lo único horrible acerca de esto es que no la puedes guardar”. Desearíamos que hubiese añadido “en tu propia fuerza”, pero el hecho triste es que aquellos que sostienen las creencias calvinistas niegan el poder del Señor para guardar al creyente de caer. La vida cristiana no presenta para ellos ninguna esperanza de victoria sobre el pecado en ninguna etapa antes que se efectúe la traslación.

Por supuesto, Elena de White no estuvo de acuerdo:

“Satanás declaró que les era imposible a los hijos e hijas de Adán guardar la ley de Dios, por tanto acusó a Dios de falta de sabiduría y amor. Si no po­dían guardar la ley, entonces el fallo estaba en el Dador de la ley. Los hombres que están bajo el control de Satanás siguen repitiendo las mismas acusaciones contra Dios al afirmar que el hombre no puede guardar la ley de Dios. Jesús se humilló a sí mismo, revistiendo su divinidad con humanidad, para así llegar a ser la cabeza y representante de la familia humana, para que por precepto y ejemplo condenara el pecado en la carne y demostrara que las acusaciones de Satanás eran falsas” (Signs of the Times, 16 enero 1896).

Eso es lo que hace del calvinismo una enseñanza tan dañina. Las ideas preconcebidas del calvinismo ciegan la mente al propósito mismo de Cristo al venir a la tierra.

En definitiva, este fue un día muy interesante, una oportunidad para aprender algo en relación con aquel hombre que por tanto tiempo parecía saber tanto sobre nosotros. Se hace difícil entender cómo es que un hombre puede pasar treinta y cinco años observando la iglesia remanente de Dios tan minuciosamente como lo hizo Walter Martin y aun así no poder encontrar en su mensaje nada que le atrajera. Quizá podamos comenzar a ver la causa. Por desgracia, parece que cualquier entendimiento por nuestra parte haya llegado demasiado tarde. Muy tarde para beneficiar a quienes representaban a la Iglesia adventista del séptimo día hace treinta y cinco años. Y también demasiado tarde para el Dr. Martin.

Las dos reuniones en Loma Linda fueron la última oportunidad que tuvimos para presentar a Walter Martin las verdades distintivas del adventismo. Cinco meses más larde, el 26 de junio de 1989, sufrió un repentino ataque al corazón que puso fin a su peregrinaje terrenal, poniendo fin a la larga relación de Walter Martin con el adventismo.

Es mucho lo que se puede decir retrospectivamente. Son muchas las lecciones que se pueden aprender de eso. Pero de todo lo que quepa decir, quizá dos declaraciones merecen nuestra atención y pensamiento: una de parte de Walter Martin y la otra de Ellen White:

“Lo que estamos afrontando en el adventismo es una creciente brecha que ningún esfuerzo superficial podrá unir, y que finalmente, y tan cierto como el aire que respiramos en este lugar, causará más problemas de los que los adventistas serán capaces de resolver”.

“Estoy convencida de que nuestra única salvaguardia estriba en mantenernos unidos al Señor Jesucristo. Podemos permitirnos la pérdida de la amistad de los hombres del mundo” (The Paulson Collection of Ellen G. White Letters —1985—, 206).        

 


A los que dudan

Es natural que en algún momento uno se detenga a preguntarse: ¿existe la posibilidad que sea yo quien está equivocado? Como adventistas del séptimo día también nosotros debemos preguntarnos si nuestra comprensión de la verdad es la correcta. El error nunca será una riqueza, y si alguien nos puede mostrar una comprensión más clara de la verdad, seríamos necios rechazándola.

Uno se pregunta si los cargos presentados por Walter Martin en contra de la Iglesia adventista del séptimo día tienen validez. A pesar de que el espacio no permite aquí revisar todas las posiciones doctrinales de W. Martin, será de ayuda al lector un resumen de los hechos básicos.

A lo largo de treinta y cuatro años, Walter Martin refutó muchos puntos de la enseñanza histórica del adventismo, incluyendo: el sábado del séptimo día, la marca de la bestia, el estado de los muertos, la destrucción final de los impíos, la segunda venida, los dos mil y trescientos días de la profecía del capítulo ocho de Daniel, el santuario celestial, el juicio investigador, la expiación, el Espíritu de profecía, la naturaleza humana de Cristo y la noción de iglesia remanente.

Sus objeciones a estos puntos doctrinales son las comúnmente aducidas por los protestantes enemigos del adventismo. Estas objeciones han sido adecuadamente respondidas en muchos libros que presentan las enseñanzas del adventismo histórico. Sin embargo, lo que es de mayor interés es que W. Martin parece haber entendido más plenamente que muchos otros difamadores la importancia de la teología sistemática. La verdad es que solamente aquellas doctrinas que se pueden incorporar a una entidad unificada y consistente soportarán la prueba del tiempo. Walter Martin entendió este hecho.

A pesar de su desacuerdo con muchas doctrinas adventistas, comprobamos que desde el primer libro que escribió sobre el tema hasta el tiempo de su último contacto con el adventismo, W. Martin estuvo dispuesto a pasar por alto muchos puntos menores de divergencia. Estuvo incluso dispuesto a admitir que Elena de White fuese inspirada, por lo menos en algunas ocasiones. Sin embargo, en ciertos puntos fue inflexible: “Los adventistas”, vino a decir, “pueden ser un poco raros, pero siguen siendo cristianos mientras sigan creyendo...”

¿Pero qué es lo que debemos creer? En la mente de W. Martin había dos doctrinas esenciales: (1) el haberse terminado la expiación en la cruz, y (2) la naturaleza humana impecable de Cristo. Si los adventistas estuvieran tan sólo de acuerdo en estos puntos, entonces serían “cristianos” —para Walter Martin—.

Reconocer la naturaleza fundamental de estos dos puntos es mucho más que un asunto de simple curiosidad. ¿Sería una mera coincidencia que estos dos aspectos considerados de importancia capital por W. Martín, sean al mismo tiempo dos piedras angulares sobre las cuales se sustentan las doctrinas del catolicismo y del calvinismo? De cualquier manera, todavía existe una pregunta más básica para cualquier sistema de pensamiento teológico:

¿Qué es pecado?

Los dos aspectos enfatizados por W. Martin son de crucial importancia.

El creer en una expiación ya terminada o completa, lleva a uno a la conclusión de que el cristiano, individualmente, no puede decidir su propio destino. Para el católico, Cristo terminó ya su obra de sacerdocio mediante la expiación en la cruz, habiendo logrado así una acumulación de méritos que deberían aplicarse a la cuenta del pecador mediante la intercesión de los sacerdotes terrenales, de María y de los santos. Para el calvinista, Cristo terminó su expiación en la cruz, colocando de esa manera el tema de la salvación más allá de la influencia de la decisión humana. Es de esta creencia de donde se deriva la doctrina de la predestinación y su doctrina hermana de “una vez salvo, siempre salvo”.

No hace falta tener mucha imaginación para ver que, no importa qué rama de la teología escoja uno, al aceptar la doctrina de una expiación completada en la cruz, quedará descartada la verdad del ministerio sumo sacerdotal de Cristo en el santuario celestial. Una vez hecha esa concesión, pronto se derrumban otras verdades. Si es que el ministerio del Sumo Sacerdote celestial no existe, entonces ¿cuál es la razón de un santuario celestial? ¿Qué sentido tendría la purificación de un santuario que no existe? ¿Qué se podría decir de la profecía de los dos mil trescientos días de Daniel? ¿Y qué necesidad habría de una iglesia remanente si esta no tuviera una verdad mayor que proclamar o una misión especial que realizar?

Cuando Walter Martin requirió tal concesión de la Iglesia adventista del séptimo día, le estaba pidiendo nada menos que se entregara incondicionalmente a las fuerzas del error. Pero una expiación completada era solamente la mitad del paquete, ¿qué consecuencias habrían de resultar?

La cuestión de la naturaleza humana de Cristo no es algo nuevo. Ha sido debatida durante siglos por defensores de todas las creencias. En años recientes esta historia controvertida ha sido citada a menudo como una razón para evitar el tema, suponiendo que al ignorarlo se logra que termine en el olvido. Por extraño que parezca, aquellos que más se manifiestan en contra de discusiones abiertas sobre este tema [que son los que han acogido la postura errónea importada del calvinismo], a menudo parecen encontrar frecuentes causas y oportunidades para divulgar sus creencias erróneas al respecto. Si bien es cierto que la controversia resulta desagradable, no es razón suficiente para abandonar la defensa de la verdad bíblica. Tal conclusión significaría la ruina para toda enseñanza de la Palabra de Dios.

Como es obligación de todo teólogo sistemático, Walter Martin sostuvo una creencia relativa a la naturaleza humana de Cristo compatible con las doctrinas [calvinistas] que él enseñaba. Martin consideraba que esa doctrina era tan vital en su evaluación del adventismo, que el acuerdo en ese tema era uno de sus dos puntos innegociables. El problema es que la creencia que él nos amonestaba a aceptar es en diversas ocasiones tipificada por el apóstol Juan como la marca identificadora del anticristo.

“Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo” (1 Juan 4:1-3).

“Porque muchos engañadores han salido por el mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Quien esto hace es el engañador y el anticristo” (2 Juan 7).

Muchos dirán que estos versículos no tienen relación con el asunto, pero ciertamente la tienen. “Carne” (en griego sarx) es la misma palabra usada a través de todo el Nuevo Testamento para designar la naturaleza caída del hombre. Obsérvense otros usos de esta palabra:

“Aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre lleno de gracia y de verdad)” (Juan 1:14).

“Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Juan 3:6).

“El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Juan 6:63).

“Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo” (Rom 7:18).

“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús… Porque lo que era imposible a la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Más vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él” (Rom 8:1, 3-9).

“Manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borrachera, orgías, y cosas semejantes a éstas; acerca de la cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Gál 5:19-21).

“Indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria” (1 Tim 3:16).

“Velad y orad para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (Mat 26:41).

En cada caso en que se tradujo la palabra carne en estos versículos, el término original griego es sarx. En Romanos 8:6, la palabra sarx también aparece traducida como carne. Ahora, también es cierto que la palabra sarx algunas veces se refiere al cuerpo físico, a la carne tangible que todos poseemos. Pero la pregunta aquí es: ¿qué significado de la palabra sarx tuvo Juan en mente cuando escribió la advertencia acerca de la enseñanza del anticristo?

Recuérdese que la advertencia es doble: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en sarx, es de Dios. Y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en sarx, no es de Dios; este es el espíritu del anticristo. No existe terreno neutral.

¿Has conocido algún cristiano que afirme que Jesús no tenía un cuerpo real? ¿Sabes cuál es la doctrina de la Iglesia católica al respecto? La iglesia católica, al igual que la mayoría de las denominaciones cristianas, enseña que Cristo tenía un cuerpo de carne y hueso. De acuerdo con la doctrina católica, el cuerpo de Cristo, mientras él vivió en la tierra, era tan físico como el tuyo y el mío. 100% humano y 100% divino, dicen.

¿En qué consiste, pues, la doctrina del anticristo?

Cuando observamos la cuestión de la naturaleza humana de Cristo el escenario cambia rápidamente, y la razón es muy simple: si el diablo tuviera que admitir que Cristo venció el pecado en la misma naturaleza caída que tú y yo tenemos, su acusación [de que a los hijos e hijas de Adán les resulta imposible obedecer la ley de Dios] se desmoronaría inmediatamente.

Naturalmente, el anticristo nunca admitirá una creencia tan llena de poder como esa. Sostendrá escrupulosamente la idea de que la naturaleza de Cristo tenía ventaja sobre la nuestra. La doctrina católica ha logrado eso mediante la creencia de la “inmaculada concepción”. Mucha gente piensa que dicha creencia tiene que ver con la concepción de Jesús en la matriz de María. No es así. En realidad, la doctrina se refiere a la concepción de María en la matriz de su madre.

Aparentemente era tan importante que Cristo tuviera esa ventaja sobre nosotros, que la Iglesia romana tuvo que retroceder dos generaciones para asegurar que María se encontraba enteramente libre del pecado original, de tal manera que no hubiera duda alguna de que Cristo no vino en la sarx. Y esa enseñanza, dondequiera y como quiera que se encuentre, es la marca del anticristo.

Desafortunadamente, el asunto no ha sido bien aclarado, ni aun en las mentes de los adventistas, por más tiempo que hayan tenido para comprenderlo. Elena de White escribió:

“Me han llegado cartas que afirman que Cristo no podía haber tenido la misma naturaleza que el hombre, pues si la hubiera tenido, habría caído bajo tentaciones similares” (1 MS, 477).

¿Cuál fue la respuesta de Ellen White?

“si no hubiera tenido la naturaleza del hombre, no podría ser nuestro Ejemplo. Si no hubiera sido participante de nuestra naturaleza, no podría haber sido tentado como lo ha sido el hombre... Fue una solemne realidad que Cristo vino para reñir las batallas como hombre, en lugar del hombre. Su tentación y victoria nos dicen que la humanidad debe copiar el Modelo. El hombre debe llegar a ser participante de la naturaleza divina”.

Este comentario, al margen de lo interesante que haya podido ser, tenía por objeto señalar la importancia de los dos requerimientos que Walter Martin estaba presentando a la Iglesia adventista del séptimo día. Sin embargo, para algunos quedan sin respuesta innumerables preguntas. El Dr. Martin nos dijo que Elena de White había negado la deidad de Cristo. ¿Es eso verdad? W. Martin nos dijo que estábamos errados en nuestra comprensión del libro de Hebreos. ¿Es eso cierto?

Son todas ellas buenas preguntas. ¿Tendrán buenas respuestas? Desafortunadamente no tenemos respuestas tan buenas como desearíamos, debido a que W. Martin nunca proporcionó la evidencia para esas acusaciones, y es muy difícil refutar una acusación tan vaga como esa. El Dr. Martin nunca mostró las palabras de Elena de White donde, según él, había negado la deidad de Cristo; y en cuanto a sus citados comentarios del libro de Hebreos, nunca mencionó a qué capítulo se refería.

¿Podemos probar que Walter Martin estaba equivocado? No sin antes hacer un análisis cabal del libro de Hebreos y de todos los escritos de Elena de White.

¿Hay razón para creer que Walter Martin estaba en lo correcto? —Absolutamente ninguna razón. Pero aunque una afirmación enfática no constituye evidencia ni prueba de nada, es a menudo más difícil de contrarrestar que una argumentación. Quizá W. Martin lo sabía.         

 

Traducción revisada por www.libros1888.com