PUEBLO MÍO
(R. J. Wieland)Prefacio o Introducción
- Un fax llegado del cielo
- ¡Ni una sola expresión de encomio!
- La iglesia como cuerpo de Cristo
- Cristo, chasqueado
- Un difícil problema para Dios
- El arrepentimiento sin precedentes del Día de la Expiación
- El arrepentimiento de Jesús por pecados que no cometió
- Cristo llamó al pueblo judío al arrepentimiento nacional
- ¿Cómo selló su suerte la antigua nación judía?
- La urgencia del llamado de Cristo al arrepentimiento
- El problema práctico: ¿Cómo puede arrepentirse una iglesia?
- Lo que nos enseña nuestra historia denominacional
- Arrepentimiento corporativo: la senda del amor cristiano
Apéndice A Apéndice B Apéndice C Apéndice D
centinela nocturno
Señor, esta noche me conduelo por ti.
Soy un hijo privilegiado, duermo seguro, satisfecho;
Nada amenaza, ninguna llaga de abandonado doliente
en solitario lecho, quiebra mi saludable bienestar;
No respiro la angustia aterradora del corazón herido de muerte.
Ningún pobre africano ensucia mi ventana
con sus enfangadas manos, ni mira al interior
con ojos enfermos de hambre y desamor.
¡Pero los hay a miles alrededor de tus ventanas!
Ningún maldito y desheredado de casa y familia
me reclama el césped para hacer su cama esta noche.
Ningún sollozo desconsolado me estremece desde antros de vicio,
ni me alarma el gélido lamento del suicida en su último gesto,
No me aflige el jadeo de ningún soldado herido lejos de su tierra.
No me perturba el ruido del frenazo, el choque, y el silencio
que sigue, en la calle ensangrentada. Ni siquiera llego a imaginar
la razón de las lágrimas tras la puerta de enfrente!
Pero durante las horas que las estrellas velan, tú no puedes dormir.
Tú no puedes pasar a la otra acera, ni mirar hacia el otro lado.
Tú recoges cada punzada de dolor, y cuentas nuestros suspiros.
Tuya es la agonía torturadora de sentir nuestra tragedia universal.
Señor, esta noche me conduelo por ti.
Pero ¿qué debo hacer yo? ¿cuál es mi parte?
Robert J. Wieland
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Este reducido volumen trata del problema fundamental de la motivación del corazón. Escudriña los rincones de la conciencia adventista y destaca el llamamiento final del Testigo Fiel. Tras 6.000 años de espera, el Salvador suplica por última vez. Durante más de un siglo hemos desoído esa súplica.
La verdad que debe probar al mundo al fin del tiempo, no ha sido aún apreciada. El pueblo escogido de Dios tampoco ha sido todavía verdaderamente probado por ella. ¿Durante cuanto tiempo continuaremos como si nada ocurriera?
Algunos en la iglesia dicen que la persecución puede resolver nuestro problema espiritual. ¿Pero es la persecución la causa, o la consecuencia del reavivamiento y reforma entre el pueblo de Dios? ¿De qué manera encaja la persecución en el día de la expiación, que durante años hemos considerado vital para el ministerio final del Testigo Fiel?
Por otra parte, si es el enemigo de Dios el que desencadena la persecución, ¿a qué está esperando?
No somos el primer pueblo en haber malinterpretado el mensaje enviado por Dios. Los judíos de antaño agraviaron al Mesías debido a la seguridad que tenían de comprender, cuando en realidad no comprendían. El rechazo del llamado al arrepentimiento por parte de la nación judía difícilmente pudo traer mayor quebranto al corazón de nuestro Salvador que la respuesta tibia e ignorada de la última de las "siete iglesias" de la historia.
Los judíos esperaban que el Hijo de David tomase el trono y el cetro de forma esplendorosa. Su rechazo nacional de Cristo va paralelo a nuestro dejarlo fuera de la puerta, llamando todavía para que se le permita entrar. La historia de nuestros padres espirituales demanda una comprensión clara.
¿Qué más podría hacer el Señor del universo en beneficio de su "ángel de la iglesia en Laodicea"?
Que el Señor pueda valerse del mensaje de este libro para ayudarnos a comprender el llamamiento del Testigo Fiel al arrepentimiento de los siglos. El gran Sumo Sacerdote está deseoso de ponerse en pie y proclamar, "Consumado es". Por entonces, el evangelio habrá demostrado ya su poder ampliamente, y la expiación (reconciliación) se habrá manifestado en su plenitud.
Donald K. Short
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En los antiguos reinos de Israel y Judá, el problema casi constante del Señor fue qué hacer con los dirigentes humanos. Un rey tras otro llevaban al pueblo a la apostasía, hasta que las dos naciones fueron devastadas y tuvieron que ir en cautividad bajo mando pagano.
Pero el Señor no ha tenido jamás un problema más difícil de resolver que la tibieza del "ángel de la iglesia en Laodicea", la dirección humana de su iglesia remanente del último tiempo. La solución que Cristo propone es "arrepiéntete". Nuestra comprensión "histórica" ordinaria ha sido que tal arrepentimiento es meramente personal o individual.
En teoría parece algo fácil, pero nuestra historia de más de ciento cincuenta años demuestra que esa experiencia se nos viene escapando hasta el día de hoy. ¿Podría ser que se estuviese dirigiendo a nosotros como un cuerpo corporativamente y por lo tanto, que esté llamando al arrepentimiento corporativo?
Durante décadas se ha evitado la consideración de ese tema, de forma que es algo nuevo para muchos. Pero en la actualidad está comenzando a atraer seriamente la atención.
El presente libro es una revisión profunda del precedente titulado A todos los que amo. El autor dedica este esfuerzo a Aquel que posee todo derecho a llamarnos al arrepentimiento, ya que fue Él quien se dio a sí mismo en la cruz para redimirnos, quien murió nuestra segunda muerte y quien nos dio a cambio su vida.
La gran mayoría del mundo todavía no comprende nada o casi nada de ese sacrificio divino, ni del amor que lo motivó. Si bien es cierto que hacemos muchas "obras" diligentes, el libro del Apocalipsis revela que el principal obstáculo que impide la terminación de la comisión evangélica mundial es la incredulidad espiritual y la tibieza del "ángel de la iglesia de Laodicea".
¿Cómo puede el Señor solucionar el problema? ¿Habrán de caer sobre nosotros juicios punitivos y desastres? ¿Más terribles guerras mundiales? ¿Más epidemias letales? ¿Desintegración de las montañas? ¿Más tormentas y terremotos? ¿Fuegos, quizá, como aquel que destruyó el Sanatorio de Battle Creek y la Review and Herald a principios de siglo?
¿O pudiera bastar simplemente el que prestemos oído al silbo apacible que nos llama al arrepentimiento corporativo?
Es la esperanza del autor que esta modesta contribución pueda ayudar a comprender que un arrepentimiento tal es algo extraordinariamente pertinente en esta última década del siglo veinte.
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¿Llama Jesucristo a la Iglesia Adventista del Séptimo Día al arrepentimiento? ¿O llama solamente a algunos individuos en la Iglesia?
Es difícil imaginar un mensaje venido del cielo más conciso y solemne que la orden de Cristo dada al ángel de la iglesia en Laodicea: "Sé pues celoso, y arrepiéntete". ¿A quién dice tal cosa? ¿Qué significa eso de "arrepiéntete"?
No debemos confundir "los ángeles de las siete iglesias" con "las siete iglesias": son cosas distintas. "Los siete candeleros que has visto, son las siete iglesias". Pero "las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias", en alusión a sus dirigentes. (Apoc. 1:20). Puesto que el mensaje se dirige al ángel de la iglesia de Laodicea, debe tratarse de un llamamiento al arrepentimiento más allá de lo meramente individual o personal.
"Los ministros de Dios están simbolizados por las siete estrellas, las cuales se hallan bajo el cuidado y protección especiales de Aquel que es el primero y el postrero. Las suaves influencias que han de abundar en la iglesia están ligadas con estos ministros de Dios Las estrellas del cielo están bajo el gobierno de Dios Así sucede con sus ministros. No son sino instrumentos en sus manos " (Obreros evangélicos, p. 13,14)
Ese "ángel" de la iglesia de Laodicea debe incluir a los maestros de Escuela Sabática, profesores de colegios y universidades, ancianos locales, dirigentes de Uniones y Asociaciones, pastores, y desde luego, dirigentes de Asociación General todos cuantos dirigen la Iglesia.
Por lo tanto, ese cuerpo completo de dirigentes es el centro de especial atención de Jesús en el mensaje a Laodicea. De ninguna manera supone una descortesía hacia los dirigentes humanos de la iglesia, el señalar lo dicho por el Testigo Fiel.
Laodicea es la séptima iglesia de la historia, justamente la última antes de la segunda venida de Cristo. Guarda paralelismo con el triple mensaje angélico de Apocalipsis 14. Ninguna octava iglesia puede sucederla. El mensaje no pueden ser malas nuevas, ya que Laodicea no es un mal nombre. Significa "vindicación del pueblo" (también "juicio del pueblo", o "pueblo del juicio"). 1 Dar oído al llamado al arrepentimiento, redime a Laodicea del fracaso y provee su única esperanza.
¿Cuánto hace que conocemos el mensaje?
En nuestra temprana historia denominacional se prestó una gran atención al mensaje. En fecha tan temprana como 1856, nuestros pioneros creyeron que desembocaría en la lluvia tardía y el fuerte clamor final, en aquella generación. Pero tras haber transcurrido más de un siglo de aparente indiferencia por parte del cielo, hemos venido a creer que, o bien el mensaje no es demasiado urgente, o bien quizá cumplió ya su obra. Por la razón que sea, lo hemos "archivado" en la papelera... Nuestra cultura moderna está profundamente obsesionada por la necesidad de cultivar la autoestima, tanto personal como denominacional, y ese mensaje parece no ser particularmente adecuado a ese fin. De ahí que hablar de él se haya convertido en más bien impopular.
Puesto que hemos asumido que el mensaje se dirige solamente a individuos, su aplicación se ha difuminado tan ampliamente, que ha perdido su enfoque original. No hemos sabido muy bien qué hacer con el mensaje. Responsabilidad de todos: responsabilidad de nadie. Pero la posibilidad de que el llamamiento de Cristo lo sea al arrepentimiento corporativo da al mensaje un enfoque enteramente diferente. Si está llamando al arrepentimiento corporativo, se infiere que está también llamando al arrepentimiento denominacional.
¿Es así de importante?
¿Por qué le preocupa a Cristo de esa manera? Él no puede olvidar que dio su sangre por el mundo. En Apocalipsis se representa al "ángel de la iglesia de Laodicea" como interponiéndose entre la luz del cielo y un mundo en tinieblas. La resolución del problema presentado en Apocalipsis 3 determina la resolución de todo el Libro. La derrota en el capítulo 3 detendría, e incluso impediría, la victoria en el capítulo 19. Nosotros, el "ángel", los dirigentes, hemos retardado durante un siglo el propósito final de Dios de iluminar la tierra con la gloria del "evangelio eterno" en su marco del tiempo del fin. El éxito final del gran plan de la redención requiere que el "ángel" preste oído al mensaje de Cristo, y venza. De fracasar Laodicea, todo el plan sufriría una desastrosa derrota final.
La razón es evidente. Los Adventistas del Séptimo Día no creemos, a diferencia de los Católicos y Protestantes, que los salvos vayan al cielo inmediatamente al morir. Creemos que los justos muertos deben permanecer en sus sepulcros hasta una resurrección corporativa. Pero esa "primera resurrección" depende de la venida personal de Jesús, la cual depende a su vez de que un grupo de santos vivos estén preparados para su venida. Eso es así, "porque nuestro Dios es fuego consumidor" para el pecado (Heb. 12:29). Cristo no quiere regresar hasta poseer un pueblo de cuyos corazones haya sido borrado todo pecado. De otra manera, su venida los consumiría, y Él los ama demasiado como para hacer tal cosa. De manera que es su amor por ellos la razón de la demora, que se prolonga hasta tener un pueblo preparado. Se deduce que, hasta entonces, todos los justos muertos están condenados, por así decirlo, a permanecer prisioneros en sus tumbas.
¿Podemos comenzar a comprender cómo un enemigo ha infiltrado en esta Iglesia la mentira de la "nueva teología" según la cual es imposible per se que un pueblo sea victorioso sobre el pecado? Puesto que el éxito de todo el plan de la salvación depende de su hora final, Satanás está disputando su última trinchera en ese punto.
Con toda seguridad, el interés supremo del cielo no consiste en que perpetuemos un aparato organizativo afirmado en el orgullo denominacional, algo así como la lucha de la General Motors para mantener su imagen, frente a la creciente competencia. Lo que preocupa al cielo es la trágica necesidad que tiene el mundo del mensaje puro del evangelio, como única manera de liberación del pecado para todos los que invocan el nombre del Señor. La humanidad sufriente pesa más en el corazón de Dios, que la preocupación que tenemos por nuestra imagen denominacional. Si el "ángel de la iglesia de Laodicea" se está interponiendo en el camino de Dios, el mensaje del Señor a ese "ángel" tiene que abrirse camino. No hay tal supuesta indiferencia, por parte del cielo; el Señor está haciendo que clamen las mismas piedras:
"Todo el cielo está en actividad, y los ángeles de Dios están esperando para cooperar con todos los que quieran idear planes por los cuales las almas para quienes Cristo murió puedan oír las gratas nuevas de la salvación Hay almas que están pereciendo sin Cristo, y los que profesan ser discípulos de Cristo las dejan morir. ¡Dios quiera presentar este asunto en toda su importancia a las iglesias dormidas!" (Joyas de los Testimonios, vol. III, p. 66,67)
La verdadera cabeza de la Iglesia Adventista
Jesús se presenta a sí mismo como "el Amén, el testigo fiel y verdadero". ¿Por qué es el auténtico dirigente de la Iglesia Adventista? Porque dio su sangre por su iglesia. Sólo Él puede impartirle la verdad. Ningún comité ni institución pueden controlar a Cristo, ni suprimir indefinidamente su mensaje. El término "Amén" denota que sigue estando por la labor, como testigo viviente ante la iglesia. En medio del alboroto ensordecedor de las voces de hoy en día, se nos da la seguridad de que su mensaje va a abrirse camino con poder y claridad:
"Entre los clamores de confusión: ¡Mirad, he aquí está el Cristo, o mirad, allí está!, se dará un testimonio especial, un mensaje especial de verdad apropiada para este tiempo" (E.G.W., Comentario Bíblico Adventista, vol. VII, p. 995).
E. White deploró nuestra constante tendencia a interponer seres humanos falibles entre Cristo y nosotros. Obsérvese cómo, en un solo párrafo, se refiere a ese tipo de idolatría en no menos de cinco ocasiones (destacadas en cursivas):
"Siempre ha sido el firme propósito de Satanás eclipsar la visión de Jesús e inducir a los hombres a mirar al hombre, a confiar en el hombre, y a esperar ayuda del hombre. Durante años la iglesia ha estado mirando al hombre, y esperando mucho del hombre, en lugar de mirar a Jesús" (Testimonios para los ministros, p. 93).
Imaginemos a Jesús como huésped invitado
"El Hijo de Dios tiene sus ojos como llama de fuego" (Apoc. 2:18). Su mensaje no es un remiendo provisional a nuestros problemas, no es una estrategia cuyo diseño esté al alcance de ningún comité. Es un mensaje santo y solemne, y traerá sobre nosotros el juicio de los siglos si lo desdeñamos. Si Cristo fuese el orador invitado para hablar a los dirigentes de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, su mensaje sería el de Apocalipsis 3:14-21. Conmovería nuestras almas hasta lo más profundo. ¡Y tiene absolutamente todo el derecho para hablarnos de tal modo!
El tema del arrepentimiento corporativo ha sido intensamente combatido. La oposición de la Asociación General ha sido manifiesta y persistente. 2 Pero en los meses recientes, dos prestigiosos autores de la Asociación General han rescatado el tema de su olvidada situación, y lo han presentado como digno de seria consideración. [Ver The Power of the Spirit, de George E. Rice y Neal C. Wilson (Review and Herald, 1991)]. El librito de Escuela Sabática de principios del 1992 discutió abiertamente la necesidad de él. ¿Pudiera ser que la providencia del Señor nos estuviese abriendo el camino para inquirir más profundamente en el significado de su llamamiento? De alguna manera, su llamado a que nos arrepintamos tiene que ser relevante para nosotros hoy, lo mismo que para nuestra juventud. Todo cuanto podemos hacer es intentar humildemente comprenderlo. En este modesto volumen, intentamos estudiar su significado.
¿Cuándo responderemos al Señor?
El arrepentimiento no es algo que nosotros obramos. Nunca se cumple mediante los votos de un comité. Es un don del Señor, a recibir con humildad y agradecimiento (Hech. 5:31). Pero ¿cuándo podremos encontrar siquiera el tiempo para recibir tal don? Gravita sobre nosotros la continua presión de "hacer", y ¿cuándo encontraremos la voluntad para recibirlo? El libro que recientemente han editado dos dirigentes de la Asociación General, plantea la triste cuestión,
"¿Nos entregaremos a la obra de preparación espiritual a la que Dios nos llama, permitiéndole que nos use en la terminación de su obra en la tierra? ¿O dejaremos escapar de nuestras manos otra oportunidad, y nos encontraremos junto a nuestros hijos, todavía en este mundo de pecado, durante otros 50 o 60 años más? (Neal C. Wilson y George E. Rice, The Power of the Spirit, p. 53)
¿Podemos imaginar el chasco que hubiese sentido el antiguo Israel si Josué les hubiese dicho en la ribera del Jordán, tras haber vagado 40 años por el desierto, "Lo siento, tendremos que seguir vagando por el desierto durante otra generación"? Una demora tal se ha producido ya repetidamente en nuestra historia denominacional, y el gran chasco lo ha sido para el Señor mismo.
A medida que nos acercamos al fin, vemos actuar en la iglesia fuerzas centrífugas que intentan llevar a la disensión y la desunión. Algunos pueden concluir que esos azotes sin precedentes significan que Jesucristo ha abandonado la iglesia. Pero su llamamiento al "ángel de la iglesia en Laodicea" demuestra que no ha hecho tal cosa. Su magna preocupación, la gran prioridad del cielo, es que se efectúe un reavivamiento, reforma y arrepentimiento en esta iglesia. Cristo está por esa labor.
¿Cuál es su mensaje hacia nosotros?
Notas:
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Parecemos estar mucho más satisfechos con nosotros mismos de lo que Cristo lo está. Pero si su verdad hiere, también sanará.
"Escribe al ángel de la iglesia en Laodicea" (Apoc. 3:14). Durante décadas hemos venido asumiendo que el mensaje va dirigido a la iglesia en general. Pero sorprendentemente, el mensaje va dirigido a sus líderes. Nosotros, los dirigentes, hemos actuado torpemente al pasar el mensaje a los laicos, regañándolos y culpabilizándolos por retardar la finalización de la obra de Dios.
Si el mensaje va dirigido primariamente a individuos de la iglesia, entonces se plantean importantes problemas. Han estado muriendo Adventistas del Séptimo Día por más de 150 años. En la práctica totalidad de sus funerales, hemos expresado la esperanza de ver de nuevo a esos fallecidos, en ocasión de la primera resurrección, algo que es imposible sin el arrepentimiento personal, individual.
Por lo tanto, si el llamamiento de Cristo al arrepentimiento va dirigido primariamente a individuos, resulta que ya ha sido en gran parte escuchado, ya que debemos asumir que muchos de esos santos fieles se arrepintieron, en preparación para la muerte. Si tal es el caso, el mensaje a Laodicea se convierte virtualmente en una carta muerta. Podemos esperar poco o ningún resultado más, excepto el continuo arrepentimiento personal, tal como ha prevalecido por más de un siglo. Esa es la forma en la que la mayor parte de nuestro pueblo, especialmente los jóvenes, ve hoy el mensaje.
Si bien cada uno debemos aplicarnos individual y personalmente todo consejo contenido en los mensajes a las siete iglesias, ese llamamiento a arrepentirnos va específicamente dirigido a más que individuos. Y cuando comenzamos a comprender a quién va dirigido, el mensaje mismo toma un significado nuevo y cautivador.
El llamamiento en Apocalipsis 3:20 ("si alguno oyere mi voz") contiene un significativo término griego, tis, que significa primariamente "cierta persona", o "alguien determinado", no inespecíficamente "alguno". Por ejemplo, en Marcos 14:51,52, no era meramente "alguno" quien seguía a Jesús "cubierto solo con una sábana". La palabra tis se emplea y traduce allí como "un joven". En el mensaje a Laodicea, el "ángel" debe ser ese "alguien determinado" a quien el mensaje se refiere. Jesús citó el Cantar de Salomón en su llamamiento, "He aquí, yo estoy a la puerta y llamo" (5:2, Septuaginta). Esa "cierta persona" que debe oír es su amada, la Iglesia. El Señor señala dirigentes para desempeñar el papel de modelos y ejemplos. El mismo Cristo dijo, "Y por ellos yo me santifico a mí mismo" (Juan 17:19).
"Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente mas porque eres tibio te vomitaré de mi boca" (Apoc. 3:16). Podríamos concluir superficialmente que, puesto que el "ángel" es innegablemente tibio, automáticamente Cristo ha cumplido su promesa y nos ha rechazado. Tal interpretación es favorecida por algunas traducciones de la Biblia, y ha significado un problema para ciertos miembros de iglesia sinceros, que han visto ahí un motivo para desesperar de que la iglesia organizada se vaya a reconciliar realmente alguna vez con Cristo.
Pero el lenguaje original contiene una expresión clave, mello, que significa, "estoy por vomitarte de mi boca" (Nueva Reina Valera, 1990). Queda claro en Apocalipsis 10:4, cuando leemos que Juan "iba a escribir" lo que habían hablado los siete truenos, pero finalmente no lo hizo, por instrucción de una voz del cielo. En lenguaje vívido y moderno, podríamos expresarlo como: "¡Vuestra actitud me pone enfermo, hasta el punto de hacerme sentir nauseas!".
Esa es una reacción humana común, en situaciones de extrema contrariedad emocional. Una mujer, en la Alemania del Este, tuvo acceso a los archivos de la policía secreta comunista, recién puestos a la luz, comprobando con horror que durante años de pretendida fidelidad y amor, su marido había estado informando secretamente sobre ella al siniestro cuerpo de policía. Su reacción instantánea e incontrolada consistió en ir al servicio, y vomitar. Por desagradable que nos parezca, Jesús nos dice que es así como se siente, no por nosotros, sino por la tibieza que acariciamos. Eso no significa que no nos ame, ni que nos retire su fidelidad (¡La mujer alemana amaba ciertamente a su marido!)
¿Por qué se siente Jesús de esa forma?
¿Por qué no dice algo bueno de nosotros? ¿No es demasiado severo? Todo presidente de una compañía, jefe de equipo u oficial del ejército sabe que debe felicitar a sus subordinados a fin de que estos rindan al máximo. La dirección humana de la iglesia remanente debe ser sin duda el grupo más selecto de personas en el mundo, ¿no sería sabio el que Cristo dijese al menos algo bueno sobre nosotros, sobre lo diligentes y sabios que somos, lo que hemos logrado tras 150 años de arduo trabajo? Pero no hace nada de eso.
Podemos tener la seguridad de que no está intentando desanimarnos. Quiere simplemente que afrontemos la realidad, de tal manera que podamos corregir el problema y estar dispuestos para oírle decir finalmente ¡Bien, buen siervo!, cuando tenga sentido la pronunciación de esa expresión de aprobación.
Su respuesta, al declarar que siente deseos de vomitarnos, nos ayuda a comprender la realidad de nuestra situación. No nos hemos dado cabal cuenta, pero la implicación es devastadora. La visión que sigue, en Apocalipsis, presenta a Cristo bajo la forma de "un Cordero como inmolado", ante el cual se inclinan en profunda adoración las huestes del cielo y "los veinticuatro ancianos", entonando en total devoción ese cántico:
"Digno eres porque tú fuiste inmolado, y nos has redimido para Dios con tu sangre, de todo linaje y lengua y pueblo y nación. Y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes" (Apoc. 5:6-10).
Todo el cielo comprende y aprecia lo que le costó redimirnos, cómo descendió hasta el infierno, la manera en la que gustó el equivalente a nuestra segunda muerte, para salvarnos. Siente "la anchura y la longitud, la profundidad y la altura del amor de Cristo que supera a todo conocimiento". En contraste, el "ángel de la iglesia en Laodicea", viviendo en la luz concentrada de seis mil años de revelación de Buenas Nuevas, no se conmueve en lo profundo. Nuestros pobres y decrépitos corazones resultan estar medio congelados, cuando deberíamos mostrar el mismo grado de aprecio. "Eres tibio", dice Jesús.
No es maravilla que nuestra profesión superficial de amor y devoción le provoque nauseas. ¡Él lo dio todo por nosotros! Cuando compara la dimensión de su devoción sacrificial, con la exigüidad de la respuesta de nuestro corazón, se siente profundamente incómodo ante el universo expectante. ¿Podemos imaginar lo doloroso que eso le resulta?
Intentemos ver la realidad tal como la ve el cielo
Henos aquí, en el umbral de la crisis final, cuando nuestra madurez espiritual debiera ser tanto mayor de lo que es. Sin embargo, nuestra indiferencia infantil hiere a Cristo. Le resultó más fácil sobrellevar la cobardía de la negación de Pedro, que nuestra devoción tibia y calculada, en un tiempo de crisis como el actual.
Arnold Wallenkampf comenta incisivamente los aspectos deplorables de la mentalidad de grupo que fue tan común entre los dirigentes de la Iglesia Adventista del Séptimo Día hace más de un siglo, y también ahora:
"La principal responsabilidad por el rechazo del mensaje de 1888 recae, no sobre el grueso del pueblo, sino sobre los pastores. Ese sorprendente descubrimiento merece ser seriamente considerado por todo Adventista hoy, sea este pastor, maestro, o dirigente en cualquier función" (What Every Adventist Should Know About 1888, p. 90).
"Muchos de los delegados de la Asamblea de Minneapolis fueron cómplices del pecado de rechazar el mensaje de la justicia por la fe, mediante una actuación acorde con las leyes de la dinámica de grupo. Puesto que muchos de sus queridos y respetados dirigentes rechazaron el mensaje en Minneapolis, ellos siguieron a esos dirigentes en su rechazo lo que hoy llamamos dinámica de grupo
No es un pensamiento agradable, y sin embargo es cierto que en la Asamblea de Minneapolis los dirigentes de la Iglesia Adventista del Séptimo Día volvieron a reencarnar el papel de los dirigentes judíos en los días de Jesús. Durante el ministerio de Jesús en la tierra, el pueblo judío le era preponderantemente favorable. Fueron los dirigentes judíos quienes más tarde los indujeron a pedir su crucifixión. En la Asamblea de Minneapolis, en 1888, fueron los hermanos dirigentes quienes encabezaron la oposición al mensaje" (Id., p. 45-47).
Pero ¿qué tiene eso que ver con nosotros hoy?
Jesús no dice que sea el antiguo rechazo y crucifixión, por parte de los judíos, lo que le hace estar a punto de vomitar. Lo que le produce nauseas es que el "ángel" de la iglesia, en el último acto del gran drama de la historia, conociendo la historia de los judíos, venga a repetirla, mientras que profesa amarle ardientemente. Podemos hacernos una idea de sus nauseas al considerar lo penosa que es la contemplación de un adulto que actúa según las fantasías pueriles, que se conduce como un niño.
Decimos, "Yo soy rico, y estoy enriquecido, y no tengo necesidad de ninguna cosa" (Apoc. 3:17). Verbalmente no decimos tal cosa, pero Él discierne claramente el lenguaje del corazón:
"Quizá los labios expresen una pobreza de alma que no reconoce el corazón. Mientras se habla a Dios de pobreza de espíritu, el corazón quizá está henchido con la presunción de su humildad superior y justicia exaltada" (Palabras de vida del gran Maestro, p. 159).
Sin embargo, somos ingenuos en lo que respecta a nuestra auténtica situación, ante la vista del universo entero. Incluso a la vista de profundos observadores no adventistas, ofrecemos un cuadro patético. El idioma original en que se escribió el Apocalipsis aguza el impacto del mensaje, al añadir la partícula ho, que significa aquel que, el que: No sabes que de entre las siete iglesias, tú eres la rematadamente cuitada, la miserable, pobre, ciega y desnuda (versículo 17).
¡Ninguno de nosotros, como simple individuo, es merecedor de tal distinción, frente al mundo y su historia! Cristo debe estar dirigiéndose a nosotros como a un todo corporativo, como a un cuerpo.
Hay esperanza
El Señor no dedicaría el resto del capítulo a instruirnos sobre cómo responder, en el caso de habernos rechazado finalmente. Le "revolvemos las tripas", pero nos suplica que aliviemos su dolor. Este mensaje a Laodicea es el más agudamente sensible y urgente de toda la Escritura. El éxito de todo el plan de la salvación depende de su hora final, y el problema de Laodicea está ligado a esa crisis.
Jesús dice, "Yo te amonesto que de mí compres oro afinado en fuego" (versículo 18). Al dirigirse a la denominación Adventista del Séptimo Día, y particularmente a sus dirigentes, nos dice que lo primero que necesitamos es no más obras, más actividad, estrategias ni programas. En el versículo 15 ya nos ha dicho, "Yo conozco tus obras". Nuestras obras son ya febrilmente intensas. Pedro identifica el "oro afinado en fuego" como el ingrediente esencial en la creencia del evangelio la fe misma, que siempre precede a cualquier obra de genuina justicia (1 Ped. 1:7).
En otras palabras, Jesús nos dice que lo primero que necesitamos es aquello que hemos proclamado de forma sonora poseer en abundancia el conocimiento y la experiencia de la justicia por la fe. Pero lo que poseemos nos ha llevado solamente a la tibieza. Es el conocimiento verdadero lo que hace que las huestes del cielo sirvan tan ardientemente al "Cordero que fue inmolado". Son conmovidos hasta lo más profundo por el corazón mismo del mensaje "Cristo, y éste crucificado", una motivación que nos avergüenza al contrastarla con la obsesión infantil por nuestra propia seguridad eterna. El diagnóstico de Cristo pone el hacha a la raíz de nuestro orgullo de dirigentes.
La sutileza de nuestro orgullo espiritual
Hasta la publicación del libro de Wallenkampf, en 1988, nuestra prensa denominacional mantuvo en general la tesis de que fuimos "enriquecidos" en esa ocasión en la que nuestros dirigentes aceptaron supuestamente el principio del mensaje del fuerte clamor, hace más de cien años. 1 En años recientes hemos comenzado a cambiar radicalmente al respecto, y ahora se reconoce ampliamente la verdad de que "nosotros" no lo aceptamos. 2 Ese nuevo giro hacia la honestidad es maravilloso y refrescante.
Pero ¿acaso Cristo no nos dice todavía ahora a nosotros que necesitamos el "oro" de la fe genuina? Sí, nos dice que a fin de poder quitarle las dolorosas nauseas, necesitamos el "oro" de la fe genuina. Más aún, dice que tenemos que comprarla esto es, debemos pagar algo a cambio.
Pero ¿por qué no nos la da? Insiste en que cambiemos la genuina justicia por la fe, en lugar de nuestras estériles comprensiones previas, que han alimentado nuestra tibieza. Estamos atrapados en una contradicción evidente: pretendemos comprender y predicar adecuadamente la justicia por la fe, mientras que sus frutos legítimos están tristemente ausentes. Testimonio de ello es la profunda tibieza de la iglesia. De igual forma que la tibieza es una mezcla de agua fría con caliente, así también nuestro problema es una mezcla de legalismo y evangelio escasamente comprendido.
Una rica comida se echa totalmente a perder por la mezcla de una muy pequeña proporción de arsénico. Hemos llegado a un punto en la historia del mundo, en el que incluso una pequeña cantidad de legalismo mezclado con nuestro "evangelio", ha resultado letal. La confusión del pasado ha dejado de ser aceptable en nuestros días. Creer el evangelio en su pureza, libre de adulteración (en el sentido bíblico), es incompatible con cualquier grado de tibieza. La presencia de ésta, delata la existencia de un legalismo subyacente, evidencia que nosotros, los dirigentes, tenemos considerable dificultad en reconocer.
Hemos pensado que tenemos lo esencial de ese "preciosísimo mensaje". Pero lo que en realidad hemos hecho es importar las ideas Evangélicas de las iglesias populares que carecen de toda comprensión en cuanto a la singular verdad adventista de la purificación del santuario:
"Vi que así como los judíos crucificaron a Jesús, las iglesias nominales han crucificado estos mensajes y por lo tanto no tienen conocimiento del camino que lleva al santísimo, ni pueden ser beneficiados por la intercesión que Jesús realiza allí. Como los judíos, que ofrecieron sus sacrificios inútiles, ofrecen ellos sus oraciones inútiles al departamento que Jesús abandonó; y Satanás, a quien agrada el engaño, asume un carácter religioso y atrae hacia sí la atención de esos cristianos profesos, obrando con su poder, sus señales y prodigios mentirosos, para sujetarlos en su lazo" (Primeros Escritos, p. 260,261).
Ese proceso gradual de absorción ha venido acelerándose por décadas. Nunca podremos obtener lo genuino, dice Jesús, hasta que nos rindamos en actitud humilde y honesta, y depongamos la falsificación a cambio de comprar lo que es genuino.
Es en ese punto donde Cristo sufre nuestra resistencia. Casi invariablemente nosotros, los pastores, evangelistas, administradores, teólogos, maestros y ministerios independientes, protestamos exclamando que no tenemos una falta de comprensión. Desde posiciones diametralmente opuestas, tanto el adventismo histórico conservador como el ultra-liberal se jactan de algo en común. La dinámica de grupo nos afecta por igual, forzándonos a creer que ya comprendemos, de forma que "no tengo necesidad de ninguna cosa". Convencidos de nuestra competencia, no podemos experimentar "hambre y sed de justicia [por la fe]", 3 ya que nos sentimos satisfechos. Parecemos convencidos de que lo que necesitamos es simplemente una voz más potente, métodos más eficaces de "promocionar" aquello cuya comprensión ya poseemos.
La esencia del problema
El asunto no es si comprendemos y predicamos la versión popular de la justificación por la fe, tal como hacen las iglesias Evangélicas guardadoras del domingo. Podemos hacer eso por mil años, y continuar sin dar el mensaje singular que el Señor nos encomendó [TM, 91,92]. Dios no nos llama al ecumenismo. Por contraste con lo anterior, el asunto importante es, ¿que hemos hecho con la luz avanzada que E. White calificó como "el principio" del fuerte clamor y la lluvia tardía? [RH, 22 noviembre 1892].
Si es cierto que durante décadas hemos estado proclamando de forma poderosa la justicia por la fe, ¿por qué aún no hemos "alborotado" el mundo, tal como hicieron los apóstoles? Si la genuina justicia por la fe es la luz que debe iluminar la tierra con su gloria (Apoc. 18:1-4), ¿por qué hasta el día de hoy no la hemos iluminado? Y ¿por qué estamos perdiendo una proporción tan grande de nuestra propia juventud en América del Norte?
¿Pudiera ser que hubiésemos estado jactándonos realmente en los términos empleados por Cristo para revelar nuestro estado, al dirigirse a Laodicea? Se cuestiona su diagnóstico. La sierva del Señor dijo en repetidas ocasiones que cuando compremos el tipo de justicia por la fe representado por el oro afinado en fuego, la comisión evangélica hallará rápido cumplimiento, "la obra se propagará como fuego en el rastrojo" [I MS, 138]. Tal cosa no ha sucedido realmente aún. No todavía, con más de 900 millones de musulmanes y cerca de un billón de hindúes esperando que se les predique el evangelio, así como muchos millones más de pretendidos cristianos, y otros.
Nos enfrentamos aquí al gran punto decisivo del Adventismo. O bien estamos de una parte, o de la contraria. O bien Jesús está equivocado al decir que somos "pobres" y "cuitados", siendo que realmente somos "ricos" como creemos, o bien somos realmente "pobres", y Él ha puesto su dedo en el centro mismo de la llaga de nuestro orgullo denominacional. Sus palabras fueron piedra de tropiezo y roca de ofensa para los dirigentes de los judíos de antaño, ¿lo son de nuevo para nosotros?
No es gratuito
Cristo aclara incluso todavía más que tenemos que entregar algo, pagar algo, al referirse a la segunda compra que debemos hacer de Él "y seas vestido de vestiduras blancas, para que no se descubra la vergüenza de tu desnudez" (vers. 18). Dirigiéndose al ángel de la iglesia, pone de manifiesto que es en tanto en cuanto denominación que aparecemos en esa desafortunada condición. El remedio que nos urge a usar implica el principio básico de la culpabilidad y arrepentimiento corporativos:
(a) No podemos "comprar" esas vestiduras de la justicia de Cristo para ponérnoslas al 99 % o menos; las necesitamos al 100 %. La justicia jamás es de alguna forma innata; jamás es algo nuestro. Todo cuanto poseemos por nosotros mismos es injusticia. En otras palabras, excepto por la gracia de Cristo, no somos mejores que ninguna otra persona. Si no hubiésemos tenido Salvador, estaríamos estrictamente "desnudos". Los pecados de cualquier otro serían los nuestros, si no fuese por su gracia.
(b) El reconocimiento de ese principio humilla nuestro orgullo hasta el polvo. No hay para nosotros ninguna forma en la que podamos obtener esa especial vestidura de justicia a menos que primero tomemos conciencia de nuestra desnudez espiritual y estemos dispuestos a deponer nuestras ideas erróneas a cambio de la verdad, lo único que puede cubrir nuestra vergüenza.
El impacto de su llamamiento aparece así como algo sorprendente. ¿No somos acaso una denominación próspera, respetada, de unos seis millones de miembros, y con grandes instituciones? ¿No pretendemos con razón ser una de las denominaciones que están en rápida expansión en el mundo? ¿Por qué no nos felicita Cristo, a la vista de todos esos logros?
(c) Él no está hablando de logros. El problema de nuestra "desnudez" es nuestra falta de comprensión del evangelio mismo. Es ahí donde el cargo de Cristo golpea la espina dorsal de nuestra autoestima denominacional, y despierta nuestra indignación. Si logramos obviar la implicación de las palabras de Cristo, pretendiendo que Él se refiere meramente a nosotros como individuos, entonces podemos evadir el cargo. Así, siempre podemos suponer que es algún otro individuo el que está espiritualmente "desnudo", mientras que corporativamente seguimos bien vestidos. Es solamente cuando comprendemos que el "ángel" representa corporativamente a la iglesia en sus dirigentes, cuando comenzamos a sentirnos profundamente inquietados. Nuestra placentera sensación de estar correctamente ataviados como denominación, se viene abajo con crudeza.
(d) Considérese, como ejemplo, la pretensión de otro cuerpo de profesos cristianos: los Mormones. Sus "vestiduras" teológicas han sido su creencia en la inspiración divina de Joseph Smith y la escritura de su libro de Mormón. Pero la evidencia es clara para todo el mundo, de que el fundamento de su "fe" es un tremendo fraude. Imagínese la magnitud de su vergüenza corporativa, habida cuenta de su conocimiento de los hechos, así como de su honestidad intelectual!
Nuestro problema no son las "27 doctrinas", ni nuestra historia, cuya validez general es incuestionable. Nuestra desnudez corporativa radica en nuestra carencia de la verdad que solamente puede dar sentido a las "27 doctrinas" el mensaje de la justicia de Cristo, que el Señor quiso darnos hace más de cien años. Ese mensaje habría iluminado la tierra con su gloria, de haberlo poseído:
"La justificación por la fe en Cristo se hará manifiesta en la transformación del carácter. Esa es la señal ante el mundo, de la verdad de las doctrinas que profesamos" (E. G. White 1888 Materials, p. 1532).
"Un interés prevalecerá, un tema absorberá a todos los demás, CRISTO, NUESTRA JUSTICIA" (Review and Herald Extra, 23 Diciembre, 1890)
"¿En qué consiste la miseria y la desnudez de los que se sienten ricos y enriquecidos? Es la carencia de la justicia de Cristo. Debido a su justicia propia se los representa como cubiertos de andrajos, no obstante lo cual se vanaglorian que están ataviados con la justicia de Cristo. ¿Puede haber un engaño más grande?" (Cada Día con Dios, p. 226)*.
¿Por cuánto tiempo continuaremos con la orgullosa pretensión de poseer el artículo genuino?
En el caso de los Mormones, en tanto que pueblo, probablemente no se sientan preocupados por su predicamento histórico y teológico (y hablamos con todo el respeto), porque no constituyen un pueblo formado a partir de la verdad del mensaje de los tres ángeles. No pretenden tenerse ante el mundo como "los que guardan los mandamientos de Dios, y la fe de Jesús". Tampoco tienen un sentido aguzado de la conciencia espiritual, tal como el que los escritos de E. White nos ha imbuido a nosotros. Si los Mormones pueden sustentar su comunidad social y económicamente, probablemente se sentirán corporativamente satisfechos, incluso desprovistos de esas "vestiduras blancas" de la justicia de Cristo, para cubrir su vergüenza histórica y teológica.
(e) Pero nosotros no podemos hacer tal cosa, ya que poseemos una conciencia corporativa orientada por encima de todo hacia la verdad. Nuestra iglesia se formó por la pura fuerza de la palabra de la verdad. ¡Alabado sea el Señor, nuestra conciencia será siempre inevitablemente despertada por el "testimonio directo" de Cristo! Especialmente en América del Norte, la cuna del adventismo, lugar donde nuestra "desnudez" se está haciendo cada vez más patente, la realidad nos llevará antes o después a afrontar lo dicho por Cristo.
(f) El reconocimiento de la culpabilidad compartida corporativamente, nos salva de caer en esa fantasía de yo soy más santo que tú [Isa. 65:5]. Ninguno de nosotros puede criticar a otro, ya que todos compartimos la falta por la que Cristo nos reprende.
Cuando podamos ver nuestra "desnudez", habremos recobrado el discernimiento
El tercer punto que Jesús presenta es, "Unge tus ojos con colirio, para que veas" (vers. 18). El Señor nos amonesta a ungir nuestros ojos con el colirio que Él ofrece. Una vez comprados el "oro" y las "vestiduras blancas", nuestra visión se hará diáfana. Comenzaremos a vernos de la manera en que nos ve el universo expectante, y de la forma en que nos ven almas atentas y reflexivas (de entre aquellas que decimos que están aún en "Babilonia"). La situación sobrepasa con mucho lo que se refiere meramente a individuos.
Lo que está en juego es la imagen de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, frente a la historia actual del mundo. Nuestro divino llamado nos obliga a tener un impacto mucho mayor del que gozamos en el pensar del mundo. En el futuro, nuestra nota distintiva no consistirá en la cantidad de nuestras "obras" de caridad, en las que siempre seremos superados por otros. Tendrá relación con el contenido en Buenas Nuevas de nuestro mensaje. Será una presentación singular, distinta, de la justicia por la fe un mensaje que va mucho más allá que el mensaje del mismo nombre, propio de las iglesias populares. Una vez hayamos aprendido a "ver", discerniremos claramente los contrastes entre lo que habíamos asumido que era la justificación por la fe, y lo que es auténticamente el "mensaje del tercer ángel en verdad", lo que E. White relacionó con el mensaje del fuerte clamor.
Cristo nos proporciona ahora la única orden directa en su mensaje: "Yo reprendo y castigo a todos los que amo: sé pues celoso, y arrepiéntete" (vers. 19). Nuestra naturaleza pecaminosa retrocede casi instintivamente ante un amor tal el amor que castiga. Por lo tanto, no nos debe sorprender que el solemne llamamiento al arrepentimiento que hace Jesús, encuentre resentimiento por parte de aquellos a quien ama, y resistencia por parte de aquellos que no aman la verdad.
Pero Él nos asegura que nos ama con esa clase de amor íntimo, familiar (philo) que justifica el reproche y el castigo, y que hace posible nuestra rehabilitación. El ministerio de toda una vida de E. White es un vivo ejemplo. ¡El Espíritu de Profecía no nos ha adulado jamás!, como tampoco el testimonio de Jesús, su autor.
Hay sobrada razón para escudriñar más a fondo el significado de esa invitación del Testigo Fiel: "Arrepiéntete".
Notas:
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Nuestras exhortaciones continuadas a ser una "iglesia activa" nos han llevado al agotamiento. Nuestras innumerables conminaciones a "hacer" algo, en contraste con la sencilla invitación divina a "ver" algo.
Para comprender lo que implica el llamado de Cristo al arrepentimiento, debemos considerar la brillante metáfora de Pablo sobre la iglesia como un "cuerpo". Mantenemos una relación corporal, cada uno con los demás, y con Cristo mismo como cabeza. Si bien esa noción es francamente extraña a nuestra mente occidental, resulta bíblicamente esencial.
En Efesios 4:15,16 Pablo da sentido a ese concepto bíblico de lo corporativo relativo al "cuerpo": "Siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todas cosas en aquel que es la cabeza, a saber, Cristo; del cual, todo el cuerpo compuesto y bien ligado entre sí por todas las junturas de su alimento, que recibe según la operación, cada miembro conforme a su medida toma aumento de cuerpo edificándose en amor". "Porque de la manera que el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros así también Cristo" (1 Cor. 12:12). Pablo amplía aquí su ilustración.
Hay una unidad corporativa, es ese "un cuerpo" del versículo 13, una diversidad corporativa compuesta por diversos "miembros" (vers. 15-18), una necesidad corporativa percibida por todos ("ni el ojo puede decir a la mano: no te he menester", vers. 21,22), un equilibrio corporal entre los varios miembros (vers. 23,24), una "preocupación" corporativa que cada uno siente por el otro, y por la Cabeza (vers. 25), así como un sufrimiento o un gozo corporativos, compartidos por todos los miembros (vers. 26). Si golpeo mi pie contra una roca puntiaguda, todo mi cuerpo siente el dolor. Si la pierna pudiese hablar, probablemente diría algo así como, "Lo siento, no calculé bien la dirección del pie". El ojo respondería, "No: es culpa mía, debí prestar mayor atención a esa piedra en el camino".
¿Qué significa "corporativo"?
La palabra "cuerpo" es un sustantivo. "Corporal" significa relativo al cuerpo. Pero no existe ningún adjetivo en castellano, que exprese la relación de unos miembros del "cuerpo" con los otros, excepto la palabra "corporativo", tomada del término latino corpus. El diccionario lo define como "relativo a un todo, compuesto por individuos".
Nuestra propia experiencia lo puede explicar con llaneza. ¿Qué sucede cuando nos herimos en un pie? Nos apercibimos de repente de la estrecha relación corporativa de cada uno de nuestros miembros y órganos. Todo nuestro cuerpo se pone en acción para tratar de aliviar el pie maltrecho. El dolor produce un malestar en todo nuestro ser. El resto de órganos y miembros siente una preocupación corporativa por la parte herida, como si sintiesen ellos el dolor. "Si una parte del cuerpo sufre, todas las demás sufren también" (1 Cor. 12:26, Dios habla hoy).
Todo "cisma" en el cuerpo, viene a resultar en una amputación, a evitar a casi cualquier costo. De igual forma, toda acción de desunión, falsa representación, o falta de compasión en la iglesia, son extrañas a Cristo y a su cuerpo. Tan extrañas como lo son la enfermedad o el accidente a nuestro cuerpo humano. El pecado representa un accidente tal para "el cuerpo de Cristo", y la culpabilidad es su enfermedad.
Frecuentemente sufrimos la enfermedad, sin saber exactamente cuál es el órgano enfermo, o ni siquiera cuál es la causa. Podemos también sufrir por el pecado, sin saber exactamente lo que es. ¿Cómo puede el pecado tener una naturaleza personal, y también corporativa?
En zonas endémicas de malaria, las personas sufren la picadura del mosquito anofeles, y contraen así la infección. Unos diez días después de ser inoculados, la multiplicación de los parásitos en la sangre da lugar a la fiebre propia de la malaria. No solamente enferma el brazo o miembro que el mosquito picó, sino que todo el cuerpo comparte la fiebre. El sistema circulatorio llevó los parásitos a todas las partes. Es una enfermedad corporativa.
Cuando recibimos la inyección de un medicamento contra la malaria en uno de nuestros "miembros", el lugar receptor no es el único miembro beneficiado. La medicina se difunde y comienza su acción en todo el cuerpo, que pronto resulta sanado de la enfermedad. La fiebre desaparece de la totalidad del cuerpo, no meramente del "miembro" que recibió la inyección del medicamento. Se trata de una curación corporativa.
El poeta John Donne (siglo XVII) captó la idea:
"Ningún hombre es una isla, completa en sí misma; todo hombre es una pieza en el continente, una parte del todo La muerte de todo hombre me disminuye, ya que estoy implicado en la humanidad; por lo tanto, nunca preguntes por quién repican las campanas: repican por ti" (Devotions, XVII).
Un paso más, y Donne hubiese podido decir: "La muerte de todo hombre me disminuye, ya que estoy implicado en la humanidad; por lo tanto, nunca preguntes quién crucificó a Cristo: fuiste tú".
Los leones pueden ilustrar el principio solidario de la humanidad. Sólo unos pocos leones, en el África, vienen a convertirse en devoradores de hombres. La mayoría de ellos no han comido jamás a un ser humano. ¿Significa eso que algunos leones son malos, y otros buenos? No. No hay ninguna diferencia en lo concerniente a la naturaleza de cualquier león que sea. Dadas las circunstancias propicias, cualquier león hambriento se convertirá en un devorador de hombres.
¿Dice Cristo, en su mensaje a Laodicea, que nuestro orgullo, nuestra ceguera, nuestra pobreza espiritual, nuestra condición cuitada, sean corporativas? ¿Somos participantes de una enfermedad espiritual compartida que es como la fiebre malárica en el cuerpo humano, o como la naturaleza de un león: algo que afecta al todo? La mente hebrea responde afirmativamente.
La noción bíblica de "Adán"
Los escritores bíblicos percibieron la humanidad como un todo, como un hombre corporativo el "Adán" caído. "En Adán todos mueren" (1 Cor. 15:22). En Hebreos encontramos un ejemplo llamativo. Pablo dice que "el mismo Leví, que recibe los diezmos, pagó el diezmo por medio de Abraham. Porque Leví aún estaba en los lomos de su padre cuando Melchisedec le salió al encuentro" (Heb. 7:9,10). Daniel pidió perdón por los pecados de "nuestros padres", diciendo, "no obedecimos a la voz de Jehová nuestro Dios" (Dan. 9:8-11), y eso a pesar de que él, personalmente, había sido obediente.
El pecado del hombre es personal, pero es también corporativo "por cuanto todos pecaron", y "para que toda boca se cierre, y todo el mundo sienta su culpa ante Dios" (Rom. 3:23; 3:19). La culpa real de Adán fue la de crucificar a Cristo, por más que su pecado tuviera lugar 4.000 años antes; "en Adán", ninguno de nosotros queda excusado, incluso hoy. ¿Cuál es nuestra naturaleza humana en su esencia? La respuesta no es grata: estamos, por naturaleza, en enemistad con Dios, y en espera solamente de las circunstancias apropiadas para demostrarlo. Unas pocas personas lo hicieron en nuestro lugar, crucificando al Hijo de Dios. Allí nos vemos a nosotros mismos.
El pecado original de la primera pareja fue como la bellota que acabó convirtiéndose en el roble del Calvario. Todo pecado que cometemos hoy nosotros, es otra bellota que requiere únicamente tiempo y circunstancias apropiadas para convertirse en el mismo roble, debido a que "la intención de la carne es enemistad contra Dios", y el asesinato va siempre implícito en la enemistad, ya que "cualquiera que aborrece a su hermano, es homicida" (Rom. 8:7; 1 Juan 3:15).
El pecado que otro ser humano cometió, lo habría podido cometer yo, si Cristo no me hubiera salvado de él. La justicia de Cristo no puede ser una mera adición a mis propias buenas obras, un pequeño empujón para alzarme hasta arriba. O bien toda mi justicia es de Él, o bien no lo es en absoluto. "Sé que en mí (es a saber, en mi carne), no mora el bien" (Rom. 7:18). Si en mí no mora el bien como miembro del todo corporativo, en Adán, está claro que en mí puede morar todo el mal. Nadie es intrínsecamente peor que yo, de no ser por mi Salvador. ¡Oh, cuán molesto nos resulta empezar a comprender y aceptar eso!
No es hasta que aprendamos a ver el pecado de los demás como nuestro propio pecado, que podremos aprender a amar a los demás como Cristo nos amó a nosotros. La razón es que al amarnos de ese modo, tomó nuestro pecado sobre sí mismo. Cuando Cristo murió en la cruz, nosotros morimos con Él, en principio (ver Rom. 6). El amor significa también para nosotros comprender la identidad corporativa. "Sed los unos con los otros benignos, misericordiosos, perdonándoos los unos a los otros, como también Dios os perdonó en Cristo" (Efe. 4:32). Pablo ora por nosotros, no para que podamos "hacer" más obras, sino para que podamos ver o "comprender" con todos los santos, cuáles sean las dimensiones de ese amor (Efe. 3:14-21).
La realidad que la Escritura quisiera llevar a nuestra conciencia es que estamos en necesidad de ser vestidos al 100% con la justicia imputada de Cristo. Los que crucificaron a Cristo hace 2.000 años, actuaron como nuestros subrogados. Lutero dijo muy sabiamente que todos estamos hechos de la misma "materia".
La otra cara de la moneda
Si lo anterior pareciesen malas nuevas, también las hay buenas: Cristo perdonó a sus asesinos (Luc. 23:34), y eso significa que nos perdonó también a nosotros. Hasta los caídos Adán y Eva en el huerto, fueron perdonados. Pero tú y yo no podremos conocer jamás ese perdón, a menos que "veamos" el pecado que lo hace necesario. Puesto que Dios les dijo que "el día que de él [del fruto prohibido] comieres, morirás", se infiere que habrían muerto para siempre aquel mismo día, de no ser por el "Cordero, el cual fue muerto desde el principio del mundo" (Apoc. 13:8; también 1 Ped. 1:19,20). 1
La culpabilidad que según Romanos pesa sobre todo el mundo, lo es "en Adán", y es de carácter legal. Los "pecados" de todo el mundo le fueron imputados a Cristo, mientras moría en la cruz, como postrer Adán (2 Cor. 5:19). Eso significa que toda la condenación que el primer Adán trajo al mundo fue revocada por el postrer Adán, en virtud de su sacrificio (Rom. 5:16-18). (N. del T.): "Estoy perdido en Adán, pero fui restaurado en Cristo" (Hijos e hijas de Dios, p. 122).
Consideremos a la nación judía. Los que crucificaron a Cristo pidieron que "su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos" (Mat. 27:25). Eso no significa que los judíos sean personalmente más culpables que los gentiles. Estaban evocando una responsabilidad vinculada a la sangre de sus hijos, en un sentido nacional, como pueblo. Tal es la culpa corporativa de los judíos. Pero en realidad, nosotros no somos mejores que ellos. Excepto por el arrepentimiento específico, compartimos la misma implicación en la crucifixión de Cristo:
"Esa oración de Cristo por sus enemigos abarcaba al mundo. Abarcaba a todo pecador que hubiera vivido desde el principio del mundo o fuese a vivir hasta el fin del tiempo. Sobre todos recae la culpabilidad de la crucifixión del Hijo de Dios. A todos se ofrece libremente el perdón" (El Deseado, p. 694).
"Recordemos todos que todavía estamos en un mundo donde Jesús, el Hijo de Dios, fue rechazado y crucificado, un mundo en el que todavía permanece la culpa de despreciar a Cristo y preferir a un ladrón antes que al Cordero inmaculado de Dios. A menos que individualmente nos arrepintamos ante Dios de la transgresión de su ley, y ejerzamos fe en nuestro Señor Jesucristo, a quien el mundo ha rechazado, estaremos bajo la plena condenación merecida por aquellos que eligieron a Barrabás en lugar de Jesús. El mundo entero está acusado hoy del rechazo y asesinato deliberados del Hijo de Dios todas las clases y sectas que revelan el mismo espíritu de envidia, odio, prejuicio e incredulidad manifestados por aquellos que entregaron a la muerte al Hijo de Dios reeditarían la misma actuación si se les presentara la oportunidad que tuvieron los judíos y el pueblo del tiempo de Cristo. Serían participantes del mismo espíritu que exigió la muerte del Hijo de Dios" (Testimonios para los ministros, p. 38,39).
Tal es la culpabilidad corporativa del mundo. Obsérvese que nadie lleva la condenación, a menos que repita el pecado "si se le presentara la oportunidad". Pero "a menos que individualmente nos arrepintamos", compartimos la culpabilidad corporativa existente "en Adán".
Nuestra particular implicación en la culpa corporativa
Pero como Adventistas del Séptimo Día, compartimos en un sentido especial otro ejemplo de culpabilidad corporativa, por un pecado muy concreto. No que seamos personalmente culpables, sino que somos los hijos espirituales de nuestros padres, que de una forma increíblemente vívida repitieron el pecado de los antiguos judíos. Esa culpabilidad corporativa impide el derramamiento de la lluvia tardía tan seguramente como la impenitencia de los judíos impide que les alcancen las bendiciones del ministerio del Mesías. "Nosotros" rechazamos el "preciosísimo mensaje" que el Señor nos envió y que lo representaba a Él mismo de una forma muy especial. Nuestros padres dijeron algo similar a lo expresado por los antiguos judíos, "¡La responsabilidad por retardar la venida del Señor sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos!". De hecho, E. White dijo que "nosotros" obramos peor que los judíos, ya que "teníamos" mucha mayor luz que ellos. La realidad de lo descrito por estas palabras es digno de atenta consideración:
"La luz que debe alumbrar la tierra con su gloria fue resistida, y por la acción de nuestros propios hermanos ha sido en gran medida mantenida apartada del mundo" (The EGW 1888 Materials, p. 1575).
"Esos hombre, cuyos corazones debieron haberse abierto para recibir a los mensajeros celestiales, se cerraron a sus ruegos. Ridiculizaron, se mofaron, y escarnecieron a los siervos de Dios que les habían traído el mensaje de gracia del cielo ¿No temen esos hombres cometer el pecado de blasfemia? (Id., p. 1642).
"Hombres que profesan piedad han despreciado a Cristo en la persona de sus mensajeros. Como los judíos, rechazan el mensaje de Dios" (Id., p. 1651).
"Usted aborreció los mensajes enviados del cielo. Manifestó contra Cristo un prejuicio del mismísimo carácter, y más ofensivo para Dios que el de la nación judía Usted, y todos los que como usted tuvieron evidencia suficiente, y no obstante rechazaron la bendición de Dios, persistieron en el rechazo debido a que usted lo había rehusado previamente" (Id., p. 1656).
Podemos replicar que no estamos repitiendo ese pecado de nuestros padres; pero entonces, ¿qué significa el esfuerzo constante por suprimir el mensaje real de 1888, y evitar que llegue a la gente?
Los judíos de antaño continuaron en ese curso de acción hasta que no hubo remedio para su impenitencia. Finalmente la ira del Señor se despertó contra ellos (2 Crón. 36:16). Entonces comenzó la trágica historia de los crueles imperios mundiales: Babilonia, Medo-Persia, Grecia y Roma. En cierto sentido, el antiguo Israel fue culpable del levantamiento de esos imperios. El mundo ha sido embargado por una pena inenarrable, debido a la impenitencia del pueblo de Dios. 2
Judíos incrédulos se reúnen todavía en el muro de las lamentaciones, en el antiguo Jerusalem, para rogar a Dios que les envíe el tan largamente esperado Mesías. ¡Cuánto mejor para ellos sería el arrepentirse de haberlo rechazado cuando vino, hace unos 2.000 años, y recuperar el mensaje evangélico que perdieron en aquella ocasión! Nosotros oramos al Señor para que nos envíe el don de la lluvia tardía, de manera que el mensaje final pueda iluminar la tierra con su gloria. Dice un reciente librito de Escuela Sabática:
"En la Asamblea de la Asociación General de 1990, cientos de creyentes se consagraron a la oración diaria por el derramamiento del Espíritu Santo, tanto en la lluvia temprana como en la tardía. Desde entonces, a todo lo largo y ancho del mundo, miles de personas han estado orando diariamente por la bendición especial del Señor. Una oración tal dará como seguro resultado corazones transformados, iglesias espiritualmente revitalizadas y más fervientes esfuerzos en favor de los no creyentes. Más aún, en respuesta a esa oración unida, el Señor promete conceder el mayor derramamiento del Espíritu Santo en la historia humana: la lluvia tardía predicha por Joel y por Pedro" (Comentario para los maestros, 9 marzo, 1992).
Orar por la lluvia tardía es bueno. Pero ¿hay algo que estamos olvidando? Hemos estado ya orando fervientemente por ella durante más de cien años, lo mismo que los judíos han estado orando por la venida del Mesías durante miles de años. ¿No sería sensato que nos arrepintiésemos por rechazar "el comienzo" de esa misma bendición que el Señor nos envió hace más de cien años, y demostrar nuestro arrepentimiento recuperando el mensaje que allí perdimos?
¿Es el llamamiento de nuestro Señor a que nos arrepintamos algo tan solemne como eso? ¿Tendrán que sucederse década tras década de sequía espiritual, debido a nuestra negativa a considerar seriamente su llamado? Si está llamándonos al arrepentimiento, debe haber alguna manera en la que podamos responder.
Estudiémoslo más detenidamente.
Nota:
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Cantamos, oramos, y decimos que le amamos. Pero Él nos dice que lo tenemos por 'persona non grata'.
Nuestro moderno, pecaminoso y arruinado mundo, necesita desesperadamente una Iglesia Adventista del Séptimo Día llena del Espíritu. Abrigamos una profunda convicción: la de que nuestra Iglesia constituye el remanente profético descrito en Apocalipsis 12:17, un pueblo singular con el que está "airado" el dragón, y contra el que hace "guerra". Nuestro llamado es el propio de los que "guardan los mandamientos de Dios, y tienen el testimonio de Jesucristo". Es el mismo grupo que predica al mundo la verdadera buena nueva del "evangelio eterno" (cap. 14:6-12). Un ingrediente vital en la estabilidad del mundo.
Si bien ese destino profético ha mantenido a nuestra Iglesia durante más de un siglo, las palabras de severa reprensión del Señor, en su mensaje a Laodicea, no dejan ningún resquicio para el orgullo. Hemos predicado sermones y publicado artículos sin número sobre el reproche del Testigo fiel, pero en general reconocemos que el problema por Él señalado continúa existiendo todavía hoy.
Si hemos superado ya exitosamente esa debilidad espiritual, debería existir alguna evidencia clara que mostrase cuándo y cómo tuvo lugar esa victoria. Es de lógica elemental que cuando la iglesia venza realmente, el retorno de Cristo no puede seguir demorándose. Así lo confirma su parábola sobre el labrador (Jesús mismo): "Y cuando el fruto está maduro, en seguida se pasa la hoz, por haber llegado la siega" (Mar. 4:29). "La siega es el fin del mundo" (Mat. 13:39; Apoc. 14:14-16).
¿Por qué no ha efectuado aún su obra el llamamiento de Cristo a su pueblo? ¿Cuánto tardará aún su iglesia remanente en comprar su "oro afinado en fuego", sus "vestiduras blancas", y aplicarse el "colirio"? ¿Hemos de asumir que el mensaje de Cristo va a resultar finalmente en un fracaso? Algunos concluyen que, puesto que el antiguo Israel fracasó repetidamente, el moderno está fatalmente obligado a hacer lo mismo. Pero con seguridad ¡debe haber mejores nuevas que esas!
Estamos viviendo en la gran oportunidad para una victoria cual no se dio jamás en la historia. Se nos dio esta seguridad:
"El Espíritu Santo debe animar e impregnar toda la iglesia, purificando los corazones y uniéndolos unos a otros El propósito de Dios es glorificarse a sí mismo delante del mundo en su pueblo" (Joyas de los Testimonios, vol. III, p. 288,289).
El mensaje de Jesús triunfará por fin, tan seguramente como la Iglesia Adventista del Séptimo Día es ese "remanente" descrito en Apocalipsis.
¿Cómo podemos explicar la prolongada demora?
¿Es acaso tan dilatada espera, responsabilidad de Cristo? Esa es una forma habitual entre nosotros de comprender la demora. Pero creer eso origina un problema terrible: sin ninguna esperanza para el futuro, excepto continuar repitiendo nuestra historia del pasado, la expectativa del próximo retorno de Cristo se desvanece en la incertidumbre.
Un número especial de la Adventist Review de 1992, sobre la segunda venida, informaba acerca de la bien conocida incertidumbre al respecto, entre muchos de nuestros jóvenes. Cheryl R. Merritt refiere la estremecedora realidad, "Constituimos una generación carente de convicción, por lo que respecta a la segunda venida". "No creo que podamos realmente tener la más mínima idea de cuándo regresará" (Daniel Potter, 21, Union College). "Me resulta imposible imaginarla en mis días" (Shawn Sugars, 22, Andrews University).
Lo anterior revela un terrible problema. Si perdemos nuestra fe en la proximidad de la segunda venida, perdemos la razón para nuestra existencia como iglesia especial. Nuestros pioneros incluyeron en el nombre de nuestra denominación nuestra confianza en el próximo advenimiento de Cristo. El diccionario define la palabra "adventista", no en términos de cierta esperanza remota en un evento divino alejado en el tiempo, sino como la confianza en el pronto regreso del Señor. Hay una relación estrecha entre el llamamiento de Cristo al arrepentimiento, dirigido a Laodicea, y nuestra confianza en la proximidad de su venida. Intentaremos explicarlo a medida que avanzamos.
La crisis espiritual de la Iglesia Adventista
Roland Hegstad, editor durante años de la revista Liberty, dijo que el adventismo "no está atrayendo a nuestra propia juventud debido a que todo cuanto estamos haciendo es pedirles que vengan a jugar a ser iglesia junto a nosotros" (Adventist Review, 27 febrero, 1986). El mensaje de Cristo a Laodicea no presenta para ellos aliciente espiritual, puesto que si nos hemos arrepentido con anterioridad, se deduce que a estas alturas debemos ser ya ricos, y estar enriquecidos, sin tener necesidad de nada, excepto continuar obrando como de costumbre y trabajar con más tesón.
¿Podemos albergar una esperanza razonable de ver el retorno del Señor? ¿Acaso engañó a nuestros pioneros diciéndoles que estaba "cerca", cuando sabía que tardaría aún 140 años y quién sabe cuántos más? ¿Es cierta la tesis calvinista que pretende que el Señor soberano ha predeterminado el tiempo de la segunda venida de Jesús, sin relación con una especial preparación por parte de su pueblo?
De ser así, se suscitan serios problemas que afectan al Señor mismo en orden a una dificultad ética. Dios nos ha dicho frecuentemente a través del Espíritu de Profecía que el fin está "a las puertas". Su mensajera repitió con frecuencia: "Vi que casi ha terminado el tiempo que Jesús debe pasar en el lugar santísimo, y que el tiempo sólo puede durar un poquito más" (Primeros Escritos, p. 58; 1850). "Queda, por así decirlo, solamente un momento de tiempo". "Pronto se ha de pelear la batalla de Armagedón" (Joyas de los Testimonios, vol. II, p. 389; vol. III, p. 13; 1900). Si advertencias como las citadas no eran más que falsas alarmas (¡que viene el lobo!), ¿qué confianza podemos tener en el Señor? Si nos hubiese estado diciendo continuamente "cerca", "pronto", sin que Él pretendiese tal cosa, o sin velar por que lo comprendiésemos de una manera adecuada, tendríamos razones para sentirnos agraviados. Pero con total seguridad, Él no trata de ese modo a su pueblo. Si creemos que la demora es responsabilidad suya, si decimos o sentimos que "mi Señor se tarda en venir", nos estamos alistando en la compañía del "mal siervo", según la parábola dedicada a ese tema (Mat. 24:48).
Ningún adventista sincero que se entregue a esa duda podrá sobrevivir, ya que es imposible estar reconciliado con Dios en la "expiación final" mientras se alberga el sentimiento de haber sido engañado por Él. Incluso si se abriga la simple idea de que Dios ha permitido que su comprensión de la demora haya sido patentemente falsa desde el principio, será muy difícil confiar plenamente en Él. 1 Tal podría ciertamente ser el problema que subyace en una gran parte de la apostasía moderna. Existe en algunos una profunda amargura adventista, debido a que los mensajes inspirados han parecido consistir en una especie de falsa alarma, ¡Que viene el lobo, que viene el lobo!.
Pero la Escritura responde claramente a esa perplejidad. Dando por sentado que Dios es soberano, ha decidido hacer que el momento de la segunda venida de Cristo dependa de la preparación espiritual de su pueblo viviente. Esa es la esencia del concepto adventista de la purificación del santuario celestial. Los muertos permanecen prisioneros en sus tumbas, en espera de ser liberados en la primera resurrección, ocurra ésta cuando ocurra. Pero los vivos pueden demorar o apresurar esa resurrección, ya que depende de la segunda venida de Cristo, la cual depende a su vez de que estén preparados para ella (2 Ped. 3:12. La mayoría de las versiones traducen speudo como "apresurar").
En la parábola, Jesús se presenta a sí mismo como anhelando fervientemente retornar, esperando solamente ese momento en el que "el fruto está maduro", ya que entonces "en seguida se pasa la hoz, por haber llegado la siega" (Mar. 4:29). En la descripción de la segunda venida, según Apocalipsis, un ángel dice a Cristo, "Mete tu hoz y siega; porque la hora de segar te es venida, porque la mies de la tierra está madura" (Apoc. 14:15). Las largamente demoradas "bodas del Cordero" se producirán rápidamente una vez que "su esposa se ha aparejado" (Apoc. 19:7). El arrepentimiento al que Cristo llama a Laodicea, está relacionado con la preparación de su Esposa. Si no está aparejada, Cristo se siente chasqueado.
"Todo cristiano tiene la oportunidad, no sólo de esperar, sino de apresurar la venida de nuestro Señor Jesucristo. Si todos los que profesan el nombre de Cristo llevaran fruto para su gloria, cuán prontamente se sembraría en todo el mundo la semilla del Evangelio. Rápidamente maduraría la gran cosecha final y Cristo vendría para recoger el precioso grano" (Palabras de vida del gran Maestro, p. 47,48).
Continuar siendo tibios y muriendo, generación tras otra, no puede ser la respuesta apropiada de su Esposa, al llamamiento de Cristo a la última iglesia.
El significado profundo del llamado de Cristo al arrepentimiento
Si, por el contrario, el arrepentimiento al que Cristo invita a Laodicea no ha tenido todavía lugar, ese mismo hecho nos da esperanza, ya que hay algo que nuestra actitud puede rectificar. Zacarías se refiere a un arrepentimiento que subyugará los corazones de "la casa de David, y los moradores de Jerusalem", permitiendo en ellos la obra de purificación que hará que Cristo pueda retornar (Zac. 12:10-13:1). El "ángel de la iglesia en Laodicea" es equivalente a la expresión de Zacarías, "la casa de David", en evidente alusión al cuerpo de los dirigentes de la iglesia.
La promesa final de Cristo se dirige al mismo cuerpo, no solamente a individuos: "Al que venciere [al ángel de la iglesia de Laodicea], yo le daré que se siente conmigo en mi trono; así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono" (Apoc. 3:21). Ese honor final se concederá a una generación, un cuerpo o pueblo de Dios que habrá respondido a su llamamiento, "¡Arrepiéntete!" 2
Profundizar en el significado del arrepentimiento no tiene nada de "negativo". Al contrario, lo que es negativo es conformarse con el estado de cosas, ya que ese sentimiento de satisfacción pospone indefinidamente la finalización de la comisión evangélica. Es totalmente falsa la idea de que una iglesia que se arrepiente no puede atraer a los jóvenes. La atmósfera de arrepentimiento es precisamente la única que puede atraer y mantener a la juventud.
Muchos miles en la iglesia tienen hambre y sed de una comprensión más clara de la verdad vital para estos últimos días. Sienten que la venida de Jesús ha sufrido una dilatada demora, y que nosotros no el cielo somos responsables. Perciben que considerar la razón del arrepentimiento y profundizar en cómo experimentarlo, es la actitud más "positiva" que cabe tomar.
El arrepentimiento "del cuerpo" no niega ni desplaza el arrepentimiento personal, individual. Al contrario, lo hace efectivo. El ministerio diario en el sacerdocio levítico, proveía para las necesidades individuales; pero el día anual de las expiaciones, proveía una purificación corporativa de Israel, como pueblo o congregación. Todo arrepentimiento es personal e individual. Pero ningún individuo puede jamás llegar a ser "la Esposa" de Cristo, ya que en tanto en cuanto individuos, el pueblo de Dios lo constituyen meros "invitados" a las bodas. La "Esposa" la constituirá el pueblo corporativo de la iglesia triunfante del día final.
Algo ha demorado la preparación de ésta. Es un nivel de pecado oculto bajo la superficie, que según Cristo, "no conoces" (no conocemos) (Apoc. 3:17). El arrepentimiento que ese pecado profundo requiere, debe ser igualmente un arrepentimiento profundo. Por más inquietante que nos resulte, debemos afrontar con honestidad el llamamiento del Señor.
El arrepentimiento es ciertamente pesar por el pecado, y abandono del mismo. Pero el arrepentimiento sólo podrá ser superficial, si lo es también nuestra comprensión del pecado. Citamos rápidamente el texto, "si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad" (1 Juan 1:9), pero debemos recordar el contexto de esa promesa. No está para animarnos a una seguridad superficial, según la cual, cuando pulsamos un botón mágico, queda borrado el registro de nuestros pecados. Cuando asumimos descuidadamente que Dios puede perdonarnos pecados sin que nosotros nos demos cuenta de cuáles son éstos, Juan nos recuerda cuán fácilmente "nos engañamos a nosotros mismos, y no hay verdad en nosotros". El patético diagnóstico que Jesús hace de nosotros, "y no conoces ", significa que en realidad "nos engañamos a nosotros mismos". No podemos ser verdaderamente purificados en lo profundo, de pecados que no confesemos de forma inteligente (1 Juan 1:8,10).
Si un pecado se oculta a nuestro conocimiento, ¿deja por ello de ser pecado? Uno puede fumar durante toda su vida, ignorando sinceramente la nocividad de su vicio. ¿Dejará por ello de perjudicarle? "La paga del pecado es la muerte", sea que nos demos cuenta, o no, de nuestro pecado. Hay algo mucho más importante que nuestra propia seguridad personal: el honor y la vindicación de Cristo. El Señor puede no tenernos en cuenta un pecado del que no somos conscientes, pero ese pecado le produce igualmente afrenta, e impide su obra de expiación final.
El mensaje a Laodicea no es un juego infantil. Es Uno "semejante al Hijo del hombre", "sus ojos como llama de fuego" y "su voz como ruido de muchas aguas", quien está convocando a su pueblo a la más profunda experiencia de los siglos. Negligir su llamamiento origina confusión y apostasía, y es una bomba de relojería que apunta a la autodestrucción denominacional. Dios nos ha hablado:
"En toda iglesia en nuestra tierra, hay necesidad de confesión, arrepentimiento y reconversión. El chasco de Cristo va más allá de lo que es posible describir" (Review and Herald, 15 diciembre 1904).
El llamado a arrepentirnos que Cristo nos dirige es la mayor evidencia de su amor por nosotros, y constituye nuestra mejor esperanza.
"El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias", ¡especialmente a la última de ellas!
Notas:
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El éxito definitivo del plan de la salvación depende de su hora final. Nunca, en los pasados 6.000 años de historia, ha tenido Dios un problema tan delicado de resolver como el actual.
¿Estamos implicados en una verdadera crisis? La mayor crisis de los siglos ocurrió en la crucifixión de Cristo. Pero esa crisis se cierne hoy sobre nosotros.
El pecado del hombre, que comenzó en el Edén, acabó finalmente en el asesinato del Hijo de Dios. Los que lo crucificaron la primera vez fueron perdonados, ya que Jesús oró, "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Luc. 23:34). Por sinceros que seamos, ¿podemos repetir ese pecado, sin saber lo que hacemos?
Los hay que crucifican "de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios exponiéndole a vituperio" (Heb. 6:6). ¿Tiene relación con eso el pecado de Laodicea? ¿Cuán profundo es el pecado del que se amonesta a arrepentirse al "ángel de la iglesia en Laodicea"?
Laodicea comparte algo con el antiguo Israel: la ignorancia de su verdadero estado. Dice el Señor, "Y no conoces". Similar a su oración sobre la cruz, en favor de aquellos que "no saben lo que hacen". La iglesia remanente es patéticamente inconsciente de su verdadero estado, tal como aparece ante la vista del universo. Estás "desnudo", nos dice Cristo al oído, en tono de alarma (Apoc. 3:17). ¿Pudiera ser más serio de lo que habíamos supuesto, pudiera consistir en más que una candidez vergonzante, aunque ingenua? ¿Podría derivar de una profunda enemistad del corazón con respecto al Señor mismo, algo que nos pondría al mismo nivel que los judíos de antaño?
La idea de la desnudez surge de nuevo en la parábola del vestido de boda. El huésped que se llamó a engaño, creyendo que ese vestido era opcional, no era solamente ingenuo, sino que era irrespetuoso con su anfitrión. Una enemistad más profunda que su comprensión consciente envenenó sus sentimientos hacia su anfitrión (Mat. 22:11-13). Laodicea vestida impropiamente, asistiendo orgullosamente a la fiesta, no sólo equivale a ingenuidad. Implica algo más serio: desprecio hacia el Anfitrión. Sólo la "expiación final" puede proporcionar la debida reverencia hacia el Anfitrión, y resolver el problema.
Los Adventistas del Séptimo Día somos amigos de Jesús, y de ninguna forma osaríamos conscientemente crucificarlo "de nuevo". Pero decirnos sus amigos no implica necesariamente la garantía de tratarlo bien, ya que dice Jesús que "fui herido en casa de mis amigos" (Zac. 13:6).
Numerosas declaraciones de la mensajera del Señor afirman que la misma enemistad contra Cristo manifestada por los judíos de antaño, es la que han mostrado dirigentes en nuestra historia adventista. Más aún, ese síndrome de "como los judíos" ha constituido la raíz de nuestro problema espiritual de base, por más de un siglo.
Es fácil suponer que Laodic%a, puesto que es tibia, no es ni muy mala ni muy buena, que nuestro pecado es más bien leve. Frecuentemente hemos actuado y hablado como si el cielo estuviese muy orgulloso de nosotros. Pero el problema es grave. Nuestra comprensión espiritual no ha guardado paralelismo con el crecimiento en el saber científico del mundo. En esta era de las computadoras, a nadie le gustaría vivir en una cueva, calculando mediante ábacos a la luz de un candil. Pero espiritualmente hablando, Cristo representa a su iglesia de los últimos días como virtualmente en la mendicidad, satisfecha con recursos espirituales totalmente desfasados para nuestro tiempo. Constituimos un cuadro patético a la vista del cielo. Algún día miraremos hacia atrás, y veremos nuestra era como la edad de las tinieblas. En un momento de explosión en el conocimiento tecnológico, el pueblo de Dios no ha podido romper esa barrera de "y no conoces". El último continente inexplorado no es la Antártida, sino las profundidades interiores del alma de Laodicea. Esa enemistad latente que Cristo dice que no conocemos.
La cruz y la patología del pecado
La ciencia está descubriendo la manera en la que bacterias y virus patógenos producen las enfermedades. Mientras que la patología llega normalmente a identificar a esos microorganismos enemigos, nuestra comprensión de lo que es el pecado, y su modus operandi, no se ha correspondido con el conocimiento científico secular sobre la enfermedad y sus causas. Sin embargo, estamos cerca del momento en el que debe terminar la intercesión de Cristo como Sumo Sacerdote, cuando el virus del pecado debe haber sido aniquilado por siempre. Si pasado ese tiempo persiste algún alejamiento o enemistad contra Dios en nuestros corazones, ésta se desarrollará sin restricción hasta la rebelión total contra Dios. El resultado será el Armagedón: enemistad impenitente y del mayor calibre contra Cristo, libre de la restricción impuesta ahora por el Espíritu Santo. Ningún virus latente de pecado debe sobrevivir a la crisis final.
En esencia, todo pecado es una nueva crucifixión de Cristo, y su manifestación final será el Armagedón. Nadie podrá negar que el pecado ha abundado en nuestra edad moderna; el conocimiento de una gracia sobreabundante es su única solución.
El maestro inventor de todo plan malvado, pretende poner a Cristo en una situación embarazosa. Si Satanás logra perpetuar el pecado entre el pueblo de Dios, tiene la victoria asegurada. Es su mejor forma de sabotear el reino de Cristo. Afrontemos la realidad: lo que antes podía calificarse de simple apatía, constituye hoy pecado. Y avanzando el tiempo, demostrará ser una re-crucifixión de Cristo. El enemigo no puede por ahora utilizar la fuerza física. Su estrategia ha sido tomar ventaja de nuestra ignorancia en cuanto a lo que constituye el pecado, llevándonos así a la parálisis espiritual. Nuestra fatal tibieza es un terreno encantado con la magia del letargo, ante las lindes del cielo.
El significado de la tibieza
¿Como han podido sucesivas generaciones de adventistas reinfectarse con ella? ¿Cómo se ha podido extender, incluso hasta las iglesias del tercer mundo? Tiene que haber sido mediante el virus del pecado. Si es así, ¿cuál es la naturaleza de ese pecado? ¿Por qué no hemos encontrado remedio para el mismo?
El sermón de Pedro en Pentecostés nos da la clave para comprenderlo. Lo que hizo el sermón de Pedro fue conmover a sus oyentes, al desvelarles la forma en la que su enemistad latente contra Dios había desembocado en la crucifixión del Mesías. El Espíritu Santo inspiró ese sermón para traer a los corazones de ellos la convicción de cuán horrendo era ese pecado no advertido hasta entonces. Clamaron compungidos, "hermanos, ¿qué haremos?".
La respuesta del apóstol fue, "Arrepentíos". Y ellos respondieron. Recibieron el Espíritu Santo en una medida que no ha sido hasta la fecha igualada. Eso fue posible al darse cuenta de que su pecado era de una dimensión significativamente mayor de lo que habían supuesto. Esa bendición de la lluvia temprana será superada por la recepción final de Espíritu Santo, conocida como la lluvia tardía. Lo mismo que en Pentecostés, el don dependerá del completo reconocimiento de nuestra verdadera culpa.
El Señor tiene en reserva un medio de motivar que será plenamente efectivo. Lo sucedido en Pentecostés potenció la iglesia primitiva con energía espiritual desbordante, originándose a partir de su singular arrepentimiento. Ningún otro pecado, en cualquier otro tiempo, era más horrendo que aquel del que era culpable aquel pueblo: asesinar al Hijo de Dios.
El pecado ha sido siempre "enemistad contra Dios", pero nadie comprendió jamás plenamente sus dimensiones, hasta que el Espíritu Santo impresionó la verdad en los corazones del auditorio de Pedro. La comprensión de su culpabilidad les sobrecogió como un diluvio. Su actitud no era la de procurar escapar al infierno, o conseguir un premio celestial. No era un intento de evadir el castigo, motivado por el miedo. La magnífica cruz se elevaba ante ellos, con su misteriosa Víctima, y sus corazones humanos respondieron honesta y profundamente a su realidad. No era una experiencia impregnada de egoísmo.
Cristo nos llama hoy a un arrepentimiento como aquel de Pentecostés. Tendrá lugar ciertamente, como la veta de oro escondida en tierra, que aflora en otro lugar distante del primero. Las ideas vagas e indeterminadas sobre el arrepentimiento pueden solamente generar un tipo de devoción vaga e indeterminada. Igual que la medicina administrada lo debe ser en cantidad suficiente para producir concentraciones sanguíneas adecuadas del principio activo, el arrepentimiento debe ser cabal, abarcante, a fin de que el Espíritu Santo pueda consumar la plenitud de su obra.
¿Por qué el arrepentimiento de Laodicea debe ser ahora distinto en alcance y profundidad?
Un arrepentimiento de tal envergadura está incluido en el "evangelio eterno" de Apocalipsis 14. Pero su más clara definición no ha sido posible hasta que la historia alcanzara a la última de las siete iglesias. La palabra original "arrepentimiento" significa una mirada retrospectiva, desde la perspectiva del fin: metanoia, de meta ("después") y nous ("mente"). Así, el arrepentimiento no puede ser completo hasta el final de la historia. Como sucede con el gran Día de la expiación, su expresión plena puede florecer únicamente en la experiencia de los últimos días. Hemos llegado ya a ese momento en el tiempo.
A menos que nuestros ojos velados sean capaces de ver la profundidad de nuestro pecado, como idéntico al de la congregación a la que Pedro se dirigió en el Pentecostés, sólo será posible un arrepentimiento relativo y superficial, que no hará sino perpetuar por generaciones el problema de Dios. No es suficiente que el pecado sea perdonado desde un punto de vista meramente legal; debe ser también borrado.
No es solamente que la larga espera nos produzca frustración; le causa intenso dolor a Cristo mismo. Nosotros podemos apagar el programa de noticias, con sus horribles nuevas, y hallar descanso yéndonos a dormir; pero el Señor no puede hacer eso. "He aquí, no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel" (Sal. 121:4). La agonía de un mundo sufriente y aterrorizado gravita penosamente sobre Él. No puede tomarse unas vacaciones en un remoto rincón de su universo, y olvidarse de ello. En nuestra debilidad, podemos comenzar a sentir un poco de la agonía de los que pasan hambre, los que no tienen casa, de los desesperados, cuando tenemos la ocasión de conocerlos; sin embargo, Jesús es infinitamente más sensible y compasivo que el más bondadoso de nosotros. Se nos dice que "en toda angustia de ellos él fue angustiado" (Isa. 63:9), ¿cuál no será su angustia hoy?
"Los que piensan en el resultado de apresurar o impedir la proclamación del Evangelio, lo hacen con relación a sí mismos y al mundo; pocos lo hacen con relación a Dios. Pocos piensan en el sufrimiento que el pecado causó a nuestro Creador. Todo el cielo sufrió con la agonía de Cristo; pero ese sufrimiento no empezó ni terminó cuando se manifestó en el seno de la humanidad. La cruz es, para nuestros sentidos entorpecidos, una revelación del dolor que, desde su comienzo, produjo el pecado en el corazón de Dios. Le causan pena toda desviación de la justicia, todo acto de crueldad, todo fracaso de la humanidad en cuanto a alcanzar su ideal" (La Educación, p. 263).
Nuestro Dios no es nada parecido a un Buda sumido en un trance de nirvana. Nuestras oraciones no le mueven a una piedad o misericordia que no sienta ya previamente. Cuando le rogamos, Señor, haz algo por esta situación, Él nos responde esperanzadamente, ¿por qué no haces tú algo?
Cuando la mente y el corazón del "ángel de la iglesia en Laodicea" estén verdaderamente reconciliados (expiación) con Cristo, desaparecerá lo que impide. Entonces usará a su pueblo efectivamente para hacer lo que Él desea para el mundo. Es en especial referencia a los Adventistas del Séptimo Día que E. White dijo, "El chasco de Cristo va más allá de lo que es posible describir". ¿Cómo podemos subsanar tal situación?
El problema del Señor viene a ser la crisis de los siglos
La Biblia revela a Dios en una dimensión desconocida para las escrituras del Quran, Vedic Hindú, o el Budismo. El dolor de Dios es el dolor del mundo, amplificado. Pensemos en cómo un padre sensible, amante, siente el dolor de su hijito malherido; entonces multipliquémoslo por unos seis billones de veces
El Apocalipsis va un paso más allá y describe a Cristo como a un ferviente Esposo, anhelando que "las bodas del Cordero" se produzcan pronto, pero que está chasqueado al comprobar que su Esposa, todavía no se ha aparejado (Apoc. 19:7-9). Ésta lo ha tenido al alcance de sus manos todo este tiempo. Eso quiere decir que hasta el momento no ha podido ser verdaderamente reconciliada con Él. Al llegar a la unidad de corazón y mente con Él, las iglesias pulsarán con la vida del Espíritu Santo, desbordantes del amor de Cristo. Todo miembro estará espiritualmente alerta, radiante de milagrosa abnegación que lo hará una singular revelación de Cristo.
Ciertas declaraciones inspiradas ponen de relieve que tal reavivamiento no tendrá nunca lugar en "toda la iglesia", debido a que habrá siempre cizaña mezclada con el trigo. Pero otras declaraciones igualmente inspiradas afirman que "toda la iglesia" ha de ser animada e impregnada del Espíritu Santo, rebosando de amor cristiano. ¿Cómo entender esa aparente contradicción?
El propósito de Dios será cumplido gloriosamente en su pueblo, en "un reavivamiento de la verdadera piedad entre nosotros", "para que pueda ser preparado el camino del Señor", "un gran movimiento una obra de reavivamiento avanzando en muchos lugares. Nuestro pueblo se movía al unísono, en respuesta al llamamiento de Dios". "El espíritu de oración obrará en todo creyente, y barrerá de la iglesia el espíritu de discordia y lucha Todos estarán en armonía con la mente del Espíritu". "En visiones de la noche pasó delante de mí un gran movimiento de reforma en el seno del pueblo de Dios espíritu de oración como lo hubo antes del día de Pentecostés El mundo parecía iluminado por la influencia divina Parecía una reforma análoga a la del año 1844 Sin embargo, algunos rehusaban convertirse Esas personas avarientas se separaron de la compañía de los creyentes" (Comparar con Joyas de los Testimonios, vol. III, p. 289-292, 308-309, 344-345; Mensajes Selectos, vol. I, p. 136-137, 141-149).
Esa última frase proporciona una clave para resolver las aparentes contradicciones. Existe una iglesia previa al zarandeo, y una iglesia posterior a él. Ésta última cumplirá lo profetizado.
Ese gran final de la obra del Espíritu de Dios gozará de una extraordinaria belleza y sencillez:
"Aquellos que esperan la venida del Esposo han de decir al pueblo: ¡Veis aquí el Dios vuestro! Los últimos rayos de luz misericordiosa, el último mensaje de clemencia que ha de darse al mundo, es una revelación de su carácter de amor. Los hijos de Dios han de manifestar su gloria" (Palabras de vida del gran Maestro, p. 342).
Las resoluciones de comités, los programas elaborados, la promoción basada en la presión (así como técnicas profanas de iglecrecimiento y marketing) no pueden jamás motivar realmente. La verdad ha de ser el vehículo, alcanzando los corazones humanos, ya que solamente ella "el mensaje del tercer ángel, en verdad", puede penetrar en los rincones secretos del alma humana.
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La purificación del santuario iniciada en 1844 es una verdad adventista irrenunciable, el fundamento de nuestra existencia. Tiene también un profundo significado ético.
¿Por qué el Día "antitípico" de la expiación en el cielo, implica una experiencia especial para el pueblo de Dios de los últimos días en la tierra? ¿Acaso Dios ha negado arbitrariamente esa singular bendición a generaciones precedentes? ¿Sería justo que otorgase a la última generación algo que deliberadamente ha negado a otros en el tiempo pasado?
No es que Dios lo negase, sino que las generaciones anteriores no fueron capaces de aprovechar la plenitud de la gracia que el Cielo anhelaba conceder. No que Dios rehusase otorgar, sino que el hombre no estaba dispuesto a recibir en esa medida, fue la causa de la prolongada demora de miles de años. La historia ha tenido que seguir su curso. No hubo otra manera en la que la raza humana, "Adán", pudiese aprender.
El antiguo Israel nos ofrece un buen ejemplo de ello. El Señor estaba dispuesto y deseoso, en el monte Sinaí, a darles la misma justificación por la fe que disfrutó Abraham cuando "creyó a Jehová, y contóselo por justicia" (Gén. 15:6), y la misma experiencia maravillosa que describe la epístola de Pablo a los Romanos. Pero la incredulidad de ellos lo hizo imposible en esa ocasión, y la ley tendría que ser su "ayo" o "tutor" para guiarlos a través de un gran rodeo en la historia, hasta la misma situación de Abraham, a fin de que fuesen "justificados por la fe" (Gál. 3:24).
La declaración profética "hasta dos mil y trescientos días de tarde y mañana; y el santuario será purificado" (Dan. 8:14), predice que durante la última era de la historia humana, la fe del pueblo de Dios será madura, haciendo posible que reciban la plenitud de la gracia divina. La profecía de Daniel abarca el desarrollo espiritual de su pueblo hasta "la medida de la edad de la plenitud de Cristo" (Efe. 4:13).
Dios no retuvo nada arbitrariamente a Abraham, que le impidiese estar en la compañía de los 144.000. Fue su propia falta de madurez espiritual la que hizo imposible que se apropiase de toda la gracia que un Dios infinito le habría otorgado, incluso entonces. Dios hubiese podido purificar su santuario en lo antiguo, si el desarrollo espiritual del hombre lo hubiese permitido. No debemos limitar los recursos infinitos de Dios; la deficiencia ha estado siempre de nuestra parte. Dios llama a cada generación a arrepentirse, "por cuanto todos pecaron" (Rom. 3:23). "Por la ley es el conocimiento del pecado" (Rom. 3:20). El Espíritu Santo imparte ese saludable conocimiento de su culpa a todo hombre. Su "luz verdadera" no ha pasado de largo a ningún hombre (Juan 1:9). Pero la última generación recibirá el don del arrepentimiento, la metanoia, un cambio de rumbo en vista de lo revelado por el pasado, una profunda contrición, tal como la hace posible el análisis retrospectivo de la historia. Se podrá entonces decir, "gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque son venidas las bodas del Cordero, y su esposa se ha aparejado".
¿Cómo tiene lugar el arrepentimiento?
El doble crimen de adulterio y asesinato del rey David, ilustra la forma en la que el Espíritu Santo convence de pecado. El que el Espíritu Santo abandonase a David en aquella desesperada situación, habría constituido el castigo más cruel que pueda imaginarse. No: Dios le seguía amando. El Espíritu Santo le aguijoneaba con gravosa convicción. "De día y de noche se agravó sobre mí tu mano", dice David. Metafóricamente hablando, el Señor "envejeció" sus "huesos". Entonces, David añade, "mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Confesaré, dije, contra mí mis rebeliones a Jehová. Y tú perdonaste la maldad de mi pecado" (Sal. 32:3-5). Eso fue genuino arrepentimiento.
Uno puede no haber oído jamás el nombre de Cristo, pero siente en su corazón que ha pecado, y que está destituido de la gloria de Dios. Se produce un despertar, por exiguo que sea, de la perfecta norma de la ley divina, tal cual es en Cristo. El Espíritu Santo atraviesa el corazón con la convicción "de pecado, y de justicia" (Juan 16:8-10).
La culpa, como el dolor, es señal de que algo va mal
Una herida en cualquier parte del cuerpo, despierta mensajes de dolor que el cerebro procesa. Si bien un analgésico puede aliviar de forma temporal la molestia, no provee curación para el mal. Una enfermedad más grave, o incluso la muerte, pueden ser el resultado de la negligencia y supresión artificial de la sintomatología. Así, cuando el pecador rechaza el dolor de la misericordiosa convicción de pecado producida por el Espíritu Santo, el resultado es la enfermedad y muerte espiritual. El dolor físico nos lleva a buscar la curación. En África hay leprosos que carecen del sentido del dolor, y pierden sus dedos al ser inadvertidamente comidos por las ratas, mientras ellos duermen de noche sin notar nada. Si el sentido del dolor nos es valioso, cuánto más vital es para nosotros la dolorosa convicción de pecado que produce el Espíritu Santo.
El agradecido pecador, ora así, Gracias Señor, por amarme tanto como para convencerme de mi pecado. Confieso toda la verdad. Tú has provisto un Sustituto que lleva la penalidad en mi lugar, y su amor me motiva a separarme del pecado que lo crucificó. Ese milagro se dio en el corazón de David, al orar, "por tanto, denunciaré mi maldad; congojaréme por mi pecado" (Sal. 38:18).
Un arrepentimiento tal, no solamente demuestra pesar por el pecado y sus resultados, sino un genuino aborrecimiento del mismo. Produce un apartamiento efectivo del pecado. La ley no puede obrar eso por nadie. Ese milagro viene solamente por la gracia. "Porque la ley obra ira", impartiendo solamente terror al juicio, pero cuando la gracia obra el arrepentimiento, "las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas" (Rom. 4:15; 2 Cor. 5:17). El pecado que una vez se amara, es ahora aborrecido; y la justicia que se odiaba en el pasado, se ama ahora. "Su benignidad te guía a arrepentimiento" (Rom. 2:4).
Un tal arrepentimiento, incluye efectivamente "la remisión de pecados" (Luc. 24:47). El término empleado en el Nuevo Testamento para "perdón", significa separación del pecado, liberación de su poder. El verdadero arrepentimiento hace, pues, imposible para el creyente en Cristo el continuar viviendo en el pecado. El amor de Cristo provee la gran motivación, un cambio en la vida (2 Cor. 5:15).
Encontramos un gozo inenarrable en esa experiencia:
"Pues la tristeza que se soporta de manera agradable a Dios, conduce a una conversión que da por resultado la salvación, y no hay nada que lamentar. ¡La tristeza del mundo es la que produce muerte! Vosotros soportasteis la tristeza como a Dios agrada, ¡y ved ahora los resultados! Os hizo enojar, y también sentir miedo " (2 Cor. 7:10,11. Dios habla hoy).
Pedro demostró arrepentimiento genuino. Nos podemos identificar con Él, ya que él también cayó miserablemente, sin embargo, aceptó el precioso don del arrepentimiento que Judas rehusó. Tras haber negado vilmente a su Señor con maldición, Pedro "lloró amargamente" (Mar. 14:71; Luc. 22:62). Su arrepentimiento no cesó jamás. Las lágrimas manarían ya por siempre de sus ojos cada vez que recordase su pecado, por contraste con la bondad del Señor hacia él. Pero se trataba de lágrimas de felicidad. La tormenta de la contrición trae siempre el arco iris del perdón divino. Hasta la ciencia médica reconoce el efecto terapéutico de las lágrimas de contrición. Arruinamos nuestra salud y acortamos nuestra vida cuando reprimimos o suprimimos la influencia entrañable y subyugadora del Espíritu de Dios, que trata de enternecer nuestros endurecidos corazones.
El Señor mismo, que de tal manera amó "al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito" por él, preparó el camino para su evangelio. Dotó a la humanidad con esa capacidad para sentir el dolor personal de la convicción de pecado. ¡Es una clara evidencia de su amor!
Pero el legalismo, o un evangelio "pervertido", cortocircuita esa obra del Espíritu Santo en los corazones humanos. Como consecuencia, millones son incapaces de experimentar el arrepentimiento, que es lo único que puede sanar ese mal que reconocen en el fondo de sí mismos. Pero la Escritura predice un tiempo en el que el evangelio será restaurado a su prístina pureza, y toda la tierra será alumbrada de su gloria (Apoc. 18:1-4). Será algo así como restablecer una conexión eléctrica interrumpida hasta entonces. El circuito resultará completado: la convicción del Espíritu Santo será complementada por un evangelio puro, y la corriente del perdón divino fluirá a través de cada alma arrepentida.
Eso se traduce en auténtica felicidad
Lejos de ser una experiencia negativa, un arrepentimiento tal es el fundamento de toda verdadera felicidad. De igual forma en que cada "debe" tiene que corresponderse con un "haber" en el balance de los libros de contabilidad, así las sonrisas de gozo y felicidad por la vida abundante, para poseer significado abundante, deben estar fundadas en las lágrimas de Alguien, de Otro, sobre el que se puso "el castigo de nuestra paz", por la llaga del cual "fuimos nosotros curados" (Isa. 53:5).
No son nuestras lágrimas de arrepentimiento y pesar lo que equilibra el balance del libro de la vida. Pero nuestra apreciación de lo que costó a Jesús llevar nuestros dolores y soportar nuestras enfermedades, pone a nuestro alcance la salvación.
"Cuanto más nos acerquemos a Jesús y cuanto más claramente discernamos la pureza de su carácter, tanto más claramente veremos la extraordinaria gravedad del pecado y tanto menos nos sentiremos tentados a exaltarnos a nosotros mismos. Habrá un continuo esfuerzo del alma para acercarse a Dios; una constante, ferviente y dolorosa confesión del pecado y una humillación del corazón ante Él. En cada paso de avance que demos en la experiencia cristiana, nuestro arrepentimiento será más profundo" (Los Hechos de los Apóstoles, p. 448).
"En cada paso que demos en la vida cristiana, se ahondará el arrepentimiento. A aquellos a quienes el Señor ha perdonado y a quienes reconoce como su pueblo, Él les dice: Os acordaréis de vuestros malos caminos, y de vuestras obras que no fueron buenas; y os avergonzaréis de vosotros mismos por vuestras iniquidades" [Eze. 36:31] (Palabras de vida del gran Maestro, p. 125).
Está más allá de nuestro alcance el producir, inventar o iniciar un arrepentimiento tal; ha de venir como un don de lo alto. Dios exaltó a Cristo "para dar a Israel arrepentimiento y remisión de pecados" (Hech. 5:31). Y "también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida" (Id., 11:18). ¿Es hoy menos generoso con nosotros? La capacidad para ese cambio de mente y corazón es un preciado tesoro, más valioso que toda la riqueza del mundo. Incluso la voluntad de arrepentirnos es un don de Dios, ya que en su ausencia, estábamos muertos en "delitos y pecados" (Efe. 2:1).
Una experiencia como la descrita parece totalmente fuera de lugar en este tramo final de la última década del siglo XX. ¿Puede una sofisticada iglesia moderna como la nuestra recibir tal experiencia de arrepentimiento?
¿Qué hace posible el arrepentimiento?
La Biblia relaciona el "arrepentimiento para con Dios, y la fe en nuestro Señor Jesucristo" (Hech. 20:21). El arrepentimiento no es un frío cálculo de opciones y consecuencias. No es la elección egoísta de la recompensa eterna, ni de escapar a las penas del infierno. Es una profunda experiencia del corazón, consecuencia de apreciar el sacrificio de Cristo. No puede ser impuesta por el miedo o el terror, como tampoco por la esperanza de la inmortalidad. Solamente "su benignidad te guía a arrepentimiento".
La fuente última de la que mana ese don supremo, es la verdad del sacrificio de Cristo en la cruz. Lo mismo que la fe es una apreciación sincera del amor de Dios allí revelado, el arrepentimiento constituye el ejercicio apropiado de esa fe que experimenta el alma del creyente. Iluminados por la cruz, marchamos por el camino a donde la fe nos lleva, postrados de rodillas. El llamamiento de Pedro, "Arrepentíos, y bautícese cada uno", vino a continuación de la más convincente presentación que jamás se haya hecho de la cruz (Hech. 2:16-38). La formidable respuesta de Pentecostés fue un cumplimiento de la promesa de Jesús: "Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos traeré a mí mismo" (Juan 12:32).
¿Por qué no vemos más de ese don precioso? ¿Acaso es el hombre moderno demasiado sofisticado para responder positivamente? No, la naturaleza humana no está fuera del alcance de la redención, incluso en estos últimos días. El genuino arrepentimiento, seguido de las "obras dignas de arrepentimiento" es un fenómeno escaso, solamente porque la genuina predicación de la cruz es escasa (ver Hech. 26:20; 2 Cor. 5:14). La memorable letra del himno compuesto por Isaac Watts, pone de relieve la esencia del poder de la cruz:
do murió el Príncipe de gloria,
cuento por pérdida mis más caras ganancias
y aborrezco en el polvo todo mi orgullo
A lo largo de los años pasados, desde el Pentecostés, los pecadores que creyeron, recibieron individualmente el don. Durmiendo en el polvo de la tierra, esperan todos ellos la "primera resurrección". La suya ha sido una fase del arrepentimiento. Cristo no puede regresar si falla la preparación por parte de su pueblo en vida. Hasta que eso se produzca, esos santos que yacen en el descanso y que se arrepintieron personalmente, están "condenados" a permanecer prisioneros en el polvo de sus sepulcros. Así, el "remanente" debe desbloquear la sucesión de esos eventos de los últimos días mediante un arrepentimiento especial. Un acontecimiento como ese, sin precedente en la historia, es la razón de la existencia de la Iglesia Adventista del Séptimo Día.
¿Qué hace diferente el arrepentimiento de Laodicea?
Laodicea no es inherentemente peor que cualquiera de las otras seis iglesias. Pero puesto que vive en los últimos días, que corresponden a la purificación del santuario, una misión nueva y distinta de nuestro gran Sumo Sacerdote en su ministerio en el Día de la expiación, demanda un tipo nuevo y distinto de respuesta. En eso consiste la otra fase del arrepentimiento.
Mientras que Cristo realiza su "expiación final" en el segundo departamento del santuario celestial, ¿podemos continuar viviendo como si Él continuase aún en el primero? La brecha existente entre las oportunidades únicas de Laodicea, y su verdadero estado, se ha agrandado de tal modo que la patética condición de ésta se ha convertido en el mayor problema que se le haya planteado al Señor. Y a menos que actuemos cuidadosamente, estamos en el mayor peligro de todas las edades. A E. White se le dio una vislumbre del significado del traslado del ministerio de Cristo desde el primer departamento del santuario celestial, al segundo:
"Los que se levantaron con Jesús elevaban su fe hacia Él en el lugar santísimo, y rogaban: Padre mío, danos tu Espíritu. Entonces Jesús soplaba sobre ellos el Espíritu Santo. En ese aliento había luz, poder y mucho amor, gozo y paz.
Me di vuelta para mirar la compañía que seguía postrada delante del trono y no sabía que Jesús la había dejado. Satanás parecía estar al lado del trono, procurando llevar adelante la obra de Dios. Vi a la compañía alzar las miradas al trono y orar: Padre, danos tu Espíritu. Satanás soplaba entonces sobre ella una influencia impía; en ella había luz y mucho poder, pero nada de dulce amor, gozo ni paz. El objeto de Satanás era mantenerla engañada, arrastrarla hacia atrás y seducir a los hijos de Dios" (Primeros Escritos, p. 55,56).