- El poder de Dios está en el evangelio
- El pecado de otros es también el nuestro
- La gracia de Dios: don gratuito
- Creyendo la maravillosa promesa de Dios
- Gracia abundante
- El yugo de Cristo es fácil, y su carga ligera
- Casados con el mal marido
- Gloriosa liberación de un matrimonio insufrible
- ¿Quiénes son los verdaderos israelitas?
- Buenas nuevas de gran gozo
- Todo Israel será salvo
- La justificación por la fe, en la práctica
- El creyente y los gobiernos terrenales
- Dios, en único Juez
- Alabad al Señor todos los Gentiles
- Saludos personales
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El relato inspirado nos asegura que en casi todas las epístolas de Pablo hay "algunas [cosas] difíciles de entender" (2 Ped. 3:16). Tal es quizá el caso con la epístola a los Romanos, en mayor medida que con cualquier otra. Pero su comprensión no es algo imposible, excepto para "los indoctos e inconstantes".
Observa que son solamente los que tuercen "también las otras Escrituras" para su propia perdición, los que malinterpretan la enseñanza de Pablo. Los que tienen el deseo de comprender, y que leen las sencillas promesas de la Biblia con provecho, no se encontrarán entre ellos.
Al abordar su estudio, te dará ánimo recordar que se trata simplemente de una carta dirigida a la iglesia de Roma. Nada hace suponer que la congregación en Roma fuese diferente del gran cuerpo de los cristianos en general. Leemos acerca de ellos que "no sois muchos sabios según la carne, no muchos poderosos, no muchos nobles" (1 Cor. 1:26). Los verdaderos seguidores de Jesús se han encontrado siempre entre la gente común. Así, en la iglesia de Roma debió haber tenderos, artesanos, obreros, carpinteros, jardineros, etc., así como muchos siervos de familias de ciudadanos ricos, y unos pocos que ostentaran una posición elevada. Cuando consideramos que se esperaba confiadamente que ese tipo de personas comprendiera la carta, podemos sentirnos animados a creer que lo mismo ha de suceder hoy.
La exhortación y aseveración de Pablo a Timoteo constituye la mejor guía para estudiar cualquiera de sus epístolas, y la Biblia en su totalidad: "Considera lo que digo; y el Señor te dé entendimiento en todo" (N.T. Interlineal: "el Señor te dará entendimiento en todo"). Dios es su propio intérprete. Son las palabras de la Biblia las que explican la Biblia. Es por ello que conviene preguntarse una y otra vez qué es lo que quiere decir exactamente el texto, en relación con lo que lo precede y lo sigue.
Los comentarios que acompañan al texto tienen por objeto fijar más detalladamente en la Palabra la atención del estudiante, así como ayudar al lector casual. Que el estudio de esta epístola te suponga una gran bendición, y que la Palabra llegue a serte aún de mucha mayor estima, debido a la luz creciente que el Espíritu Santo haga brillar a partir de ella, es mi ferviente oración.
Ellet. J. Waggoner
El saludo. Romanos 1:1-7
1 Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios, 2 que él había antes prometido por sus profetas en las santas Escrituras, 3 acerca de su Hijo (que fue hecho de la simiente de David según la carne: 4 el cual fue declarado Hijo de Dios con potencia, según el espíritu de santidad, por la resurrección de los muertos), de Jesucristo Señor nuestro, 5 por el cual recibimos la gracia y el apostolado, para la obediencia de la fe en todas las naciones en su nombre, 6 entre las cuales sois también vosotros, llamados de Jesucristo: 7 a todos los que estáis en Roma, amados de Dios, llamados santos: Gracia y paz tengáis de Dios nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.
Un siervo (esclavo). "Pablo, siervo de Jesucristo". Así es como el apóstol se presenta a los Romanos. En otras epístolas diferentes utiliza la misma expresión. Algunos se avergonzarían de definirse como siervos; pero tal no fue el caso de los apóstoles.
Hay una gran diferencia, dependiendo de a quién servimos. La importancia del siervo deriva de la dignidad de aquel a quien sirve. Pablo servía al Señor Jesucristo. Está al alcance de todos el servir al mismo Amo. "¿No sabéis que a quien os prestáis vosotros mismos por siervos para obedecerle, sois siervos de aquel a quien obedecéis? (Rom. 6:16). Hasta el mismo empleado del hogar que se entrega al Señor es siervo del Señor, y no del hombre. "Siervos, obedeced en todo a vuestros amos carnales, no sirviendo al ojo, como los que agradan a los hombres, sino con sencillez de corazón, temiendo a Dios: Y todo lo que hagáis, hacedlo de ánimo, como al Señor, y no a los hombres; Sabiendo que del Señor recibiréis la compensación de la herencia: porque al Señor Cristo servís" (Col. 3:22-24). Una consideración tal no puede por menos que dignificar la labor más humilde y rutinaria que quepa imaginar.
Nuestra versión no expresa toda la fuerza del término que el apóstol emplea al llamarse "siervo". En realidad es "siervo esclavo". Empleó el término con el que se referían normalmente a los esclavos. Si somos realmente los siervos del Señor, somos sus esclavos de por vida. Pero es el tipo de esclavitud que lleva en sí misma la libertad. "Porque el que en el Señor es llamado siendo siervo, liberto es del Señor: asimismo también el que es llamado siendo libre, siervo es de Cristo" (1 Cor. 7:22).
Apartado. El apóstol Pablo fue "apartado para el evangelio". Así lo es todo aquel que sirve realmente al Señor. "Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o se llegará al uno y menospreciará al otro: no podéis servir a Dios y a Mammón" (Mat. 6:24). Nadie puede servir al Señor, y además a algún otro señor.
¿Significa que un empresario o un hombre de negocios no puede ser un buen cristiano? Nada lo impide. Lo que venimos diciendo es que un hombre no puede servir al Señor, y al mismo tiempo estar sirviendo a otro amo. "Y todo lo que hacéis, sea de palabra, o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por él" (Col. 3:17). Si el hombre de negocios no está sirviendo al Señor en sus negocios, entonces no está sirviendo al Señor en absoluto. El verdadero siervo de Dios es realmente "apartado para".
Pero eso no significa que se aísla a sí mismo del contacto personal con el mundo. La Biblia no justifica la reclusión monástica. El pecador de quien menos esperanza hay es aquel que se siente demasiado bueno como para asociarse con pecadores. ¿Cómo pues hemos de ser apartados para el evangelio? Por la presencia de Dios en el corazón. Moisés dijo al Señor: "Si tu rostro no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí. ¿Y en qué se conocerá aquí que he hallado gracia en tus ojos, yo y tu pueblo, sino en andar tú con nosotros, y que yo y tu pueblo seamos apartados de todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra?" (Éx. 33:15,16).
Pero aquel que es apartado para el ministerio público del evangelio, tal como lo fue el apóstol Pablo, es apartado en el especial sentido de no poder implicarse en otros negocios cuyo fin sea la ganancia personal. "Ninguno que milita se embaraza en los negocios de esta vida; a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado" (2 Tim. 2:4). No puede ostentar ninguna posición ante los gobiernos de la tierra, sea lo elevada que sea. Tal cosa deshonraría a su Señor, y comprometería su servicio. El ministro del evangelio es el embajador de Cristo, y ninguna otra posición se le puede aproximar en honor.
El evangelio de Dios. El apóstol afirmó que había sido "apartado para el evangelio de Dios". Es el evangelio de Dios "acerca de su Hijo". Cristo es Dios y por lo tanto el evangelio de Dios al que se refiere en el primer versículo de la epístola, es idéntico al "evangelio de su Hijo" señalado en el versículo 9.
Demasiadas personas separan al Padre y al Hijo en la obra del evangelio. Muchos lo hacen inconscientemente. Dios el Padre, tanto como el Hijo, es nuestro Salvador. "De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito" (Juan 3:16). "Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo a sí" (2 Cor. 5:19). "Y consejo de paz será entre ambos a dos" (Zac. 6:13). Cristo vino a la tierra como representante del Padre. Quien veía a Cristo, veía también al Padre (Juan 14:9). Las obras que Cristo hizo, eran las obras del Padre, quien moraba en Él (Juan 14:10).
Hasta las palabras que hablaba eran las palabras del Padre (Juan 10:24). Cuando oímos a Cristo decir: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar", estamos oyendo la invitación llena de gracia de Dios el Padre. Cuando contemplamos a Cristo tomando a los niñitos en sus brazos y bendiciéndolos, estamos presenciando la ternura del Padre. Cuando vemos a Cristo recibiendo a pecadores, mezclándose con ellos, comiendo con ellos, perdonando sus pecados y limpiando a los despreciados leprosos mediante su toque sanador, estamos ante la condescendencia y compasión del Padre. Hasta cuando vemos a nuestro Señor en la cruz, con la sangre manando de su costado herido, esa sangre por la que somos reconciliados con Dios, no debemos olvidar que "Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo a sí", de forma que el apóstol Pablo pudo decir, "la iglesia de Dios, que adquirió mediante la sangre del propio (Hijo)" (Hech. 20:28, N.T. Interlineal).
El evangelio en el Antiguo Testamento. El evangelio de Dios para el que el apóstol Pablo afirmaba haber sido apartado, era el evangelio "que él había antes prometido por sus profetas en las santas Escrituras" (Rom. 1:2); literalmente, el evangelio que Él había previamente anunciado o predicado. Eso nos muestra que el Antiguo Testamento contiene el evangelio, y también que el evangelio en el Antiguo Testamento es el mismo que en el Nuevo. Es el único evangelio que el apóstol predicó. Puesto que eso es así, a nadie debería extrañar que creamos el Antiguo Testamento, y que lo consideremos con la misma autoridad que el Nuevo.
Leemos que Dios "evangelizó [anunció de antemano la buena nueva] a Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones" (Gál. 3:8, entre corchetes: N.T Interlineal). El evangelio predicado en los días de Pablo era el mismo que se predicó a los Israelitas de antaño (Ver Heb. 4:2). Moisés escribió sobre Cristo, y tanto del evangelio contienen sus escritos, que alguien que no crea lo que Moisés escribió, no puede creer en Cristo (Juan 5:46,47). "A éste dan testimonio todos los profetas, de que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre" (Hech. 10:43).
Cuando Pablo fue a Tesalónica, solamente disponía del Antiguo Testamento, y "como acostumbraba, entró a ellos, y por tres sábados disputó con ellos de las Escrituras, declarando y proponiendo que convenía que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos" (Hech. 17:2,3).
Timoteo, en su juventud, no disponía de otra cosa que no fuese los escritos del Antiguo Testamento, y el apóstol Pablo le escribió: "Persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido; y que desde la niñez has sabido las sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salud por la fe que es en Cristo Jesús" (2 Tim. 3:14,15).
Por lo tanto, ve al Antiguo Testamento esperando encontrar allí a Cristo y su justicia, y serás hecho sabio para la salvación. No separes a Moisés de Pablo, a David de Pedro, a Jeremías de Santiago, ni a Isaías de Juan.
La simiente de David. El evangelio de Dios es "acerca de su Hijo, que fue hecho de la simiente de David según la carne" (Rom. 1:3). Lee la historia de David, y de los reyes que de él descendieron, que fueron los antecesores de Jesús, y comprobarás que en el aspecto humano, el Señor estuvo tan negativamente afectado por sus antepasados como cualquier hombre pueda jamás haberlo estado. Muchos de ellos eran idólatras licenciosos y crueles. Aunque Jesús estaba hasta ese punto rodeado de flaqueza, "no hizo pecado; ni fue hallado engaño en su boca" (1 Ped. 2:22). Eso es así con el fin de proveer ánimo para la persona en la peor condición imaginable de la vida. Es así para mostrar que el poder del evangelio de la gracia de Dios triunfa sobre la herencia.
El hecho de que Jesús fue hecho de la simiente de David significa que es heredero del trono de David. Refiriéndose a ese trono, dijo el Señor: "será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro; y tu trono será estable eternalmente" (2 Sam. 7:16). El reinado de David es, por consiguiente, consustancial a la herencia prometida a Abraham, que es toda la tierra (Ver Rom. 4:13).
De Jesús, dijo el ángel: "y le dará el Señor Dios el trono de David su padre: y reinará en la casa de Jacob por siempre; y de su reino no habrá fin" (Luc. 1:32,33). Pero todo ello implicaba también que llevaría la maldición de la herencia, sufriendo la muerte. "Habiéndole sido propuesto gozo, sufrió la cruz, menospreciando la vergüenza" (Heb. 12:2). "Por lo cual Dios también le ensalzó a lo sumo, y dióle un nombre que es sobre todo nombre" (Fil. 2:9).
Como con Cristo, así también con nosotros. Es mediante gran tribulación como entramos en el reino. Aquel que retrocede ante la censura, o que hace de su humilde condición al nacer o de sus rasgos heredados una excusa para sus derrotas, perderá el reino de los cielos. Jesucristo vino desde las más bajas profundidades de la humillación con el fin de que todos cuantos están en tales profundidades puedan, si así lo desean, ascender con Él a los lugares más exaltados.
Poder por la resurrección. Aunque Jesucristo tuvo un nacimiento humilde, "fue declarado Hijo de Dios con potencia, según el espíritu de santidad, por la resurrección de los muertos" (Rom. 1:4). ¿Acaso no era el Hijo de Dios antes de la resurrección? ¿No se lo había declarado ya como tal? Ciertamente, y el poder de la resurrección se manifestó durante toda su vida. Sin ir más lejos, el poder de la resurrección se demostró en el hecho de levantarse de los muertos, algo que hizo por el poder que moraba en Él. Pero fue la resurrección de los muertos la que estableció ese hecho más allá de toda duda, a la vista de los hombres.
Después de haber resucitado, fue a los discípulos y les dijo, "Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra" (Mat. 28:18). La muerte de Cristo había desmoronado todas las esperanzas que habían puesto en Él, pero cuando "se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoles por cuarenta días" (Hech. 1:3), tuvieron amplia demostración de su poder.
Su única obra a partir de entonces, sería dar testimonio de su resurrección y de su poder. El poder de la resurrección es según el Espíritu de santidad, ya que fue mediante el Espíritu como fue resucitado. El poder que se da para hacer al hombre santo, es el poder que resucitó a Cristo de los muertos. "Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos sean dadas de su divina potencia".
La obediencia de la fe. Pablo dice que mediante Cristo había recibido gracia y apostolado para la obediencia de la fe en todas las naciones. La verdadera fe es obediencia. "Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado" (Juan 6:29). Cristo dijo, "¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que digo?" (Luc. 6:46). Es decir, una profesión de fe en Cristo que no va acompañada por la obediencia, es inútil. "La fe, si no tuviere obras, es muerta en sí misma" (Sant. 2:17). "Como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras es muerta" (v. 26).
El hombre no respira para demostrar que está vivo: respira porque está vivo. Vive respirando. Su respiración es su vida. Así también, el hombre no debe hacer buenas obras para demostrar que tiene fe, sino que hace buenas obras porque estas son el resultado necesario de su fe. Hasta Abraham fue justificado por las obras, porque "la fe obró con sus obras, y la fe fue perfecta por las obras. Y fue cumplida la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue imputado a Justicia".
Amados de Dios. Esa fue una consoladora seguridad para "todos los que [estaban] en Roma". ¡Cuántos habrían deseado oír de labios de un ángel venido directamente de la gloria lo que Gabriel dijo a Daniel: "tú eres muy amado"! El apóstol Pablo escribió a partir de la inspiración directa del Espíritu Santo, de forma que el mensaje de amor vino a los Romanos tan directamente desde el cielo como el de Daniel. El Señor no señaló por nombre a algunos favoritos, sino que afirmó que todos en Roma eran amados de Dios.
Ahora bien, Dios no hace acepción de personas, y ese mensaje de amor a los Romanos, lo es también para nosotros. Eran "amados de Dios", sencillamente porque "de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna" (Juan 3:16). "Jehová se manifestó a mí ya mucho tiempo ha, diciendo: Con amor eterno te he amado" (Jer. 31:3). Y ese amor eterno a los hombres no vaciló nunca, aunque los hombres hayan podido olvidarlo, ya que a aquellos que se han apartado y han caído por su iniquidad, les dice: "Yo sanaré su rebelión, los amaré de pura gracia" (Ose. 14:4). "Si fuéremos infieles, él permanece fiel: no se puede negar a sí mismo".
Llamados santos. Dios llama a todos los hombres a ser santos, pero a aquellos que lo aceptan, los llama santos. Tal es su título. Si Dios los llama santos, son santos.
Esas palabras fueron dirigidas a la iglesia en Roma, y no a la iglesia de Roma. La iglesia "de Roma" siempre ha sido apóstata y pagana. Ha abusado de la palabra "santo" hasta haberla convertido en poco menos que una banalidad en el calendario. Pocos pecados ha cometido Roma tan graves como hacer distinción entre los "santos" y los cristianos comunes, creando con ello dos escalas de bondad. Ha llevado a la gente a creer que el obrero y el ama de casa no son ni pueden llegar a ser santos, habiendo así rebajado la verdadera piedad práctica cotidiana, a la vez que ha exaltado la piedad indolente y los actos de justicia propia.
Pero Dios no tiene dos normas de piedad, y a todos los fieles de Roma, pobres y desconocidos como eran muchos de ellos, los llamó santos. Lo mismo sucede hoy con Dios, aunque los hombres puedan no reconocerlo así.
Los primeros siete versículos del primer capítulo de Romanos están dedicados al saludo. Jamás una carta no inspirada abarcó tanto en su salutación, como ésta de Pablo. Tan rebosante estaba el apóstol del amor de Dios, que fue incapaz de escribir una carta sin expresar la casi totalidad del evangelio en el saludo introductorio. Los siguientes ocho versículos bien pueden resumirse en "soy deudor [a todos]", ya que muestran la plenitud de la devoción del apóstol hacia los demás. Leámoslos cuidadosamente, y no nos contentemos con una sola lectura:
8 Primeramente doy gracias a mi Dios por Jesucristo acerca de todos vosotros, de que vuestra fe es predicada en todo el mundo. 9 Porque testigo me es Dios, al cual sirvo en mi espíritu en el evangelio de su Hijo, que sin cesar me acuerdo de vosotros siempre en mis oraciones, 10 Rogando, si al fin algún tiempo haya de tener, por la voluntad de Dios, próspero viaje para ir a vosotros. 11 Porque os deseo ver, para repartir con vosotros algún don espiritual, para confirmaros; 12 Es a saber, para ser juntamente consolado con vosotros por la común fe vuestra y juntamente mía. 13 Mas no quiero, hermanos, que ignoréis que muchas veces me he propuesto ir a vosotros (empero hasta ahora he sido estorbado), para tener también entre vosotros algún fruto, como entre los demás Gentiles. 14 A Griegos y a bárbaros, a sabios y a no sabios soy deudor. 15 Así que, cuanto a mí, presto estoy a anunciar el evangelio también a vosotros que estáis en Roma.
Un gran contraste. En los días del apóstol Pablo, la fe de la iglesia que había en Roma era conocida en todo el mundo. Fe significa obediencia, ya que la fe es contada por justicia, y Dios no cuenta nunca una cosa por lo que no es. La fe "obra por el amor" (Gál. 5:6). Y esa obra es "la obra de vuestra fe" (1 Tes. 1:3). Fe significa también humildad, como lo muestran las palabras del profeta, "se enorgullece aquel cuya alma no es derecha en él: mas el justo en su fe vivirá" (Hab. 2:4). Aquel cuya alma es derecha es un hombre justo; aquel que se enorgullece no es justo, su alma carece de rectitud. Pero el justo lo es por su fe, por lo tanto solamente posee la fe aquel cuya alma no se enorgullece. En los días de Pablo, los hermanos Romanos eran, pues, humildes.
Hoy es muy diferente. El Catholic Times del 15 de junio de 1894 nos da muestra de ello. El papa dijo, "Hemos dado autoridad a los obispos del rito Sirio para que se reúnan en sínodo en Mosul", y encomendó una "muy fiel sumisión" de esos obispos, y ratificó la elección del patriarca por "nuestra autoridad apostólica". Una publicación anglicana expresó su sorpresa, declarando, "¿Se trata de una unión libre de iglesias en un plano de igualdad, o se trata de sumisión a una cabeza suprema y monárquica?" A eso replica el Catholic Times: "No es una unión libre e igualitaria entre iglesias, sino que es sumisión a una cabeza suprema y monárquica Decimos a nuestro interlocutor Anglicano: Usted no está realmente sorprendido. Usted conoce bien lo que Roma reclama y reclamará siempre: obediencia. Esa es la exigencia que ponemos ante el mundo, por si no lo hubiésemos expresado con anterioridad".
Pero tal pretensión no existía en los días de Pablo. En ese tiempo se trataba de la iglesia en Roma; ahora es la iglesia de Roma. La iglesia en Roma era conocida por su humildad y su obediencia a Dios. La iglesia de Roma es conocida por su altiva pretensión de poseer el poder de Dios, y por su demanda de que se la obedezca a ella.
Orad sin cesar. El apóstol exhortó a los Tesalonicenses a orar sin cesar (1 Tes. 5:17). No exhortaba a otros a que hicieran lo que él mismo no hacía, ya que dijo a los Romanos que los mencionaba sin cesar en sus oraciones. No hay que suponer que el apóstol tuviera en su mente a los hermanos de Roma a cada hora del día, dado que en ese caso no se habría podido ocupar de nada más. Nadie puede estar conscientemente en oración sin interrupción, pero todos pueden ser "constantes en la oración", o "perseverar en la oración" (traducción de Young de Romanos 12:12).
Eso armoniza con lo dicho por el Salvador "sobre que es necesario orar siempre, y no desmayar" (Luc. 18:1). En la parábola que Lucas relata a continuación, el juez injusto se queja por la continua visita de la pobre viuda. Esa es una ilustración de lo que constituye orar sin cesar. No significa que debamos estar en todo momento en oración consciente, en cuyo caso descuidaríamos los deberes importantes, sino que jamás debemos cansarnos de orar.
Un hombre de oración. Eso era Pablo. Mencionaba a los Romanos en todas sus oraciones. Escribió a los Corintios, "Gracias doy a mi Dios siempre por vosotros" (1 Cor. 1:4). A los Colosenses, "Damos gracias al Dios y Padre del Señor nuestro Jesucristo, siempre orando por vosotros" (Col. 1:3). Aún más enfáticamente, escribió a los Filipenses, "Doy gracias a mi Dios en toda memoria de vosotros, siempre en todas mis oraciones haciendo oración por todos vosotros con gozo" (Fil. 1:3,4). A los Tesalonicenses, "Damos siempre gracias a Dios por todos vosotros, haciendo memoria de vosotros en nuestras oraciones; sin cesar acordándonos delante del Dios y Padre nuestro de la obra de vuestra fe " (1 Tes. 1:2,3). Y "Orando de noche y de día con grande instancia, que veamos vuestro rostro, y que cumplamos lo que falta a nuestra fe" (1 Tes. 3:10). A su amado hijo en la fe escribió, "Doy gracias a Dios, al cual sirvo desde mis mayores con limpia conciencia, de que sin cesar tengo memoria de ti en mis oraciones noche y día" (2 Tim. 1:3).
Estad siempre gozosos. El secreto de eso está en "orar sin cesar" (ver 1 Tes. 5:16,17). El apóstol Pablo oraba tanto por los demás, que no tenía tiempo para preocuparse acerca de sí mismo. Nunca había visto a los Romanos, sin embargo oraba por ellos tan fervientemente como por las iglesias que él había fundado. Dando cuenta de sus labores y sufrimientos, los incluye en aquello que "sobre mí se agolpa cada día, la solicitud de todas las iglesias" (2 Cor. 11:28).
"Como doloridos, mas siempre gozosos". Cumplió la ley de Cristo sobrellevando las cargas de los otros. Así fue como pudo gloriarse en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Cristo sufrió en la cruz por los demás, pero fue "en vista del gozo que le esperaba". Los que están plenamente entregados a los demás, comparten el gozo de su Señor, y se pueden gozar en Él.
Un próspero viaje. Pablo oraba fervientemente para poder tener un próspero viaje de visita a Roma, por la voluntad de Dios. Si lees el capítulo veintisiete de los Hechos, verás el tipo de viaje que tuvo. Aparentemente podríamos aplicar cualquier calificativo a ese viaje, excepto el de "próspero". Sin embargo no oímos ni una sola queja de Pablo, y ¿quién ha dicho que no fuese un próspero viaje? "Sabemos que a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien", por lo tanto debió ser realmente un viaje próspero. Es bueno que tomemos esas cosas en cuenta.
Estamos muy inclinados a considerar las cosas desde un ángulo equivocado. Cuando aprendamos a verlas como Dios las ve, nos daremos cuenta de que aquello que habíamos percibido como desastroso es en realidad próspero. ¡Cuantos lamentos podríamos evitar si recordásemos siempre que Dios sabe mucho mejor que nosotros cómo contestar nuestras oraciones!
Dones espirituales. Cuando Cristo subió "a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres" (Efe. 4:8). Esos dones eran los dones del Espíritu, ya que Jesús habló sobre la conveniencia de que "Yo vaya: porque si yo no fuese, el Consolador no vendría a vosotros; mas si yo fuere, os lo enviaré" (Juan 16:7). Y Pedro dijo en el día de Pentecostés, "A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Así que, levantado por la diestra de Dios, y recibiendo del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís" (Hech. 2:32,33).
Esos dones son descritos en estos términos: "Hay repartimiento de dones, mas el mismo Espíritu es. Y hay repartimiento de ministerios; mas el mismo Señor es. Y hay repartimiento de operaciones; mas el mismo Dios es el que obra todas las cosas en todos. Empero a cada uno le es dada manifestación del Espíritu para provecho. Porque a la verdad, a éste le es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu, a otro, fe por el mismo Espíritu, y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu; a otro, operaciones de milagros, y a otro, profecía, y a otro, discreción de espíritus, y a otro, géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas. Mas todas estas cosas obra uno y el mismo Espíritu, repartiendo particularmente a cada uno como quiere" (1 Cor. 12:4-11).
Establecidos por dones espirituales. "A cada uno le es dada manifestación del Espíritu para provecho". ¿Para qué provecho? "Para perfección de los santos, para la obra del ministerio, para edificación del cuerpo de Cristo; hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo" (Efe. 4:12,13).
Los dones del Espíritu deben acompañar al Espíritu. Tan pronto como los primeros discípulos recibieron el Espíritu, de acuerdo con la promesa, recibieron los dones. Uno de los dones, el hablar en nuevas lenguas, se manifestó ese mismo día. Se deduce, por lo tanto, que la ausencia de los dones del Espíritu en cualquier grado notable en la iglesia, es evidencia de la ausencia del Espíritu. No enteramente, por supuesto, pero sí en la medida en la que Dios lo ha prometido.
El Espíritu tenía que morar con los discípulos para siempre, y por lo tanto los dones del Espíritu deben manifestarse en la verdadera iglesia hasta la segunda venida del Señor. Como ya hemos visto, cualquier ausencia marcada de la manifestación de los dones del Espíritu, es evidencia de la ausencia de la plenitud del Espíritu; y tal es el secreto de la debilidad de la iglesia, así como de las grandes divisiones que en ella existen. Los dones espirituales establecen la iglesia, por lo tanto la iglesia que no posee esos dones no puede considerarse "establecida".
¿Quién puede tener el Espíritu? Aquel que lo pida con ferviente deseo. Ver Lucas 11:13. El Espíritu fue ya derramado, y Dios nunca retiró el don; lo único que resta es que los cristianos lo pidan y lo acepten.
"Soy deudor". Esa fue la clave en la vida de Pablo, y el secreto de su éxito. Hoy oímos a las personas decir, "el mundo está en deuda conmigo", pero Pablo consideraba que él mismo se debía al mundo. Y sin embargo, no recibía del mundo sino azotes y abuso. Incluso todo lo que había recibido antes de que Cristo lo encontrase fue una pérdida total. Pero Cristo lo había encontrado, y Cristo se le había dado a él, por lo tanto pudo decir, "Con Cristo estoy juntamente crucificado, y vivo, no ya yo, mas vive Cristo en mí: y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó, y se entregó a sí mismo por mí" (Gál. 2:20).
Puesto que la vida de Cristo fue la vida de Pablo, y puesto que Cristo se dio a sí mismo al mundo, Pablo vino a ser deudor ante todo el mundo. Tal ha sido el caso de todos los que han sido siervos del Señor. "David, habiendo servido en su edad a la voluntad de Dios, durmió" (Hech. 13:36). "Y el que quisiere entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo: Como el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos".
Obra personal. Prevalece la noción errónea de que las labores comunes son degradantes, especialmente para un ministro del evangelio. La culpa no es toda de los ministros, sino en gran parte de quienes los rodean. Creen que los ministros deben vestir siempre impecablemente, y que jamás deben manchar sus manos con el trabajo manual ordinario. Tales ideas no proceden de la Biblia. Cristo mismo fue carpintero, sin embargo muchos de sus profesos seguidores se quedarían estupefactos si vieran a su ministro aserrando y lijando tablones, cavando en la tierra, o cargando paquetes.
Prevalece un falso sentido de la dignidad que es opuesto al espíritu del evangelio. El trabajo no producía vergüenza ni temor en Pablo, y él no lo realizaba sólo ocasionalmente, sino de forma cotidiana, a la vez que se ocupaba de la predicación. Ver Hechos 18:3,4. Dijo, "Sabéis que para lo que me ha sido necesario, y a los que están conmigo, estas manos me han servido" (Hech. 20:34). Estaba hablando a los dirigentes de la iglesia cuando dijo, "En todo os he enseñado que trabajando así, es necesario sobrellevar a los enfermos, y tener presente las palabras del Señor Jesús, el cual dijo: Más bienaventurada cosa es dar que recibir" (v. 35).
Difamando a Pablo. En la segunda convención internacional del Movimiento de Estudiantes Voluntarios para las Misiones, el tema principal de una sesión de tarde era: "Pablo, el gran misionero". El orador dijo que "Pablo tenía una gran facilidad para organizar el trabajo, de tal manera que él asumía personalmente una muy pequeña parte de la labor". Fue una impía y desafortunada invención ésta que se presentó ante jóvenes voluntarios para el servicio misionero, ya que constituye el colmo de la falsedad, y es cualquier cosa menos un cumplido para el apóstol.
Además de lo dicho, lee lo que sigue: "Ni comimos el pan de ninguno de balde; antes, obrando con trabajo y fatiga de noche y de día, por no ser gravosos a ninguno de vosotros" (2 Tes. 3:8). "De muy buena gana gastaré lo mío, y me gastaré yo mismo por vosotros" (2 Cor. 12:15). "¿Son ministros de Cristo? (como poco sabio hablo) yo más; en trabajos más abundante; en azotes sin medida; en cárceles más; en muertes, muchas veces" (2 Cor. 11:23). "Empero por la gracia de Dios soy lo que soy: y su gracia no ha sido en vano para conmigo; antes he trabajado más que todos ellos: pero no yo, sino la gracia de Dios que fue conmigo" (1 Cor. 15:10).
La gracia de Dios se manifiesta en servicio por los demás. La gracia llevó a Cristo a darse a sí mismo por nosotros, y a tomar sobre sí la forma y la condición de siervo. Por lo tanto, el qué más gracia de Cristo tiene, es el que más labor hará. No se arredrará ante el trabajo, aunque sea del carácter más servil. Cristo vino hasta las profundidades de lo más bajo por amor al hombre; por lo tanto, aquel que piensa que algún servicio es impropio de su dignidad, se siente demasiado exaltado como para asociarse con Cristo.
Libertad del evangelio. Es la libertad que Dios da al hombre, por medio del evangelio. Éste expresa el concepto divino de la libertad. Es la libertad que se observa en la naturaleza y en todas las obras de sus manos. Es la libertad del viento, soplando como quiere; la libertad de las flores, esparcidas por doquier en los prados y las montañas; la libertad de los pájaros, planeando por el cielo sin fronteras; la libertad de los rayos del sol, abriéndose camino entre nubes y cumbres elevadas. La libertad de los astros del cielo, surcando sin cesar el espacio infinito. La libertad que proviene del gran Creador, a través de todas sus obras.
Gozando esa libertad ahora. Es el pecado el que produjo toda estrechez, todo lo limitado y circunscrito. Es el que ha erigido las barreras, y ha convertido al hombre en mísero y mezquino. Pero el pecado ha de ser quitado, y una vez más la libertad florecerá en toda la creación. Incluso ahora es posible gustar esa libertad, cuando el pecado es quitado de nuestro corazón. El gozar de esa libertad por la eternidad es el glorioso privilegio que el evangelio ofrece ahora a todo hombre. ¿Qué amante de la libertad querrá desaprovechar esa oportunidad?
Hemos considerado la introducción al cuerpo principal de la epístola. Los primeros siete versículos constituyen el saludo; los ocho que siguen abordan asuntos personales concernientes a Pablo mismo, y a los hermanos en Roma. El versículo quince es el eslabón que une la introducción con la porción propiamente doctrinal de la epístola.
Observa con atención los versículos citados, y comprobarás que no se trata de una división arbitraria sino de algo evidente. Si en la lectura de un capítulo tomas nota de los diferentes temas abordados, y de los cambios de un tema al otro, te sorprenderá lo fácil que resulta captar el contenido del capítulo, y retenerlo en la mente. La razón por la que muchos encuentran difícil recordar lo que han estudiado en la Biblia, es porque intentan recordarlo "a bulto", sin prestar atención especial a los detalles.
Al expresar su deseo de encontrarse con los hermanos Romanos, el apóstol se declara deudor tanto a Griegos como a bárbaros, a sabios y a no sabios, y por lo tanto, dispuesto a predicar el evangelio incluso en Roma, la capital del mundo. El versículo quince, y la expresión "anunciar el evangelio" constituyen la nota predominante de toda la epístola, y Pablo entra entonces en materia, de una forma natural y espontanea. De acuerdo con ello, lo siguiente que encontramos es
El evangelio definido. Romanos 1:16,17
16 Porque no me avergüenzo del evangelio: porque es potencia de Dios para salud a todo aquel que cree; al Judío primeramente y también al Griego. 17 Porque en él la justicia de Dios se descubre de fe en fe; como está escrito: Mas el justo vivirá por la fe.
"No me avergüenzo". No hay razón alguna por la que alguien pudiera avergonzarse del evangelio. Sin embargo, muchos se han avergonzado, y se avergüenzan de él. Muchos se avergüenzan hasta tal punto del evangelio, que no están dispuestos a rebajarse haciendo profesión de él. Y a muchos que lo profesan, les produce vergüenza que se sepa. ¿Cuál es la causa de toda esa vergüenza? Es el desconocimiento de lo que constituye el evangelio. Nadie que conozca realmente lo que es el evangelio estará avergonzado de él, ni de ninguna de sus facetas.
Deseo de poder. Nada desea tanto el hombre como el poder. Se trata de un deseo que Dios mismo implantó en él. Desafortunadamente, el diablo ha engañado a la mayoría de los hombres, de tal modo que buscan el poder de la forma equivocada. Creen que se lo halla en la posesión de riquezas o en la posición política, por lo tanto se precipitan a la búsqueda de tales cosas. Pero eso no provee el poder para el que Dios creo en nosotros el deseo, como demuestra el hecho de que no producen satisfacción.
Ningún hombre se satisfizo jamás con el poder obtenido mediante la riqueza o la posición. Por más que tenga, siempre desea más. Nadie encuentra en ellos lo que deseaba, de forma que se afana por tener más, pensando que satisfará así el deseo de su corazón, pero todo en vano. Cristo es "el Deseado de todas las gentes" (Hageo 2:7), la única fuente de satisfacción plena, ya que Él es la encarnación de todo el auténtico poder que en el universo existe: el poder de Dios. "Cristo es el poder de Dios" (1 Cor. 1:24).
Poder y sabiduría. Es comúnmente reconocido que el saber es poder. Eso depende Si nos atenemos a la frase del poeta, "el estudio apropiado para el género humano es el estudio del hombre", entonces realmente el saber es cualquier cosa menos poder. El hombre no es más que debilidad y pecado. Todo hombre sabe que es pecador, que hace lo que no debe, pero ese conocimiento no le da poder para cambiar su curso de acción. Puedes enumerarle a alguien todas sus faltas, pero si no haces más que eso, lo has debilitado en lugar de fortalecerlo.
Pero aquel que decide, junto al apóstol Pablo, no saber nada, "sino a Jesucristo, y a este crucificado", posee la sabiduría que es poder. "Ésta empero es la vida eterna: que te conozcan el solo Dios verdadero, y a Jesucristo, al cual has enviado" (Juan 17:3). Conocer a Cristo es conocer el poder de su vida infinita. Es por falta de ese conocimiento que el hombre se destruye (Ose. 4:6). Pero dado que Cristo es el poder de Dios, es absolutamente correcto el decir que poder es lo que el hombre necesita; y el único poder genuino, el poder de Dios, se revela en el evangelio.
La gloria del poder. Todos los hombres honran el poder. Allí donde éste se manifieste, encontrarás una nube de admiradores. No hay nadie que deje de admirarlo o aplaudirlo de alguna manera. Una musculatura poderosa es frecuente objeto de admiración y orgullo, sea que pertenezca a un ser humano, o a un animal irracional. Una máquina poderosa que mueve toneladas sin aparente esfuerzo atrae siempre la atención, así como aquel que la construyó. El hombre rico, cuyo dinero puede pagar el servicio de miles, tiene siempre admiradores, al margen de cómo haya obtenido ese dinero. El hombre de alta alcurnia y posición, o el monarca de una gran nación disponen de multitudes de seguidores que aplauden su poder. Los hombres anhelan relacionarse con ellos, ya que de tal relación se deriva una cierta dignidad, aunque el poder en sí mismo sea intransferible.
Pero todo el poder de la tierra es frágil y temporal, mientras que el poder de Dios es eterno. El evangelio es el poder, y si los hombres quisieran solamente reconocerlo por lo que es, no podría haber nadie que se avergonzara de él. Pablo dijo, "lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo" (Gál. 6:14). La razón de ello es que la cruz es el poder de Dios (1 Cor. 1:18). El poder de Dios, manifestado de la forma que sea, significa gloria: nada de qué avergonzarse.
Cristo no se avergüenza. Referente a Cristo leemos, "El que santifica y los que son santificados, de uno son todos: por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos" (Heb. 2:11). "Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos" (Heb. 11:16). Si el Señor no se avergüenza de llamarse hermano de los pobres, débiles y mortales pecadores, el hombre no tiene ninguna razón para avergonzarse de Él. "Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios" (1 Juan 3:1). ¡Avergonzarse del evangelio de Cristo! ¿Podría existir un caso peor de exaltación del yo por encima de Dios? Avergonzarse del evangelio de Cristo, que es el poder de Dios, es una evidencia de que aquel que así actúa se cree realmente superior a Dios, y le parece que rebaja su dignidad al asociarse con el Señor.
Jesús, gracias porque no te avergonzaste de hacerte nuestro hermano, siendo que eres nuestro Creador.(L.B.)Gracias por haber menospreciado la vergüenza, cuando tu cuerpo colgaba descubierto entre el cielo y la tierra, clavado en aquel madero.
Para ti no hubo allí ninguna hoja de higuera. Ninguna piel de animal te cubrió en esa hora: sólo espanto y tinieblas.
Gracias por haber apurado hasta las heces esa copa. Gracias por llevar en tu cuerpo la vergüenza de nuestros pecados.
Gracias porque tú consideras que fuiste herido en casa de tus amigos cuando en realidad, éramos enemigos.
Gracias por tener en el cielo un representante como tú, que a pesar de todo, no se avergüenza de llamarnos hermanos.
Al contemplar esa misericordia, sentimos vergüenza por haberte negado tantas veces. Aborrecemos nuestro orgullo, y nos aferramos a ese amor con el que nos atraes a ti mismo.
Como el discípulo amado, aceptamos recostar nuestra cabeza sobre tu pecho, tú que no tuviste donde reposar la tuya, desde el pesebre hasta la cruz.
Salvos por la fe. El evangelio es el poder de Dios para salvación a todo aquel que cree. "Por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios" (Efe. 2:8). "El que creyere y fuere bautizado, será salvo" (Mar. 16:16). "Mas a todos los que le recibieron, dióles potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre" (Juan 1:12). "Porque con el corazón se cree para justicia; mas con la boca se hace confesión para salud" (Rom. 10:10). "Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado" (Juan 6:29). La fe, obra.
El tiempo nos faltaría para hablar de aquellos que "por la fe conquistaron reinos, obraron justicia, alcanzaron promesas sacaron fuerza de la debilidad, etc." (Heb. 11:33,34). Los hombres pueden decir, "no veo cómo puede uno ser hecho justo simplemente creyendo". Lo que veas no tiene ninguna trascendencia: no eres salvo por la vista, sino por la fe. No necesitas ver la forma en la que tal cosa sucede, ya que es el Señor quien obra la salvación. Cristo mora en el corazón por la fe (Efe. 3:17), y dado que Él es nuestra justicia, también "es mi salvación, confiaré y no temeré" (Isa. 12:1). Veremos más plenamente ilustrada la salvación por la fe a medida que prosigamos en el estudio, puesto que el libro de Romanos está totalmente dedicado a ello.
"Al judío primeramente". Cuando Pedro, por petición de Cornelio el centurión Romano y mandato del Señor, fue a Cesárea a predicar el evangelio a los Gentiles, sus primeras palabras, tras haber escuchado el relato de Cornelio, fueron: "En verdad veo que Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que es fiel y obra rectamente, de cualquier nación que sea" (Hech. 10:34,35).
Era la primera vez que Pedro percibía esa verdad, pero no era la primera vez que eso era verdad. Esa verdad es tan antigua como Dios mismo. Dios no escogió nunca a nadie con exclusión de los demás. "La sabiduría que viene de lo alto es imparcial" (Sant. 3:17). Es cierto que los judíos, como nación, fueron maravillosamente favorecidos por el Señor, pero perdieron todos sus privilegios sencillamente porque asumieron que Dios les amaba más que a cualquier otro, y que tenían la exclusiva. A lo largo de toda su historia Dios intentaba hacerles ver que lo que les estaba ofreciendo a ellos, era para el mundo entero, y que tenían que ministrar a los demás la luz y los privilegios de los que participaban.
Casos como el de Naamán, el Sirio, o el de los Ninivitas, a quienes fue enviado Jonás, figuran entre muchos otros, por medio de los cuales Dios intentaba enseñar a los judíos que Él no hace acepción de personas.
Entonces, ¿por qué fue predicado el evangelio "al judío primeramente"? Sencillamente porque estaban más cerca. Cristo fue crucificado en Jerusalem. Es desde allí que Él comisionó a sus discípulos la predicación del evangelio. Al ascender dijo, "Me seréis testigos en Jerusalem, y en toda Judea, y Samaria, y hasta lo último de la tierra" (Hech. 1:8). Era muy natural que debieran comenzar la predicación del evangelio en el lugar y a las personas que estaban más próximas a ellos. Tal es el secreto de toda obra misionera. Aquel que no obra de acuerdo con el evangelio en su propia casa, no hará ninguna obra evangélica aunque vaya al más lejano país extranjero.
La justicia de Dios. El Señor dice, "Alzad a los cielos vuestros ojos, y mirad abajo a la tierra: porque los cielos serán deshechos como humo, y la tierra se envejecerá como ropa de vestir, y de la misma manera perecerán sus moradores: mas mi salud será para siempre, mi justicia no perecerá. Oídme, los que conocéis justicia, pueblo en cuyo corazón está mi ley" (Isa. 51:6,7). "Hablará mi lengua tus dichos; porque todos tus mandamientos son justicia" (Sal. 119:172).
La justicia de Dios, por lo tanto, es su ley. Nunca hay que olvidar eso. La expresión "la justicia de Dios" ocurre frecuentemente en el libro de Romanos, y el definirla de forma diversa y arbitraria ha producido considerable confusión. Si aceptamos la definición dada por la Biblia, y no la abandonamos nunca, simplificará mucho las cosas: La justicia de Dios es su perfecta ley.
Justicia y vida. Los Diez Mandamientos, sea que estén grabados en tablas de piedra, o que estén escritos en un libro, no son sino una declaración de la justicia de Dios. La justicia significa la práctica del bien, la rectitud. Es activa. La justicia de Dios es su práctica del bien, su forma de ser. Y puesto que todos sus caminos son justicia, se deduce que la justicia de Dios no es nada menos que la vida de Dios. La ley escrita no es acción, sino solamente una descripción de la acción. Es una descripción del carácter de Dios.
La vida misma y el carácter de Dios se ven en Jesucristo, en el corazón del cual moraba la ley de Dios. No puede haber justicia sin acción. Y así como no hay nadie bueno, sino sólo Dios, se deduce que no hay justicia, excepto en la vida de Dios. La justicia y la vida de Dios son una y la misma cosa.
Justicia en el evangelio. "La justicia que viene de Dios se revela de fe en fe". ¿Dónde se revela? "en el evangelio". No olvides que la justicia de Dios es su perfecta ley, de la que encontramos una declaración en los Diez Mandamientos. No existe conflicto alguno entre la ley y el evangelio. En realidad no existen dos cosas separadas tales como ley y evangelio: la verdadera ley de Dios es el evangelio, ya que la ley es la vida de Dios, y somos "salvos por su vida". El evangelio revela la justa ley de Dios, puesto que el evangelio lleva la ley en sí mismo. No puede haber evangelio sin ley. Quienquiera que ignore o rechace la ley de Dios, desconoce en ello el evangelio.
La primera aproximación. Jesús dijo que el Espíritu Santo convencería al mundo de pecado y de justicia (Juan 16:8). Eso es la revelación de la justicia de Dios en el evangelio. "Donde no hay ley, tampoco hay transgresión" (Rom. 4:15). Sólo por la ley es el conocimiento del pecado (Rom. 7:7). De ello se deduce que el Espíritu convence de pecado dando a conocer la ley de Dios. La primera vislumbre de la justicia de Dios tiene por resultado el que el hombre sienta su pecaminosidad, algo así como la percepción que sentimos de nuestra pequeñez, ante la contemplación de una magnífica montaña. Lo mismo que sucede con la visión de la inmensidad de la montaña, la justicia de Dios, que "es como los altos montes" (Sal. 36:6), "crece" ante nuestra vista, a medida que la contemplamos. Por lo tanto, el que mira continuamente a la justicia de Dios, reconocerá continuamente su pecaminosidad.
La segunda, y más profunda aproximación. Jesucristo es la justicia de Dios. Y Dios no envió "a su Hijo al mundo para que condene al mundo, mas para que el mundo sea salvo por él" (Juan 3:17). Dios no nos revela su justicia en el evangelio para que nos quedemos encogidos ante Él, debido a nuestra injusticia, sino para que podamos tomar su justicia y vivir por ella. Somos injustos, y Dios quiere que nos demos cuenta de ello, a fin de que deseemos recibir su perfecta justicia. Es una revelación de amor; ya que su justicia es su ley, y su ley es amor (1 Juan 5:3).
Así, "si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad" (1 Juan 1:9). Si cuando la predicación del evangelio nos revela la ley de Dios, la rechazamos y le ponemos peros porque condena nuestro curso de acción, lo que estamos diciendo es sencillamente que no queremos que Dios ponga su justicia sobre nosotros.
Viviendo por la fe. "Como está escrito: Mas el justo vivirá por la fe". Cristo es "vuestra vida" (Col. 3:4). Somos "salvos por su vida" (Rom. 5:10). Es por la fe como recibimos a Jesucristo, ya que Él mora en nuestros corazones por la fe (Efe. 3:17). Al morar en nuestros corazones viene a significar vida, ya que del corazón "mana la vida" (Prov. 4:23).
Ahora viene la palabra, "de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él: arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe" (Col. 2:6,7). Al recibirlo por la fe, y andar en Él de la misma forma en que lo hemos recibido, "andamos por la fe, no por vista".
"De fe en fe". Esa expresión aparentemente complicada, que ha sido objeto de no poca controversia, es en realidad muy simple, cuando permitimos a la Escritura que se explique a sí misma. En el evangelio "la justicia que viene de Dios se revela de fe en fe. Como está escrito: Mas el justo vivirá por la fe". Observa el paralelismo entre "de fe en fe", y "el justo vivirá por la fe". Justo significa recto.
En 1ª de Juan 1:9 leemos que Él (Dios), es fiel y "justo". La vida de Dios es justicia. Es su deseo que la nuestra sea también justicia, de manera que nos ofrece su propia vida. Esa vida se hace nuestra por la fe. De la misma manera en que vivimos respirando, así tenemos que vivir espiritualmente por la fe, y toda nuestra vida ha de ser espiritual. La fe es el aliento (respiración) de vida para el cristiano. Así, de la misma manera que físicamente vivimos de respiración en respiración, espiritualmente debemos vivir de fe en fe.
Sólo podemos vivir por lo que respiramos en ese momento; de igual manera, sólo podemos vivir espiritualmente por la fe que tenemos en el momento actual. Si vivimos una vida de consciente dependencia de Dios, su justicia será la nuestra, ya que respiraremos continuamente en ella. La fe nos da fortaleza, ya que aquellos que la ejercitaron, "sacaron fuerza de la debilidad" (Heb. 11:34).
De aquellos que aceptan la revelación de la justicia de Dios "de fe en fe", se dice que "irán de fortaleza en fortaleza" (Sal. 84:7).
No olvidemos que es de las propias palabras de la Biblia de las que hemos de aprender. Toda la ayuda real que un instructor puede dar a alguien, en el estudio de la Biblia, consiste en enseñarle cómo fijar su mente con mayor claridad en las palabras exactas del registro sagrado. Por lo tanto, primeramente, lee varias veces el texto. No lo hagas con precipitación, sino cuidadosamente, prestando especial atención a cada afirmación. No malgastes ni un solo momento en especular sobre el posible significado del texto. No hay nada peor que elucubrar con el significado de un texto de la Escritura, para hacerle decir lo que algún otro piensa. Nadie puede saber más sobre la Biblia que lo que la Biblia misma dice; y la Biblia está tan dispuesta a contar su historia a una persona como a cualquier otra.
Pregúntale detenidamente al texto. Escudríñalo una y otra vez, siempre con un espíritu reverente, de oración, para que el texto se explique a sí mismo. No te desanimes si eres incapaz de comprender de una vez todo lo contenido en el texto. Recuerda que se trata de la palabra de Dios, y que es infinita en profundidad, de forma que jamás llegarás a agotarla. Cuando llegues a un pasaje difícil, ve hacia atrás y considéralo en relación con lo que lo precede. No pienses que te vaya a ser posible captar su significado más pleno aislándolo de su contexto. Aplicándote con perseverancia a las palabras del texto, a fin de llegar a estar seguro de conocer exactamente lo que quiere decir, llegarás pronto a tenerlo constantemente en tu mente; y es entonces cuando comenzarás a saborear algunos de los ricos frutos del estudio de la Biblia. Cuando menos lo esperes, brillará nueva luz a partir de esos textos, y a través de ellos, mientras estés considerando otras Escrituras.
La justicia del juicio. Romanos 1:18-20
18 Porque manifiesta es la ira de Dios del cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que detienen la verdad con injusticia: 19 Porque lo que de Dios se conoce, a ellos es manifiesto; porque Dios se lo manifestó. 20 Porque las cosas invisibles de él, su eterna potencia y divinidad, se echan de ver desde la creación del mundo, siendo entendidas por las cosas que son hechas; de modo que son inexcusables.
El hombre perdió el conocimiento de Dios. Romanos 1:21-23.
21 Porque habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni dieron gracias; antes se desvanecieron en sus discursos, y el necio corazón de ellos fue entenebrecido. 22 Diciéndose ser sabios, se hicieron fatuos, 23 y trocaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, y de aves, y de animales de cuatro pies, y de serpientes.
Resultado de ignorar a Dios. Romanos 1:24-32.
24 Por lo cual también Dios los entregó a inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de suerte que contaminaron sus cuerpos entre sí mismos: 25 Los cuales mudaron la verdad de Dios en mentira, honrando y sirviendo a las criaturas antes que al Criador, el cual es bendito por los siglos. Amén. 26 Por esto Dios los entregó a afectos vergonzosos; pues aun sus mujeres mudaron el natural uso en el uso que es contra naturaleza: 27 Y del mismo modo también los hombres, dejando el uso natural de las mujeres, se encendieron en sus concupiscencias los unos con los otros, cometiendo cosas nefandas hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la recompensa que convino a su extravío. 28 Y como a ellos no les pareció tener a Dios en su noticia, Dios los entregó a una mente depravada, para hacer lo que no conviene, 29 Estando atestados de toda iniquidad, de fornicación, de malicia, de avaricia, de maldad; llenos de envidia, de homicidios, de contiendas, de engaños, de malignidades; 30 murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, 31 necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia: 32 Que, habiendo entendido el juicio de Dios que los que hacen tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que aun consienten a los que las hacen.
Toda injusticia, condenada. La ira de Dios se manifiesta desde el cielo contra toda maldad e injusticia de los hombres. "Toda maldad es pecado" (1 Juan 5:17). "Pero no se imputa pecado no habiendo ley" (Rom. 5:13). Por lo tanto, a todo el mundo se ha manifestado la suficiente cantidad de ley de Dios como para dejar a todos sin excusa para el pecado. Lo que expone este versículo equivale a lo que encontramos en el siguiente capítulo: "No hay acepción de personas para con Dios". Su ira se manifiesta contra toda injusticia. No hay en todo el mundo una persona lo bastante grande como para que pueda pecar impunemente, ni tampoco una persona tan insignificante como para que su pecado pase desapercibido. Dios es estrictamente imparcial. "Sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno" (1 Ped. 1:17).
Deteniendo la verdad. Leemos que "detienen la verdad con injusticia". Algunos han concluido superficialmente a partir de Romanos 1:18 que el hombre puede poseer la verdad al mismo tiempo que es injusto. El texto no dice tal cosa. Encontramos evidencia suficiente de que eso no es así en el hecho de que el apóstol está en este capítulo hablando especialmente de los que no poseen la verdad, antes bien la han cambiado por una mentira. Aunque han perdido todo el conocimiento de la verdad, están condenados por su pecado.
Eso significa que los hombres reprimen la verdad con injusticia. Cuando Jesús fue a su propia región natal, "no hizo allí muchas maravillas, a causa de la incredulidad de ellos" (Mat. 13:58). Pero en el texto que nos ocupa, el apóstol quiere decir mucho más que eso. Como muestra claramente el contexto, quiere decir que los hombres, por su perversidad, reprimen la obra de la verdad de Dios en sus propias almas. Si no fuese por su resistencia a la verdad, ésta los santificaría. Y el resultado es:
Justicia de la ira de Dios. La ira de Dios es manifiesta desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, y precisamente debido a que "lo que de Dios se conoce, a ellos es manifiesto; porque Dios se lo manifestó". Observa especialmente la afirmación de que lo que es posible conocer de Dios, "Dios se lo manifestó". No importa lo ciegamente que el hombre pueda pecar, persiste el hecho de que está pecando en contra de una gran luz, "porque lo que de Dios se conoce, a ellos es manifiesto; porque Dios se lo manifestó". Con un conocimiento tal, no solamente ante sus ojos, sino de hecho en su interior, es fácil reconocer la justicia de la ira de Dios contra todo pecado, no importando quién lo protagonice.
Incluso aunque pueda no ser perfectamente clara para nosotros la forma en la que el conocimiento de Dios es realmente puesto en todo hombre, podemos aceptar la constatación que el apóstol hace de ese hecho. En la maravillosa descripción dada a Isaías sobre la locura de la idolatría, se nos dice que el hombre que se hace un ídolo miente contra la verdad que él mismo posee. "Su corazón engañado lo desvía, para que no se libre, ni diga: ¿No es pura mentira lo que tengo en la mano? " (Isa. 44:20).
Viendo al Invisible. Se nos dice de Moisés que "se sostuvo como viendo al invisible" (Heb. 11:27). No se trata de un privilegio exclusivo de Moisés. Todos pueden hacer lo mismo. ¿Cómo? "Las cosas invisibles de él, su eterna potencia y divinidad, se echan de ver desde la creación del mundo, siendo entendidas por las cosas que son hechas". Jamás ha habido un tiempo, desde que el mundo fue creado, en el que todo hombre no haya tenido a su disposición el conocimiento de Dios.
Los cielos cuentan la gloria de Dios
y la expansión denuncia la obra de sus manos(Sal. 19:1)
Su eterno poder y divinidad. Las cosas invisibles de Dios que son dadas a conocer por las cosas que son hechas, son su poder eterno y divinidad. "Cristo es el poder de Dios" (1 Cor. 1:24). "Porque por él [el Hijo] fueron criadas todas las cosas que están en los cielos, y que están en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue criado por él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y por él todas las cosas subsisten" (Col. 1:16,17). "Él dijo, y fue hecho; Él mandó, y existió" (Sal. 33:9). Es "el primogénito de toda criatura" (Col. 1:15). Es el origen o principio de la creación de Dios (Apoc. 3:14).
Es decir, toda creación proviene de Jesucristo, quien es el poder de Dios. Llamó a los mundos a la existencia a partir de su propio ser. Por lo tanto, todo cuanto ha sido creado lleva el sello del poder externo y la divinidad de Dios. No podemos abrir nuestros ojos, ni siquiera podemos sentir la brisa fresca en el rostro, sin tener una clara revelación del poder de Dios.
Somos "linaje de Dios". Cuando Pablo reconvino a los Atenienses por su idolatría, dijo que Dios no está lejos de cada uno de nosotros, "porque en él vivimos, nos movemos, y somos". Pablo estaba hablando a paganos, y sin embargo era tan cierto para ellos como lo es para nosotros. Citó entonces a uno de sus poetas, quien había dicho: "Porque linaje de éste somos también", y puso en esa afirmación el sello de la verdad, al añadir, "Siendo pues linaje de Dios, no hemos de estimar la Divinidad ser semejante a oro, o a plata, o a piedra, escultura de artificio o de imaginación de hombres" (Hech. 17:29).
Cada movimiento del hombre, y cada respiración, es la obra del poder externo de Dios. De esa manera el eterno poder y divinidad de Dios son manifiestos a todo hombre. No que el hombre sea divino en ningún sentido, ni que posea por sí mismo ningún poder. Muy al contrario, el hombre es como la hierba. "Ciertamente es completa vanidad todo hombre que vive" (Sal. 39:5). El hecho de que el hombre no sea nada en sí mismo "menos que nada, y que lo que no es", es evidencia del poder de Dios que se manifiesta en él.
El poder de Dios en la hierba. Observa una diminuta hoja de hierba abriéndose camino desde el duro suelo, en busca de la luz del sol. Es algo realmente frágil. Arráncala, y comprobarás que no tiene fuerza para tenerse por ella misma. El simple hecho de desarraigarla hace que pierda su apresto. Depende del suelo para su sustento, y sin embargo necesita atravesarlo y emerger de él. Descompón esa hoja de hierba tan minuciosamente como desees, y aún así no encontrarás nada que indique la posesión de poder en ella misma. Frótala entre los dedos, y comprobarás que se convierte en casi nada. Es de las cosas más frágiles de la naturaleza, y sin embargo es capaz de levantar gruesas piedras que se interpongan en el camino de su crecimiento.
¿De dónde viene su poder? Es externo a la hierba: No es nada menos que el poder de la vida de Dios, obrando de acuerdo con su palabra, que en el principio dijo, "Produzca la tierra hierba verde".
El evangelio en la creación. Ya hemos visto cómo en toda cosa creada se manifiesta el poder de Dios. Y hemos considerado también cómo "el evangelio es poder de Dios para salvación". El poder de Dios es siempre el mismo, ya que el texto nos habla de "su eterno poder". El poder que se manifiesta en las cosas que Dios ha creado, por consiguiente, es el mismo poder que obra en los corazones de los hombres, para salvarlos del pecado y la muerte. Podemos tener así la seguridad de que Dios ha constituido cada porción del universo de manera que sea un predicador del evangelio. De esa forma, no es solamente cierto que a partir de las cosas hechas por Dios el hombre pueda conocer de la existencia de Dios, sino que puede también conocer el eterno poder de Dios para salvarlo. El versículo veinte del primer capítulo de Romanos es un desarrollo del dieciséis. Nos dice cómo podemos conocer el poder del evangelio.
Las estrellas como predicadores. "Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra al otro día, y una noche a la otra noche declara sabiduría. Aunque no se escuchan palabras, ni se oye su voz, por toda la tierra sale su pregón, y hasta el extremo del mundo sus palabras" (Sal. 19:1-4).
Ahora, lee Romanos 10:13-18: " Todo el que invoque el nombre del Señor, será salvo. Ahora bien, ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados? Pues está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian las buenas noticias!. Pero no todos obedecieron al evangelio. Pues Isaías dice: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? Así, la fe viene por el oír, y el oír por medio de la Palabra de Cristo. Pero pregunto: ¿No han oído realmente? Claro que oyeron. Por toda la tierra ha salido su voz, y sus palabras hasta los fines de la tierra ".
En ese texto se da respuesta a toda objeción que el hombre pueda hacer, a propósito del castigo de los paganos. Como dice el primer capítulo, no tienen excusa. El evangelio se ha dado a conocer a toda criatura bajo el cielo. Se admite que el hombre no puede evocar a aquel en quien no ha creído, y que no puede creer en aquel de quien no le han hablado, y que no puede oír sin que alguien le predique. Y que lo que debió oír, y no obedeció, es el evangelio.
Habiendo afirmado lo anterior, el apóstol pregunta, "¿No han oído realmente?", y entonces responde categóricamente a la pregunta que acaba de plantear, citando las palabras del salmo 19: "Claro que oyeron. Por toda la tierra ha salido su voz, y sus palabras hasta los fines de la tierra ". De esa forma podemos saber que esa palabra que los cielos cuentan día a día es el evangelio, y que esa sabiduría que declara una noche tras otra es el conocimiento de Dios.
Los cielos declaran justicia. Sabiendo que lo que declaran los cielos es el evangelio de Cristo, el cual es poder de Dios para salvación, podemos seguir fácilmente el hilo del salmo 19. Al lector casual le parece que hay una interrupción en la continuidad de ese salmo: Empieza hablando de los cielos y, de repente, el salmista pasa a abordar la perfección de la ley, así como su poder convertidor. "La ley de Jehová es perfecta, que vuelve el alma" (versículo 7). Pero no hay interrupción alguna. La ley de Dios es la justicia de Dios, el evangelio revela la justicia de Dios, y los cielos revelan el evangelio. Por lo tanto, se deduce que los cielos revelan la justicia de Dios. "Los cielos anuncian su justicia, y todos los pueblos ven su gloria" (Sal. 97:6).
La gloria de Dios es su bondad, ya que se nos dice que es debido al pecado por lo que los hombres están destituidos de su gloria (Rom. 3:23). Por lo tanto, podemos saber que todo aquel que levante su vista hacia el cielo con reverencia, discerniendo en él el poder del Creador, y esté dispuesto a ponerse en manos de ese poder, será llevado a la justicia salvadora de Dios. Hasta el sol, la luna y las estrellas cuya luz no es más que una parte de la gloria del Señor, iluminarán su alma con esa gloria (Ver Hijos e hijas de Dios, p. 19).
Sin excusa. Cuán evidente es, por lo tanto, que los hombres no tienen excusa para sus prácticas idolátricas. Cuando el Dios verdadero se revela a sí mismo en todo, y da a conocer su amor mediante su poder, ¿qué excusa podrá presentar el hombre para no reconocerlo ni adorarlo?
Pero ¿es cierto que Dios da a conocer su amor a todo hombre? Sí, es tan cierto como que Él se da a conocer, ya que "Dios es amor". Quienquiera que conozca al Señor, conocerá su amor. Si tal sucede con los paganos, cuán inexcusable es la situación de aquellos que viven en países en donde el evangelio se predica con voz audible, a partir de su palabra escrita!
El origen de la idolatría. ¿Por qué sucede que si Dios se ha revelado tan claramente a sí mismo y a su verdad, hay tantos que lo ignoran completamente? Se nos da la respuesta: "Porque habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni dieron gracias".
Hay algo que Dios ha dado como signo y sello de su divinidad, que es el sábado. Refiriéndose al hombre, dice, "Y díles también mis sábados, que fuesen señal entre mí y ellos, para que supiesen que yo soy Jehová que los santifico" (Eze. 20:12). Eso armoniza con lo que hemos aprendido en Romanos; ya que allí hemos visto cómo el hombre sabio percibe el poder y la divinidad de Dios, mediante las cosas que Él creó, y el sábado es el gran memorial de la creación. "Acuérdate del día sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra. Pero el sábado es el día de reposo del Señor tu Dios. No hagas ningún trabajo en él; ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días el Eterno hizo el cielo, la tierra y el mar, y todo lo que contienen, y reposó en el séptimo día. Por eso, el Señor bendijo el sábado y lo declaró santo" (Éx. 20:8-11). Si el hombre hubiese guardado siempre el sábado, tal como éste fue dado, jamás habría existido la idolatría, ya que el sábado revela el poder de la palabra del Señor para crear y obrar justicia.
Se ofuscaron en vanos razonamientos. El hombre se entregó a la vanidad de pensamiento, y "el necio corazón de ellos fue entenebrecido". Referente a las especulaciones de los antiguos filósofos, dijo Gibbon, "su razón se guiaba frecuentemente por su imaginación, y su imaginación por su vanidad". El trayecto de su caída fue el mismo que el del ángel que se convirtió en Satanás. "¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas las gentes. Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo, en lo alto junto a las estrellas de Dios ensalzaré mi solio, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del aquilón; Sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo" (Isa. 14:12-14).
¿Cuál fue la causa de su exaltación y caída? "Enaltecióse tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu resplandor" (Eze. 28:17). Siendo que en toda su sabiduría y la gloria que tenía dependía enteramente de Dios, no glorificó a Dios, sino que asumió que todos sus talentos se originaban en sí mismo; y de esa forma, al desconectarse en su orgullo de la Fuente de luz, se convirtió en el príncipe de las tinieblas. Y así ocurrió con el hombre.
Cambiando la verdad por mentira. "No hay potestad [poder] sino de Dios". En la naturaleza vemos la manifestación de un magnífico poder, pero en realidad, es la obra de Dios. Las diversas formas de poder que los filósofos clasifican, y que creen inherentes a la materia, no son más que la obra de la vida de Dios en las cosas que Él creó. Cristo "es antes de todas las cosas, y por él todas las cosas subsisten" o se mantienen (Col. 1:17). La cohesión, por lo tanto, deriva del poder directo de la vida de Cristo. La fuerza de la gravedad también, como leemos en relación con los cuerpos celestes, "Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién crió estas cosas: él saca por cuenta su ejército: a todas llama por sus nombres; ninguna faltará: tal es la grandeza de su fuerza, y su poder y virtud" (Isa. 40:26). Pero los hombres observaron los fenómenos de la naturaleza, y en lugar de discernir en ellos el poder del Dios supremo, atribuyeron divinidad a las cosas mismas.
De esa forma, mirándose a ellos mismos, y viendo cuán grandes cosas podían lograr, en lugar de honrar a Dios como al dador y sostenedor de todas las cosas Aquel en quien nos movemos y somos, y tenemos el ser, asumieron que ellos mismos eran por naturaleza divinos. Así, mudaron la verdad de Dios en una mentira.
La verdad es que la vida y el poder de Dios se manifiestan en todo lo que ha creado; la mentira es que la fuerza que se manifiesta en todas las cosas es inherente a las cosas mismas. El hombre pone así a la criatura en el lugar del Creador.
Mirando hacia adentro. Marco Aurelio, reputado como el mayor de los filósofos paganos, dijo: "Mira hacia adentro. En el interior está la fuente del bien, y de allí brotará siempre que lo busques". Eso expresa la esencia de todo paganismo. El yo era supremo. Pero ese espíritu no es exclusivo de lo que se conoce por paganismo, ya que es algo muy común en nuestros días; sin embargo, no es en realidad otra cosa que el espíritu del paganismo. Es una parte de la adoración de la criatura, en lugar del Creador. Para ellos es natural el ponerse en lugar de Él; y una vez han hecho tal cosa, es una consecuencia necesaria el que miren hacia ellos como fuente de la bondad, en lugar de mirar hacia Dios.
Cuando el hombre mira hacia adentro, ¿qué es lo único que puede ver? "De dentro del corazón de los hombres salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, las desvergüenzas, el ojo maligno, las injurias, la soberbia, la insensatez" (Mar. 7:21,22). Dijo el mismo apóstol Pablo, "yo sé que en mí (es a saber, en mi carne) no mora el bien" (Rom. 7:18). Ahora, cuando el hombre mira todo ese mal que está en él por naturaleza, y piensa que eso es bueno, y que puede obtener el bien a partir de sí mismo, el resultado no puede ser otro que la más degradante maldad. Está virtualmente diciendo, "Mal, sé tú mi bien".
La sabiduría de este mundo. "El mundo en su sabiduría, no conoció a Dios en su divina sabiduría". La agudeza de intelecto no es fe, ni puede sustituir a ésta. Un brillante erudito puede albergar la mayor bajeza humana. Hace algunos años fue ahorcado un hombre convicto de más de diez crímenes brutales, y sin embargo, era un erudito y científico, y había ocupado una alta posición en la sociedad. Instrucción no es equivalente a cristianismo, si bien un cristiano puede ser un hombre instruido. Los inventos modernos nunca salvarán al hombre de la perdición. Cierto filósofo moderno dijo que "la idolatría no puede encontrar su lugar junto al arte y cultura más refinados que el mundo ha conocido". Sin embargo, los hombres se estaban hundiendo en una maldad tal como la descrita por el apóstol en la última parte del primer capítulo de Romanos (Nota: El autor, escribiendo en 1895, difícilmente pudo haber imaginado los horrores de la 1ª y 2ª guerras mundiales, perpetrados por algunos de los hombres más educados y cultos que el mundo haya jamás conocido). Incluso los hombres reputados como sabios eran tal como están allí descritos. Fue el resultado natural de buscar la justicia en ellos mismos.
En los últimos días. Si quieres ver una descripción del mundo en los últimos días, lee los últimos versículos del primer capítulo de Romanos. Los que creen en un milenio de paz y justicia antes de la venida del Señor, encontrarán eso muy chocante, y ojalá que sea para su bien. Lee cuidadosamente la lista de pecados, y luego ve cuán exactamente se corresponde con lo siguiente:
"Esto también sepas, que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos: Que habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, detractores, desobedientes a los padres, ingratos, sin santidad. Sin afecto, desleales, calumniadores, destemplados, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, arrebatados, hinchados, amadores de los deleites más que de Dios; teniendo apariencia de piedad, mas habiendo negado la eficacia de ella" (2 Tim. 3:1-5). Todo eso proviene del yo, la auténtica fuente del mal que Pablo atribuyó a los paganos. Todo eso son las obras de la carne (Gál. 5:19-21). Son el resultado natural de confiar en el yo.
A pesar de la declaración del apóstol, son muy pocos los que creen que ese estado de cosas llegará a ser general, especialmente entre aquellos que hacen profesión de piedad. Pero la simiente que produce esa cosecha está ya sembrada por doquiera. El papado, el "hombre de pecado, el hijo de perdición, oponiéndose y levantándose contra todo lo que se llama Dios, o que se adora", es la fuerza más poderosa en el profeso cristianismo, y su poder aumenta de día en día. ¿Cómo progresa de esa manera? No tanto por méritos propios como por la ciega aceptación de sus principios, por parte de los profesos protestantes. El papado se ha exaltado por encima de Dios, al intentar cambiar su ley (Dan. 7:25). Osadamente aceptó el día de fiesta pagano de adoración al sol domingo [día del sol, en inglés] en lugar del sábado del Señor, el memorial de la creación; y señala desafiantemente ese cambio como sello de su autoridad. Y la mayoría de protestantes siguen montados en ese, su tren, aceptando una institución que coloca al hombre por encima de Dios: el símbolo de la justificación por las obras, en lugar de la justificación por la fe.
Cuando los profesos cristianos se adhieren a las ordenanzas humanas, a pesar del expreso mandamiento del Señor, y sostienen su institución evocando a los Padres hombres educados en la filosofía del paganismo, la ejecución de todo mal que sus corazones puedan imaginar, no es más que el siguiente paso en el camino descendente. "El que tiene oídos para oír, oiga".
Introducción
"Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; antes en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche" (Sal. 1:1,2). "Hijo mío, si tomares mis palabras, y mis mandamientos guardares dentro de ti, haciendo estar atento tu oído a la sabiduría, si inclinares tu corazón a la prudencia; si clamares a la inteligencia, y a la prudencia dieres tu voz; si como a la plata la buscares, y la escudriñares como a tesoros; entonces entenderás el temor de Jehová, y hallarás el conocimiento de Dios. Porque Jehová da la sabiduría, y de su boca viene el conocimiento y la inteligencia" (Prov. 2:1-6).
Aquí encontramos el secreto para entender la Biblia: estudio y meditación, junto con un ferviente deseo de conocer la voluntad de Dios con el propósito de cumplirla. "El que quisiere hacer su voluntad, conocerá de la doctrina" (Juan 7:17). La revisión, el repaso, son primordiales para conocer la Biblia. No es que haya una cantidad de estudio suficiente como para poder prescindir de la guía del Espíritu Santo, sino que el Espíritu Santo testifica precisamente a través de la Palabra.
Una mirada hacia atrás
En este estudio de Romanos, quisiéramos retener tanto como sea posible de lo ya aprendido. Echaremos, pues, un vistazo al primer capítulo como un todo. Ya hemos visto que es posible reconocer el siguiente esquema:
Una cuidadosa lectura del capítulo nos muestra la idea principal: Dios, mediante la creación, se ha dado a conocer a sí mismo a toda alma, y hasta el más degradado pagano se sabe culpable y digno de muerte por su maldad. "Que, habiendo entendido el juicio de Dios que los que hacen tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, más aun consienten a los que las hacen" (versículo 32). "De modo que son inexcusables". Esa idea conductora contenida en el primer capítulo, debiera estar bien presente en la mente antes de abordar el estudio del segundo, ya que éste es una continuación del primero y depende de él.
Una visión más abarcante. Romanos 2:1-11
1 Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, cualquiera que juzgas: porque en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque lo mismo haces, tú que juzgas. 2 Mas sabemos que el juicio de Dios es según verdad contra los que hacen tales cosas. 3 ¿Y piensas esto, oh hombre, que juzgas a los que hacen tales cosas, y haces las mismas, que tú escaparás del juicio de Dios? 4 ¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, y paciencia, y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía a arrepentimiento? 5 Mas por tu dureza, y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la manifestación del justo juicio de Dios; 6 el cual pagará a cada uno conforma a sus obras: 7 a los que perseverando en bien hacer, buscan gloria, y honra e inmortalidad, la vida eterna. 8 Mas a los que son contenciosos, y no obedecen a la verdad, antes obedecen a la injusticia, enojo e ira; 9 tribulación y angustia sobre toda persona humana que obra lo malo, el Judío primeramente, y también el Griego: 10 Mas gloria y honra y paz a cualquiera que obra el bien, al Judío primeramente, y también al Griego. 11 Porque no hay acepción de personas para con Dios.
Reconociendo su culpa. La veracidad de la afirmación del apóstol es fácilmente constatable por lo que respecta a los paganos y sus obras, en el sentido de que éstos saben que sus obras son dignas de muerte. Cuando Adán y Eva comieron del fruto prohibido, tuvieron miedo de encontrarse con Dios, y se escondieron. El temor es una consecuencia necesaria de la culpa, y una prueba de la existencia de ella. "El temor mira el castigo el que teme, aún no está perfecto en el amor" (1 Juan 4:18). "Huye el impío sin que nadie lo persiga. Mas el justo está confiado como un leoncillo" (Prov. 28:1). Si los paganos no supiesen que son culpables, no esperarían castigo por robar o asesinar, ni se pertrecharían para defenderse.
Una acusación demoledora. Es increíblemente ingeniosa la manera en la que el apóstol plantea la acusación del primer versículo. El primer capítulo está dedicado a los paganos. Todos estarán de acuerdo con la afirmación del apóstol de que son culpables de la más abominable maldad. La exclamación casi involuntaria que nos viene a la mente es, "¡lástima que no tengan mayor conocimiento!". Pero el apóstol replica: "Tienen ese conocimiento", o al menos, tienen la oportunidad de tenerlo, y saben que no están obrando bien, de forma que "son inexcusables". Al margen de lo que cada uno piense sobre la responsabilidad de los paganos, todos están de acuerdo en que sus prácticas son condenables.
Y entonces viene la aplastante réplica: "Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, cualquiera que juzgas: porque en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque lo mismo haces, tú que juzgas". Ahí estamos atrapados, no tenemos escapatoria. Si tenemos la sabiduría necesaria para condenar las acciones impías de los paganos, entonces, por ese mismo juicio nos reconocemos a nosotros mismos sin excusa por nuestras malas acciones.
Todos igualmente culpables. "Lo mismo haces, tú que juzgas". Está muy claro que todo aquel que sabe lo bastante como para condenar el mal en otro, queda sin excusa para sus propios pecados; pero todos no se darán cuenta inmediata de que aquel que juzga a otro hace las mismas cosas. Lee entonces una vez más los últimos versículos del capítulo primero, y compara los pecados de esa lista con los enumerados en Gálatas 5:19-21: es evidente que las cosas que hacen los paganos, mediante las que podemos rápidamente ver que son culpables, no son otra más que las obras de la carne. Son pecados que vienen "de dentro, del corazón de los hombres" (Mar. 7:21-23). Todo aquel que esté incluido en el término "hombre", está sujeto precisamente a las mismas cosas. "Desde los cielos miró Jehová; vio a todos los hijos de los hombres: desde la morada de su asiento miró sobre todos los moradores de la tierra. Él formó el corazón de todos ellos; él considera todas sus obras" (Sal. 33:13-15).
Todos resultan condenados. Puesto que todos los hombres son participantes de una misma naturaleza común, es evidente que cualquiera en el mundo que condene a otro por cualquier mala acción se condena en ello a sí mismo, puesto que la verdad es que todos tienen el mismo mal en ellos mismos, más o menos desarrollado. El hecho de que sepan lo bastante como para juzgar que una cosa está mal, atestigua que ellos mismos merecen el castigo que creen que merece aquel a quien juzgan.
Simpatía, no condenación. El que roba, más de una vez grita, "¡Detengan al ladrón!", señalando astutamente hacia algún otro hombre, con el fin de alejar la atención de sí mismo. Algunos condenan el pecado en los demás, a fin de alejar la sospecha de que ellos mismos son culpables de las mismas cosas. Por otra parte, frecuentemente el hombre intenta disculpar los pecados a los que él se siente más inclinado, condenando aquellos hacia los que no tiene especial disposición. Sin embargo, es realmente culpable de ellos en razón de su naturaleza humana.
Puesto que la carne de todo hombre es la misma, nos debiera embargar la humildad y no el desprecio, cuando oímos acerca de la comisión de un gran pecado, puesto que eso es realmente una imagen de lo que hay en nuestros corazones. En lugar de decir, "Dios, te doy gracias porque no soy como los demás", deberíamos llevar las cargas de los que yerran, considerándonos a nosotros mismos, no vaya a ocurrir que seamos también tentados. Muy a menudo, el hombre cuya debilidad nos sentimos tan inclinados a condenar, no ha caído tan bajo como lo habríamos hecho nosotros si hubiésemos sido tentados de la misma manera, y en similar grado.
Clamor contra el pecado. En el relato del libro El Progreso del Peregrino, cuando "Locuaz" dejó que fuese "Fiel" quien decidiese el tema de conversación, éste propuso la siguiente cuestión: "¿Cómo se manifiesta la gracia de Dios en el corazón del hombre?" El autor de la obra (Bunyan) continuó en estos términos:
Locuaz: Percibo que nuestro tema de conversación debe tener relación con el poder de la gracia. Bien, muy buen tema. Te responderé gustoso. En resumen, ésta es mi opinión: Primeramente, cuando la gracia de Dios está en el corazón, genera allí un clamor contra el pecado. En segundo lugar, un aborrecimiento del pecado
Locuaz: ¿Cómo?, ¿qué diferencia hay entre el clamor contra el pecado y el aborrecimiento del mismo?
Fiel: ¡Mucha en verdad! Un hombre puede clamar contra el pecado porque así lo exija la situación, y sin embargo carecer de un auténtico aborrecimiento del mismo. He presenciado grandes demostraciones desde el púlpito de clamor contra el pecado, pecado no obstante que puede muy bien residir en su corazón, en su casa, y en su conversación. La mujer que tentó a José clamó a gran voz, como si hubiese sido un dechado de castidad. Sin embargo bien sabemos de su disposición a practicar actos impuros con él.
Un discernimiento perspicaz entre el bien y el mal, y una enérgica denuncia del pecado no justificarán jamás al hombre. Al contrario, no hacen sino agravar su condenación. Es un hecho triste que demasiados así llamados reformadores de nuestros días parecen creer que la obra del evangelio consiste sobre todo en denunciar las malas prácticas en los demás. Pero un detective no es un ministro del evangelio.
Juicio de acuerdo con la verdad. "Mas sabemos que el juicio de Dios es según verdad contra los que hacen tales cosas". ¡Alto!, dice alguien, no estoy seguro de si "sabemos" tal cosa. Bien, puedes fácilmente hallar seguridad:
Sin escapatoria. Nadie debe pensar que puede escapar al justo juicio de Dios. Por lo común son los más iluminados los que creen que podrán escapar de él. Es tan fácil para nosotros pensar que nuestro gran conocimiento del bien y del mal nos será contado por justicia, tan fácil convencernos de que en virtud de nuestra condena de los pecados ajenos, el Señor va a creer que jamás podríamos ser culpables de esos pecados Pero en realidad eso no hace más que agrandar nuestra condenación.
El primer capítulo de Romanos golpea desde lo bajo todos los apoyos sobre los que intenta apuntalarse el hombre. Si la clase inferior es justamente tenida por culpable, no hay escapatoria para la "clase superior". "Porque Dios traerá toda obra a juicio, el cual se hará sobre toda cosa oculta, buena o mala" (Ecl. 12:14).
La bondad de Dios lleva al arrepentimiento. "¿Menosprecias las riquezas de su benignidad, y paciencia, y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía a arrepentimiento?" Dios es la perfección de la pureza y santidad; el hombre es rematadamente pecaminoso. Dios tiene conocimiento de todo pecado, sin embargo, no desprecia al pecador. "No envió Dios a su Hijo al mundo para que condene al mundo, mas para que el mundo sea salvo por él" (Juan 3:17). Cristo dijo, "el que oyere mis palabras, y no las creyere, yo no le juzgo" (Juan 12:47).
En todo cuanto dijo e hizo, no hizo más que representar al Padre. Dios "es paciente con nosotros", "y entended que la paciencia de nuestro Señor significa salvación" (2 Ped. 3:9,15). Es imposible que uno considere la bondad y la paciencia de Dios sin humillarse y ser movido a arrepentimiento. Cuando consideramos la ternura con la que Dios nos trata, viene a resultarnos imposible manifestar aspereza hacia nuestros semejantes. Y si no juzgamos, no seremos juzgados (Luc. 6:37).
El arrepentimiento es un don. "Por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios" (Efe. 2:8). "El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, al cual vosotros matasteis colgándole en un madero. A éste ha Dios ensalzado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y remisión de pecados" (Hech. 5:30,31). Pero no es solamente a Israel a quien Dios dio arrepentimiento mediante Cristo. "A éste dan testimonio todos los profetas, de que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre" (Hech. 10:43). Y tan claramente dio Dios a conocer eso, que hasta los exclusivistas judíos se vieron obligados a exclamar, "De manera que también a los Gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida" (Hech. 11:18).
Incentivos para el arrepentimiento. La bondad de Dios lleva al hombre al arrepentimiento. Por lo tanto, toda la tierra está llena de incentivos al arrepentimiento, ya que "de su constante amor está llena la tierra" (Sal. 33:5). "De tu constante amor, oh Eterno, está llena la tierra" (Sal. 119:64). Se puede conocer a Dios mediante sus obras, y "Dios es amor". Toda la creación revela el amor y la misericordia de Dios.
No debemos intentar corregir las Escrituras, y decir que la bondad de Dios tiende a llevar al hombre al arrepentimiento. La Biblia dice que lo hace, que guía al arrepentimiento, y podemos tener la seguridad de que así es. Todo hombre es llevado al arrepentimiento tan seguramente como que Dios es bueno. Pero no todos se arrepienten. ¿Por qué? Porque desprecian las riquezas de la benignidad, paciencia y benevolencia de Dios, y escapan de la misericordiosa conducción del Señor. Pero todo aquel que no resista al Señor, será guiado con seguridad al arrepentimiento y la salvación.
Acumulando ira sobre sí. Vimos en el primer capítulo que "manifiesta es la ira de Dios del cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres". Por lo tanto, todos los que pecan están acarreando ira sobre sí mismos. Es preciso observar que Dios es veraz en el juicio. El hombre recibe solamente aquello para lo que ha obrado. Dios no es arbitrario. No ha emitido decretos caprichosamente, de forma que todo el que los viole sea objeto de su venganza. No. El castigo de los impíos será el resultado necesario de su propia elección. Dios es la única fuente de vida.
Su vida es paz. Cuando el hombre la rechaza, la única alternativa es ira y muerte. "Por cuanto aborrecieron la sabiduría, y no escogieron el temor de Jehová, ni quisieron mi consejo, y menospreciaron toda reprensión mía: Comerán pues del fruto de su camino, y se hartarán de sus consejos. Porque el reposo de los ignorantes los matará, y la prosperidad de los necios los echará a perder" (Prov. 1:29-32). La aflicción y la muerte van ligadas al pecado; cuando el hombre rehusa al Señor, es eso lo que escoge.
"Conforme a sus obras". Los incrédulos suelen aducir que no es justo que Dios condene al hombre simplemente porque no cree en cierta cosa. Pero Dios no hace eso. No es posible encontrar en toda la Biblia ni una sola palabra a propósito de juzgar a un hombre de acuerdo con su creencia. Se encuentra por doquiera la afirmación de que todos serán juzgados de acuerdo con sus obras. "Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras" (Mat. 16:27). "Y he aquí, yo vengo presto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según fuere su obra" (Apoc. 22:12). Él "juzga según la obra de cada uno" (1 Ped. 1:17).
El hombre que dice que su obra es correcta, se coloca a sí mismo como juez, en el lugar de Dios, quien dice que todo hombre está rematadamente equivocado. Sólo Dios es juez, y Él juzga en estricto acuerdo con la obra del hombre; ahora bien, la obra del hombre está determinada por su fe. "Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado" (Juan 6:29). No corresponde a ningún hombre el juzgarse a sí mismo, y concluir que su obra es correcta. Lo que le corresponde, por contra, es confiar solamente en la bondad y misericordia del Señor, a fin de que su obra sea hecha en Dios.
Inmortalidad y vida eterna. Dios concederá la vida eterna a aquellos que buscan la gloria, el honor y la inmortalidad. "Nuestro Salvador Jesucristo, el cual sacó a la luz la vida y la inmortalidad por el evangelio" (2 Tim. 1:10). La vida y la inmortalidad son dos cosas diferentes. Todo aquel que cree en el Hijo de Dios, tiene vida eterna. "Ésta empero es la vida eterna: que te conozcan el solo Dios verdadero, y a Jesucristo, al cual has enviado" (Juan 17:3).
Tenemos vida eterna tan pronto como conocemos al Señor; pero no podemos tener la inmortalidad hasta que el Señor regrese, en el día final. "Todos ciertamente no dormiremos, mas todos seremos transformados, en un momento, en un abrir de ojo, a la final trompeta; porque será tocada la trompeta, y los muertos serán levantados sin corrupción, y nosotros seremos transformados. Porque es menester que esto corruptible sea vestido de incorrupción, y esto mortal sea vestido de inmortalidad" (1 Cor. 15:51-53).
Debemos procurar la inmortalidad; eso es en sí mismo una prueba de que nadie la posee ahora. Puesto que Dios la ha sacado a la luz por el evangelio, es evidente que solo y exclusivamente mediante el evangelio puede hallarse la inmortalidad, de manera que nunca la tendrán los que no aceptan el evangelio.
Tribulación y angustia. Los que pecan son hijos de ira (Efe. 2:3). El enojo y la ira, la tribulación y la angustia alcanzarán con seguridad a los obradores de maldad. Pero la tribulación y la angustia tendrán un final. El hecho de que solamente los que son de Cristo reciben en su venida la inmortalidad, demuestra que todos los demás dejarán finalmente de existir. Habrá tormento, en relación con el castigo de los impíos, pero dicho tormento, dure lo que dure, llegará a su fin en la destrucción de los impíos. La indignación de Dios tendrá un final. "Pero de aquí a muy poco tiempo, se acabará mi furor, y mi enojo los destruirá a ellos" (Isa. 10:25).
"Anda, pueblo mío, éntrate en tus aposentos, cierra tras ti tus puertas; escóndete un poquito, por un momento, en tanto que pasa la ira. Porque he aquí que Jehová sale de su lugar, para visitar la maldad del morador de la tierra contra él; y la tierra descubrirá sus sangres, y no más encubrirá sus muertos" (Isa. 26:20,21). "No contenderá para siempre, ni para siempre guardará el enojo" (Sal. 103:9). Su enojo cesará, no porque Él se haya reconciliado con la iniquidad, sino porque la iniquidad, junto con sus obradores, habrá llegado a su fin.
A todos. La tribulación y angustia vendrán "sobre toda persona que obra lo malo", y la gloria y honra y paz "a cualquiera que obra el bien". No se olvida a nadie. No existe un alma tan pobre e ignorante que vaya a ser pasada de largo, ni tampoco nadie tan poderoso e instruido como para que se le permita escapar. La riqueza y la posición carecerán de influencia en aquel tribunal. Dios se ha revelado tan claramente, que toda alma ha tenido la oportunidad de conocerle. "Manifiesta es la ira de Dios del cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que detienen la verdad con injusticia". Observa que su ira va dirigida contra el pecado. Solamente aquellos que se adhieran al pecado la sufrirán, solamente los que no permitan que Dios quite el pecado de ellos. Si así hacen, en el borramiento final del pecado, son inevitablemente borrados con él.
Al judío primeramente. La afirmación basta para ilustrar que Dios no hace acepción de personas. En efecto, el apóstol declara, como conclusión necesaria, que "no hay acepción de personas para con Dios". La expresión "primeramente" no siempre se refiere al tiempo. Hablamos del "primer ministro" de un país, no porque no hubiese otros ministros antes que él, sino porque es el principal de ellos. El "primero de la clase" significa el mejor alumno. Los judíos son quienes tuvieron una mayor revelación, por lo tanto es justo que sean los primeros en el juicio.
El texto, no obstante, muestra que Dios no tiene un especial trato de favor hacia los judíos, con respecto a otros hombres. Si la gloria, el honor y la paz llegan primeramente al judío, lo mismo sucede con el enojo y la ira, la tribulación y la angustia. La cuestión no es "¿De qué nacionalidad es?", sino "¿Qué ha hecho?" Dios juzgará a cada uno según sus obras, ya que "no hay acepción de personas para con Dios".
Unas pocas palabras bastarán para recordar lo que hemos estudiado ya. El primer capítulo de Romanos puede resumirse brevemente como el reconocimiento de la condición de quienes no conocen a Dios, y la forma en la que perdieron ese conocimiento, junto al hecho de que carecen totalmente de excusa. Entonces, cuando estamos dispuestos a llevarnos las manos a la cabeza horrorizados, y a condenarlos por su maldad, el apóstol se vuelve hacia nosotros y nos tapa la boca con las punzante afirmación, "por lo cual eres inexcusable, oh hombre, cualquiera que juzgas: porque en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque lo mismo haces, tú que juzgas".
De forma que el segundo capítulo viene a mostrar que todos se habrán de atener al justo juicio de Dios, ya que "no hay acepción de personas para con Dios". Así, asistimos a la confirmación del hecho de la imparcialidad de Dios, mediante la comparación de ambas clases en el juicio.
12 Porque todos los que sin ley pecaron, sin ley también perecerán; y todos los que en la ley pecaron, por la ley serán juzgados: 13 Porque no los oidores de la ley son justos para con Dios, mas los hacedores de la ley serán justificados. 14 Porque los Gentiles que no tienen ley, naturalmente haciendo lo que es de la ley, los tales, aunque no tengan ley, ellos son ley a sí mismos. 15 Mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio juntamente sus conciencias, y acusándose y también excusándose sus pensamientos unos con otros; 16 En el día en que juzgará el Señor lo encubierto de los hombres, conforme a mi evangelio, por Jesucristo.
"Sin ley" y "en la ley". Si bien es totalmente cierto que cuando venga el Señor por segunda vez no habrá nadie sobre la tierra que no haya oído la predicación de la palabra, es un hecho que miles y millones han muerto sin haber visto ni oído la Biblia. Se trata de aquellos a los que el apóstol se refiere como "sin ley". Pero queda aclarado que de ninguna forma están sin ley, sino solamente sin la ley escrita. En los versículos que siguen se afirma que tienen cierto conocimiento de la ley, como prueba también el hecho de que sean tenidos por pecadores, y sabemos que "no se imputa pecado no habiendo ley" (Rom. 5:13).
Todo pecado castigado. Sea que hayan dispuesto de la ley escrita como que no, todos son tenidos por pecadores. "Manifiesta es la ira de Dios del cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres" (Rom. 1:18). De los paganos se dice que no tienen excusa; y si aquellos que no tienen la ley escrita carecen de excusa, los que tienen la ley al alcance de sus manos, son desde luego todavía más inexcusables. Dios es justo. "Sabemos que el juicio de Dios es según verdad contra los que hacen tales cosas". Así, todo el que peca, sea en la ley o sin la ley, debe ser castigado.
Lo anterior demuestra que "sin ley" no significa sin ningún conocimiento de Dios. El primer capítulo así lo establece. El problema de muchos que leen esa afirmación según la cual serán castigados igualmente, y que no les parece justo, es que olvidan o bien ignoran el contenido del primer capítulo. Es un gran error tomar aisladamente un versículo de la Biblia, separándolo de su contexto.
Perecerán. Tal será la suerte de los impíos. El apóstol Pedro nos dice que los cielos y la tierra son "guardados para el fuego en el día del juicio, y de la perdición de los hombres impíos" (2 Ped. 3:7). ¿Qué significa que "perecerán"? Exactamente lo contrario a seguir existiendo por siempre. En cierta ocasión unos hablaron a Jesús sobre los Galileos cuya sangre había Pilato mezclado con sus sacrificios, y la respuesta de Jesús fue, "si no os arrepintiereis, todos pereceréis igualmente" (Luc. 13:1-3). "Los impíos perecerán, y los enemigos de Jehová como la grasa de los carneros serán consumidos. Se disiparán como humo" (Sal. 37:20). De forma que la afirmación de que el que peca perecerá, significa que morirá, que se extinguirá totalmente: "serán como si no hubieran sido" (Abd. 16).
Estricta imparcialidad. Implica estricta justicia. Los pecadores serán castigados, sea que vivan en tierras paganas, o en las llamadas cristianas. Pero nadie será juzgado por aquello que no conoció. Dios no castiga a nadie por la violación de una ley de la cual no haya tenido conocimiento, ni lo tiene por responsable de la luz que no brilló sobre él. Es evidente que los que tienen la ley deben tener conocimiento de muchas cosas que no están al alcance de quienes no la tienen en su forma escrita. Todo hombre tiene luz suficiente como para saber que es pecador; pero la ley escrita procura a quienes la tienen el conocimiento de muchos pormenores que escapan a quienes no la tienen.
Por lo tanto, Dios en su justicia, no tiene a éstos últimos por responsables de las muchas cosas por las que serán juzgados los primeros. "Porque todos los que sin ley pecaron, sin ley también perecerán; y todos los que en la ley pecaron, por la ley serán juzgados". Quien haya rechazado la luz, en la medida que sea, es obviamente culpable.
La raíz del pecado. A algunos les parece injusto que aquellos que han disfrutado de una luz comparativamente pequeña tengan que sufrir la muerte por sus pecados, de la misma forma en que la sufrirán los que han pecado contra una luz mayor. La dificultad se origina porque no consideran apropiadamente lo que es en realidad el pecado. Sólo Dios es bueno. (Luc. 18:19). Él es la fuente de la bondad. Cuando la bondad aparece en el hombre, sea de la forma que sea, se trata solamente de la obra de Dios en él.
Pero Él es también la fuente de vida. Toda vida tiene en Él su origen. (Sal. 36:9). La vida de Dios es justicia, de forma que no puede haber ninguna justicia al margen de la vida de Dios. Resulta entonces evidente que si alguien rechaza a Dios, se está cortando a sí mismo de la vida. No importa que haya tenido relativamente poco conocimiento de Dios, si rechaza la luz, rechaza a Dios, y rechaza la vida con ello. Y al rechazar lo poco que conoce de Dios demuestra que lo rechazaría en cualquier caso. El pecado es simplemente separación o rechazo de Dios, y eso significa muerte.
"Tú eres el hombre". Romanos 2:17-24
17 He aquí, tú tienes el sobrenombre de Judío, y estás reposado en la ley, y te glorías en Dios, 18 y sabes su voluntad, y apruebas lo mejor, instruido por la ley; 19 y confías que eres guía de los ciegos, luz de los que están en tinieblas, 20 enseñador de los que no saben, maestro de niños, que tienes la forma de la ciencia y de la verdad en la ley: 21 Tú pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas? 22 Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras? Tú que abominas los ídolos, ¿cometes sacrilegio? 23 Tú que te jactas de la ley, ¿con infracción de la ley deshonras a Dios? 24 Porque el nombre de Dios es blasfemado por causa de vosotros entre los Gentiles, como está escrito.
Un pretendido judío. ¿Desecharán los profesos cristianos esta parte de la carta a los Romanos como no aplicable a ellos, por el hecho de ir dirigida a los profesos judíos? De ninguna manera. Es precisamente a los profesos cristianos a quienes se refiere el apóstol. Lee la descripción: "reposado en la ley, y te glorías en Dios, y sabes su voluntad, y apruebas lo mejor, instruido por la ley; y confías que eres guía de los ciegos, luz de los que están en tinieblas, enseñador de los que no saben, maestro de niños, que tienes la forma de la ciencia y de la verdad en la ley".
¿A quién se dirige? A todo aquel que profese conocer al Señor, sea cual sea el nombre que reciba (judío, cristiano ). Se dirige a todo aquel que se siente calificado para enseñar a otros en el camino del Señor.
"Sobrenombre de judío". Hay que prestar atención al hecho de que el apóstol no dice "tú que eres judío", sino "tú que te llamas judío". Las personas no siempre son lo que se las llama, ni lo que dicen ser. Comenzando por el versículo 17, el apóstol establece la cuestión de quién es judío. Antes de llegar al final del capítulo se verá que el empleo de la palabra "sobrenombre" o "llamado", significa que aquel a quien se dirige en los versículos siguientes no es realmente un judío, y el Señor no lo considera como tal.
Pretensión de ser judíos. Leemos en Apocalipsis 2:9: "Conozco la blasfemia de los que dicen ser judíos, y son sólo una sinagoga de Satanás". Y, "Yo te entrego de la sinagoga de Satanás, a los que dicen ser judíos y no lo son, sino que mienten. Les obligaré a que vengan y se postren a tus pies, y sepan que yo te he amado" (Apoc. 3:9). Lo anterior nos muestra que ser realmente judío representaría un honor tan grande que muchos lo iban a pretender falsamente. Sin embargo, los que hoy conocemos como judíos han sufrido el desprecio de la mayor parte del mundo durante cientos y cientos de años.
Desde que se escribió el Nuevo Testamento, en ningún momento ni lugar ha sido tenido como algo codiciable el ser llamado judío, en la acepción actual del término. La clase judía nunca ha gozado de un honor tal, como para que las expectativas de alguien pudiesen beneficiarse de ser llamado así. Pero muy a menudo ha habido, y hay muchas ventajas en llamarse cristiano, y muchísimas personas han sostenido esa falsa pretensión, al pairo de los beneficios sociales o financieros que conlleva.
Judío y cristiano. No forzamos en absoluto el texto si consideramos que al decir "judío", significa lo que hoy entendemos por "cristiano". Eso se hace evidente al comprender en qué consiste realmente ser judío. Hay evidencia más que abundante de que desde el principio, un verdadero judío era el que creía en Cristo. Dijo el Señor Jesús de la cabeza de esa raza, "Abraham vuestro padre se gozó por ver mi día; y lo vio y se gozó" (Juan 8:56). Creyó en el Señor, y le fue contado por justicia. Pero la justicia viene solamente por el Señor Jesús. Moisés, el dirigente de los judíos, tuvo "por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los Egipcios" (Heb. 11:26). Los judíos rebeldes en el desierto, tentaron y rechazaron a Cristo (1 Cor. 10:9). Cuando Cristo vino en la carne, fueron "los suyos" los que no le recibieron (Juan 1:11). Y finalmente, Cristo dijo que nadie podía creer en los escritos de Moisés, a menos que creyese en Él (Juan 5:46,47). Por lo tanto, salta a la vista que nadie es, o ha sido jamás un verdadero judío, excepto que crea en Cristo. El que no es judío, es ciertamente "de la sinagoga de Satanás".
"La salvación viene de los judíos". Jesús dijo a la mujer samaritana, junto al pozo de Jacob, "Vosotros adoráis lo que no sabéis. Nosotros adoramos lo que sabemos, porque la salvación viene de los judíos" (Juan 4:22). Cristo mismo "fue hecho de la simiente de David según la carne" y era por consiguiente judío, y "no hay otro nombre en que podamos ser salvos".
Ninguna otra nación en la tierra ha tenido un nombre tan elevado. Nadie ha sido tan favorecido por Dios como el pueblo judío. "porque ¿qué gente grande hay que tenga los dioses cercanos a sí, como lo estaba Jehová nuestro Dios en todo cuanto le pedimos? Y ¿qué gente grande hay que tenga estatutos y derechos justos, como es toda esta ley que yo pongo hoy delante de vosotros?" (Deut. 4:7,8).
Reposando en la ley. Como afirma el último versículo, a los judíos se les encomendó la ley más perfecta que el universo pueda conocer: la propia ley de Dios. Se la denominaba "el testimonio", ya que estaba para testimonio contra ellos. No se les enseñó que podrían obtener justicia a partir de ella, por más perfecta que la ley fuese, sino todo lo contrario. Debido a que era tan perfecta, y ellos tan pecadores, no podía traerles nada distinto de la condenación. Estaba prevista para llevarlos a Cristo, el único en quien podían hallar la perfecta justicia que la ley requiere. "La ley obra ira" (Rom. 4:15), y sólo Cristo salva de la ira. Pero el judío estaba "reposado en la ley", y por ello, estaba reposado en el pecado. "Confiaban de sí como justos" (Luc. 18:9). No hallaron la justicia, "porque la seguían no por fe, mas como por las obras de la ley" (Rom. 9:31,32).
"Te glorías en Dios". Hay formas muy distintas de gloriarse en Dios (Sal. 34:2). En lugar de gloriarse en la salvación del Señor, los judíos se gloriaban de su superior conocimiento de Dios. Tenían verdaderamente más que otros, pero no tenían nada que no hubiesen recibido, y sin embargo, se gloriaban como si ese no fuese el caso. Se glorificaban a ellos mismos, más bien que glorificar a Dios por el conocimiento que poseían y se colocaban así en la misma posición que los paganos, quienes "habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni dieron gracias; antes se desvanecieron en sus discursos". Cuando te sientas inclinado a censurar a los judíos por la vanidad con la que se gloriaban, recuerda la forma en la que a menudo te has sentido tú mismo, comparándote con los habitantes de tierras paganas, y con las clases más "bajas" de tu propia tierra.
La voluntad de Dios: su ley. El apóstol dice que el judío conoce la voluntad de Dios, porque está instruido en la ley. Con ello vemos que la ley de Dios es su voluntad. No es preciso insistir en ese punto. La voluntad de un gobernante se expresa en su ley. Cuando el gobernante es absoluto, su voluntad es ley. Dios es un gobernante absoluto, aunque no arbitrario, y puesto que su voluntad es la única regla de derecho, se deduce que su voluntad es su ley. Pero su ley está resumida en los Diez Mandamientos; por lo tanto, estos contienen una declaración sumaria de la ley de Dios.
La forma de la ciencia y de la verdad. Aunque los Diez Mandamientos contienen una declaración de la voluntad de Dios, que es la perfección de la sabiduría y la verdad, son solamente una declaración, y no la sustancia misma, de igual forma que la fotografía de una casa no es la casa, aunque pueda ser una perfecta reproducción de ella. Las meras palabras escritas en un libro, o grabadas en tablas de piedra, carecen de vida; pero sabemos que la ley de Dios es vida eterna. Solamente en Cristo podemos encontrar la ley viviente, puesto que Él es la única manifestación de la Divinidad.
Cualquiera que tenga la vida de Cristo morando en él, tiene la perfecta ley de Dios manifestada en su vida. Pero el que tiene solamente la letra de la ley, y no a Cristo, posee meramente "la forma de la ciencia y de la verdad". Así, se dice a menudo con verdad, que la ley es una fotografía del carácter de Dios. Pero una fotografía o un dibujo es solamente la sombra de la realidad y no su misma sustancia. El que tiene a Cristo, posee ambas cosas, la forma y la sustancia, puesto que uno no puede tener el objeto sin tener a la vez su forma. Pero el que tiene solamente la declaración de la verdad sin Cristo quien sólo es la Verdad, tiene apariencia de piedad sin el poder de ella.
Preguntas comprometedoras. En los versículos 21 al 23, el apóstol hace ciertas preguntas delicadas. Que toda alma que haya tenido a bien enorgullecerse por la rectitud de su vida, responda por ella misma a esas preguntas. Al hombre le resulta fácil y natural enorgullecerse de su "moralidad". Los no cristianos se tranquilizan a sí mismos con el pensamiento de que siguen una conducta "moral", y que por lo tanto, actúan tan bien como si fueran cristianos. Sepan los tales que no existe moralidad, excepto en la conformidad con la ley de Dios. Todo lo que esté de alguna forma por debajo de la norma de esa ley, es inmoralidad. Sabiendo eso, analicen si han guardado perfectamente la ley.
"¿Hurtas?". Casi todos dirán: No. Soy honrado en todo lo que hago. Muy bien, pero no lo decidamos de antemano. Examinemos las Escrituras. Leemos, "la ley es espiritual" (Rom. 7:14). "La palabra de Dios es viva y eficaz, y más penetrante que toda espada de dos filos: y que alcanza hasta partir el alma, y aun el espíritu, y las coyunturas y tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón" (Heb. 4: