ALUMBRADOS
(Robert J. Wieland)
INTRODUCCIÓN
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¿Por qué es tan importante?
La historia y el contenido del mensaje de 1888 tienen un extraordinario interés para todo Adventista en el mundo entero. E. White dijo en repetidas ocasiones que el fracaso en comprender y aceptar este mensaje ha retrasado grandemente el progreso de la iglesia, y demorado el triunfo del mensaje del "evangelio eterno".
En nuestros días, las deserciones, la apostasía, el fanatismo, las interpretaciones proféticas contrapuestas y las incursiones de lo que se conoce como "nueva teología" significan una plaga para la iglesia. Como resultado, la pérdida de laicos y pastores ha sido notable. Esos problemas tienen relación con la confusión y desconocimiento de la historia y el mensaje de 1888.
Los que creen el Nuevo Testamento, comprenden que los Judíos rechazaron y crucificaron a su Mesías. Si la nación judía quisiera ponerse en paz con Dios, ¿no sería una excelente idea el que entendieran sobre su rechazo y se arrepintiesen de él?
Si queremos reconciliarnos con el Señor, ¿no sería acaso sabio que comprendiésemos nuestra historia y aceptáramos su don del arrepentimiento? "No tenemos nada que temer por el futuro, excepto que olvidemos la manera en la que el Señor nos ha conducido, y su enseñanza en nuestra historia pasada" (Life Sketches, p. 196). Naturalmente, se deduce que tenemos todo que temer, si olvidamos nuestro pasado y desoímos "su enseñanza en nuestra historia pasada".
Es animador recordar que Jesús prometió: "conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres" [Juan 8:32]. A medida que nos aproximamos al final del tiempo, saldrá a la luz más y más verdad, ya que Jesús dijo, "toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra". Todo aquel que busque la verdad, puede hallar consuelo en su promesa de que al pedirle pan, no nos dará una piedra.
En especial relación con el mensaje conmovedor de 1888, un número creciente de miles de adventistas del séptimo día en muchos países, están descubriendo hoy que se trata verdaderamente de lo que E. White describió como un "preciosísimo" mensaje. Vibran con las buenas nuevas que contiene. Ha renovado su confianza en la conducción del Señor y en el triunfo final de su obra. Ven la conducción del Señor en la historia de nuestra iglesia, y se animan en la confianza de que Él llevará a buen puerto la embarcación del pueblo de Dios. Muchos dan testimonio de que este mensaje les ha salvado de abandonar la iglesia sumidos en el desánimo.
El mensaje de 1888 es, sobre todo, gloriosas buenas nuevas de salvación, solamente por fe; un mensaje de liberación del poder controlador del pecado, un mensaje de esperanza espiritual. Es una mejor comprensión del "evangelio eterno", en su relación con la purificación del santuario. Se trata de una verdad que nos ha sido confiada a los adventistas. "Es el mensaje que Dios ordenó que fuera dado al mundo" (Testimonios para los ministros, p. 92).
¿Podrán los poderes de las tinieblas impedir que ese mensaje llegue hasta lo último de la tierra, como el Señor ordenó que sucediera? La respuesta es: 'No'. Sin embargo, hay interrogantes, perplejidades y objeciones que asaltan a las almas sinceras. A ellos dedicamos este volumen.
Capítulo 1
Cuestiones sobre el mensaje de 1888
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¿Por qué es tan importante el evangelio?
Una verdadera comprensión del evangelio es precisamente lo que necesita desesperadamente este mundo maldito por el pecado. Después de la pretensión de la cristiandad de haber proclamado el evangelio durante dos mil años, la agonía y el mal en el mundo parecen ir de mal en peor. Millones que creerían en Dios, se sienten forzados a dudar que exista, o de que se preocupe por ellos. ¿Podría eso significar que el evangelio no ha sido todavía predicado en su pureza?
Por sorprendente que parezca, hay más de un evangelio: (a) la pura verdad que predicaron Pablo y los apóstoles "la gracia de Cristo", y (b) la falsificación del evangelio, a la que Pablo llama "otro evangelio". "No que haya otro", sino que se trata en realidad de una perversión del "evangelio de Cristo". De acuerdo con las graves palabras de Pablo, cualquier otro evangelio diferente al de Cristo, ha de ser "condenado" (Gál. 1:6-9).
La razón por la que el enemigo de Cristo se especializa en pervertir el evangelio, es porque sabe que el verdadero evangelio "es potencia de Dios para salud" del alma (Rom. 1:16), lo mismo que el buen alimento lo es a la salud del cuerpo. Pero una pequeña dosis de arsénico mezclada en él, resultaría letal. En el juicio final verán todos que la continua agonía del mundo fue el resultado directo de la perversión del evangelio que "Babilonia" ha proporcionado a los hombres (Apoc. 18:24).
¿Tenemos los adventistas algo especial que hacer, en la recuperación de ese evangelio en su pureza?
Muchos hemos asumido superficialmente que las iglesias evangélicas populares están proclamando el evangelio al mundo, y que nuestro cometido especial es predicar la ley. La suposición implica que si nosotros añadimos a su "evangelio" nuestra singular comprensión de los diez mandamientos incluyendo el sábado, obtenemos el "mensaje del tercer ángel". En otras palabras, la Iglesia Adventista no es más que una iglesia más entre muchas otras, sin otra especial contribución que aportar una lista de cosas que las personas deben aprender a hacer, si desean ser salvas.
Pero la verdad es que el Señor nos ha dado un mensaje especial de Buenas Nuevas que las personas tienen que aprender a creer. El Señor no suscitó jamás a los Adventistas para que predicásemos al mundo el legalismo. Nuestra comisión específica es recuperar y proclamar justamente las Buenas Nuevas que son ya "la salvación de Dios" [Luc. 3:6], y que preparan a un pueblo para la segunda venida de Cristo. De hecho, el mensaje de los tres ángeles de Apocalipsis 14:6-12 es en un sentido singular "el evangelio eterno" para los últimos días. Ha de tratarse de las mejores nuevas que el mundo haya oído jamás.
¿Cómo encaja el mensaje de 1888 en nuestra obra especial?
"En su gran misericordia el Señor " envió ese mensaje, "el comienzo" del fuerte clamor descrito en Apocalipsis 18:1-4 (Testimonios para los ministros, p. 91-93; Review and Herald, 22 noviembre 1892). E. White lo reconoció frecuentemente en su verdadera identidad (ver Carta B2A, 1892; MS. 15, 1888, etc). Ella nunca dijo que consistiese en enfatizar lo que los pioneros habían sostenido, ni tampoco lo que enseñan las iglesias protestantes evangélicas.
Identificó asimismo el mensaje de 1888 como "aguaceros celestiales de la lluvia tardía" (Special Testimonies, Series A, No 6, p. 19). Con anterioridad, había declarado que la lluvia tardía vendría, o bien como preparación para el fuerte clamor, o simultáneamente con él (Primeros Escritos, p. 271; MS. 15, 1888). Jamás identificó ningún otro mensaje, en ninguna otra ocasión, con la lluvia tardía. No habría podido decir que el fuerte clamor comenzase con el mensaje de 1888, a menos que la lluvia tardía lo hubiese acompañado.
La lluvia tardía y el fuerte clamor representan hoy para la iglesia lo que el nacimiento del Mesías en Belén representó para los judíos. Durante décadas hemos estado orando al Señor para que nos conceda ese don de la lluvia tardía, como oraban los Judíos por la llegada del Mesías. Habían de encontrar en Él el cumplimiento de su destino. Sin embargo, "no le recibieron" (Juan 1:11). De igual forma, nuestra iglesia espera el cumplimiento de su destino en esa lluvia tardía y fuerte clamor que comenzaron hace ya más de cien años.
¿Qué se entiende por "fuerte clamor" y "lluvia tardía"?
Los tres ángeles de Apocalipsis 14:6-12 proclaman un mensaje mundial, pero el original griego da la idea de que su "volar por en medio del cielo" consiste en algo parecido al vuelo de un helicóptero sobre las copas de los árboles. Los 150 años de historia pasada indican al observador sincero que el mensaje ha gozado hasta aquí de una difusión mundial sólo muy limitada.
Pero el cuarto ángel de Apocalipsis 18 desciende "teniendo grande potencia; y la tierra fue alumbrada de su gloria". Ese ángel irrumpe como una gran nave espacial, cuya luz envuelve a toda la tierra. Clama "con fortaleza en alta voz". Aquí tenemos, por fin, la difusión masiva y final del mensaje.
Puesto que Dios es amor, y dado que es imparcial, el mensaje de sus Buenas Nuevas debe extenderse a todo lugar antes que Cristo pueda regresar. Un mensajero inspirado nos dice que "la marca de la bestia será presentada de alguna manera a cada institución y a cada persona " (Mensajes Selectos, vol. III, p. 451). De acuerdo con el carácter justo de Dios, todos deben tener igual oportunidad de oír el mensaje de advertencia.
La "lluvia tardía" es el derramamiento final del Espíritu Santo. Investirá de poder al pueblo de Dios, para que le sea testigo en el conflicto final. Aunque la "lluvia temprana" del Pentecostés fue gloriosa, se nos asegura que el derramamiento final del Espíritu Santo tendrá proporciones aún mayores.
¿Cuál es el tema más importante del mensaje de 1888?
Consiste primariamente en una "revelación de la justicia de Cristo, el Redentor que perdona los pecados" (Review and Herald, 22 noviembre 1892). "Presentaba la justificación por la fe en el Garante la justicia de Cristo" (Testimonios para los ministros, p. 91,92).
Al leer los cientos de declaraciones de apoyo de E. White al mensaje, desde 1888 hasta 1896 (ver Apéndice), uno se siente impresionado por la sobrecogedora convicción de que fue "el comienzo" de la revelación final del evangelio de la justicia por la fe. Había de ser más claro y poderoso de lo que nuestro pueblo (y el mundo) hubiese oído con anterioridad, al menos desde los días de Pablo.
En efecto, una declaración va tan lejos como para afirmar que fue el comienzo de una luz que no se había comprendido desde los días de Pablo, es decir, desde Pentecostés (Fundamentals of Christian Education, p. 473; Review and Herald, 3 junio 1890). En otras palabras, hasta el mismo Pablo habría tenido cosas que aprender del "mensaje del tercer ángel en verdad".
Hubo otros aspectos derivados del mensaje, tales como la reforma pro-salud, la reforma en la educación y en la organización, etc. Pero lo que alegró repetidamente el corazón de E. White fue la gracia sobreabundante de la justicia por la fe. Es fácilmente reconocible el entusiasmo que traducen los cientos de declaraciones de apoyo, en relación con ese aspecto capital del mensaje.
¿Fue el mensaje de 1888 una mera re-enfatización de la predicación de Lutero, Calvino, Wesley, y los evangelistas populares del siglo XIX, tales como Dwight L. Moody y Charles Spurgeon?
El estudio del contenido real del mensaje revela diferencias muy marcadas con el de los reformadores protestantes del siglo XVI, y el de los evangélicos del XIX, o los de nuestros días.
E. White reconoció tales diferencias. Dijo que el mensaje de la justificación por la fe presentado en 1888 era "el mensaje del tercer ángel en verdad" (Review and Herald, 1 abril 1890). Eso representa un problema para algunos (entre nosotros), puesto que es una idea muy extendida el que no hay más que un tipo de justificación por la fe, que es la que enseñan los evangélicos.
Pero una sola pregunta desenmascara el problema: ¿Proclamaron Lutero, Calvino, Wesley y los guardadores del domingo de aquellos días "el mensaje del tercer ángel en verdad"? Si la respuesta es afirmativa, entonces carecemos de fundamento denominacional y no hay razón para la existencia de nuestra iglesia. De forma lógica, la postura generalizada de la "re-enfatización" así lo pretende, y ha propiciado la confusión que ha llevado a pastores y laicos a abandonar la iglesia. Si los evangélicos predican el verdadero evangelio de la justicia por la fe, ¿por qué no juntarse con ellos?
Hasta donde conocemos, E. White no describió jamás el mensaje como una re-enfatización del evangelio enseñado ya anteriormente. De hecho, afirmó que era "la primera vez que oía de labios humanos la presentación clara de ese tema" que ella hubiese jamás escuchado en una predicación pública (MS. 5, 1889).
Sin duda había ciertos aspectos menores del mensaje que otros habían proclamado con anterioridad; pero ella reconoció una perspectiva nueva y distinta que nunca antes se había visto claramente. Como una imagen que se enfoca con mayor nitidez, "grandes verdades que habían permanecido sin ser vistas ni oídas desde el día de Pentecostés, brillaron a partir de la Palabra de Dios en su pureza original" (Fundamentals of Christian Education, p. 473). Esa es la razón por la que identificó el mensaje como "el comienzo" de la lluvia tardía y el fuerte clamor, luz que no había alumbrado hasta entonces la tierra con su gloria.
Si aceptamos el mensaje de la justificación por la fe de las iglesias populares guardadoras del domingo ("cristianismo evangélico"), ¿no bastará eso, como sustituto del mensaje de 1888?
Si el mensaje de 1888 es "el mensaje del tercer ángel en verdad", es evidente la imposibilidad de que los conceptos evangélicos puedan sustituirlo, ya que las iglesias populares guardadoras del domingo no están proclamando el mensaje del sello de Dios y la marca de la bestia, sino la falsificación del mismo. De hecho, el mensaje de la genuina justificación por la fe de 1888, "se manifiesta en la obediencia a todos los mandamientos de Dios" (Testimonios para los ministros, p. 92). ¡Eso debe incluir la observancia del cuarto mandamiento! Sin embargo, las iglesias evangélicas se han opuesto categóricamente a las verdades del sábado y del santuario, durante toda la existencia de la Iglesia Adventista. En alguna parte hay algo que no encaja.
Hay verdades fundamentales de la expiación, la cruz, el significado del amor y la fe genuinos, la motivación a la obediencia, que en la "justificación por la fe" de los evangélicos están, o bien ausentes, o seriamente distorsionadas. Las mentes más capaces y profundas entre los evangélicos, están actualmente ocupadas en el estudio del problema real de la expiación. ¿Por qué han pasado 2000 años de historia desde que tuvo lugar el gran acontecimiento de la cruz, que según la comprensión de ellos era la victoria final? Fuera del predeterminismo calvinista, son incapaces de dar respuesta al interrogante planteado por la prolongada demora.
El antiguo Israel fue tentado y seducido continuamente por las falsas doctrinas de sus vecinos. Aquellas ideas paganas eran aparentemente similares. Una de ellas consistía en la adoración de Baal. Si el Señor ha confiado el mensaje del tercer ángel a los Adventistas del Séptimo Día, hemos de esperar que haya tentaciones similares a confundirlo con una falsificación del mismo. De alguna forma, tiene que emerger una verdad más clara a partir de la cruz de Cristo, de la que presentan las iglesias guardadoras del domingo.
Hemos estado oyendo predicaciones sobre la justificación por la fe en nuestras iglesias, congresos y asambleas. ¿En qué difiere el mensaje de 1888 de lo que hemos estado ya oyendo en todos estos años pasados?
Hay en él muchas verdades maravillosas y frescas que en general no son hoy comprendidas. Por ejemplo:
(1) La revelación de la proximidad del Salvador. Es a lo que E. White se refirió como "el mensaje de la justicia de Cristo". "Justicia" no es lo mismo que "santidad". En Lucas 1:35 leemos que Él sería "lo santo que nacerá". Pero a medida que creció como hombre y llegó finalmente hasta la cruz, desarrolló un carácter "justo". La santidad denota el carácter de alguien que es santo en una naturaleza impecable. Así, leemos acerca de "ángeles santos". Nunca acerca de "ángeles justos".
(1)La justicia denota el carácter de aquel que, habiendo tomado la naturaleza humana pecaminosa, ha resistido y conquistado el pecado. Así, la frase "Cristo nuestra justicia", significa que Cristo "venció" y "condenó" al pecado en la misma naturaleza caída y pecaminosa que nosotros tenemos. Vino tan cerca de nosotros hace 2000 años, y por siempre a partir de entonces, que "condenó al pecado en la carne" (Apoc. 3:21; Rom. 8:3). Dado que el Padre y el Hijo son uno, y que el Padre estaba en Cristo en su encarnación, se presenta también al Padre como "justo" (2 Cor. 5:18,19).
Cristo ha hecho del pecado algo obsoleto. No hay ya más excusa para él. Se hizo en verdad uno de nosotros, Dios al 100%, y sin embargo, también hombre al 100%. "Tomó sobre su naturaleza impecable, nuestra naturaleza pecaminosa" (Medical Ministry, p. 181), y así puede salvarnos a cada uno de nosotros de nuestros pecados, no en ellos. Él conoce nuestras tentaciones, dado que fue "tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado" (Heb. 4:15).
Esas Buenas Nuevas conmueven el corazón humano. Ahí radica la verdad que explica los 2000 años transcurridos sin que haya venido Cristo, algo que las iglesias populares no pueden explicar.
(2) El ministerio de Cristo en el santuario, en la expiación final. Aquí es donde la verdad sobre la naturaleza de Cristo brilla en su esplendor, y trasciende a la estéril argumentación teológica. El libro de Apocalipsis nos muestra un pueblo que por fin constituye "las primicias" del sacrificio de Cristo, y que está "sin mácula" ante su trono (14:5-12). La clave de su victoria radica en vencer como Él venció (3:21).
Brilla aquí por sí misma la verdad de la naturaleza de Cristo. El ministerio sumo-sacerdotal en el lugar santísimo del santuario celestial, desde 1844, es una gran verdad que ha de alumbrar todavía la tierra con su gloria, y concentrar la atención sobre los temas de la conclusión del gran conflicto (El Evangelismo, p. 165, 166). La identidad de nuestra Iglesia Adventista depende del fundamento de esa verdad del santuario. Sin embargo, es bien conocida su virtual desaparición de las predicaciones en nuestros días. Y nuestros hermanos Evangélicos no enseñan nada que se parezca a ese ministerio del Día de la Expiación.
(3) El mensaje de 1888 une la justificación por la fe con esa obra especial de la expiación final. Es por ello que E. White vio en él de forma singular y única "el mensaje del tercer ángel en verdad". Se gozó en reconocer la tan largamente esperada conexión entre ambos.
En los primeros meses de 1890, escribió una serie de artículos en la Review and Herald, que demostraron la forma en la que este mensaje es la esencia de la verdad de la purificación del santuario (desde el 21 de enero hasta el 3 de junio).
(4) El mensaje no consiste en una orden severa de "preparaos, o de lo contrario ", sino en gloriosas buenas nuevas de cómo prepararse. Transforma los imperativos adventistas en habilitaciones evangélicas. Revela al Salvador como al divino Médico del alma, que está "cercano, a la mano", el Sanador de toda herida causada por el pecado en la mente del hombre. Es el gran Originador de todo bálsamo sanador, el diseñador del único programa eficaz para afrontar la desesperada necesidad de los adictos a cualquier cosa, desde el alcohólico, hasta el comprador compulsivo. Es también la única esperanza para la adicción de los santos de Laodicea a la tibieza mundanal.
Era la intención del cielo que los adictos de la clase que fuese, hallaran salvación "entre el remanente" (Joel 2:32), más bien que en los programas del mundo. Los Adventistas del Séptimo Día fuimos llamados a ser los "primeros" en exaltar al auténtico Salvador que fue tentado en todas las cosas, como es tentado todo adicto sobre la tierra, pero sin pecado. Es así como puede salvar hasta lo sumo a los que por Él se allegan a Dios.
(5) La seguridad de la salvación es algo que deriva de la verdad de la justificación por la fe presentada en 1888. El calvinismo afirma que Cristo murió solamente por los elegidos. El arminianismo protesta, y señala que murió por "todos los hombres", pero a la vez especifica que hizo solamente algo "provisional", y así, es posible que "todos los hombres" sean justificados si toman la iniciativa de hacer bien cierta cosa. Si el pecador no aprovecha el ofrecimiento, entonces la muerte de Cristo no ha significado ni significará ningún bien para él. Tal es la idea general que ha venido sosteniendo nuestro pueblo.
Los mensajeros de 1888 vieron que la cruz significó mucho más que una mera provisión, en espera de la iniciativa del pecador. ¡Cristo hizo algo por cada ser humano! "Todos los hombres" deben su vida actual al sacrificio de Cristo. La salvación del hombre depende de la iniciativa de Dios, y la condenación depende de la iniciativa del hombre. Cuando el pecador oye las buenas nuevas y las cree, responde a la iniciativa de Dios, y experimenta así la justificación por la fe.
Aquí es donde el concepto de 1888 de la justificación por la fe pone en evidencia un tipo sutil de legalismo no reconocido anteriormente. En la pura justificación por la fe que presenta el Nuevo Testamento, "la jactancia es excluida" (Rom. 3:27), pero según el punto de vista popular, el factor clave es la iniciativa del pecador. Puede decir: [yo] he aprovechado el ofrecimiento, [yo] he aceptado la provisión, [yo] he hecho la decisión que me llevará al cielo. El sacrificio de Cristo no me hizo ningún bien, hasta que [yo] tomé alguna determinación al respecto. Así, subyace un pensamiento egocéntrico, y un residuo de legalismo subliminal.
Esa idea conlleva una trágica carencia. Cristo gustó realmente la muerte segunda "por todos", e hizo propiciación por los pecados "de todo el mundo" (Heb. 2:9; 1 Juan 2:2). Los pecados de "todos los hombres" le fueron legalmente imputados en su muerte, de forma que nadie hasta ahora ha tenido que soportar la plena carga de su culpabilidad (Rom. 5:16-18; 2 Cor. 5:19).
El resultado es que "todos los hombres" viven porque Él murió por ellos, sea que crean o no (2 Cor. 5:14,15). La cruz del calvario está "estampada" en cada pan. Eso significa que tanto santos como pecadores comen su alimento diario siendo nutridos por el sacrificio de Cristo (El Deseado, p. 615). Él "sacó a la luz la vida y la inmortalidad por medio del evangelio" (2 Tim. 1:10). La vida a "todos los hombres". La inmortalidad, además, a los que creen.
Puesto que todos los hombres viven debido a que sus transgresiones le fueron imputadas a Aquel que murió en su lugar, es correcto decir que tuvo lugar una justificación de tipo legal, en favor de todos los hombres (algunos prefieren llamarle "justificación corporativa", o "justificación temporal universal"; son términos que se refieren a la misma verdad). Puesto que "todos los hombres" están bajo "condenación" legal "en Adán", por nacimiento, Cristo viene a ser hecho el "postrer Adán", en quien toda la raza humana es legalmente absuelta (1 Cor. 15:22; Rom. 5:16-18).
(2) Tal es el concepto neotestamentario que encierra la repetida expresión "en Cristo".Eso no significa que todos los hombres serán salvos en contra de su voluntad. Es posible despreciar y rechazar el don que Cristo ha dado a "todos los hombres". Él no va a forzar a nadie. Pero los mensajeros de 1888 explicaron que cuando el pecador oye y cree esas buenas nuevas, su experiencia de la justificación por la fe le hace entonces "obediente a todos los mandamientos de Dios", incluyendo el sábado del cuarto mandamiento. Tal es el único resultado posible, cuando un pecador se aferra de la justicia de Cristo mediante una fe inteligente, informada. No es maravilla que E. White se gozase tanto al oír el mensaje por primera vez.
Así, el mensaje de 1888 reconoce la parte de verdad que hay en el calvinismo y en el arminianismo, pero va más allá que ninguno de ellos. Como bien discierne el calvinismo, la salvación del pecador se debe enteramente a la iniciativa de Dios. De acuerdo con el arminianismo, todos los hombres tienen igual posibilidad de salvación. Pero lo que ninguno de los dos discierne es que Cristo llevó los pecados de "todos los hombres", y murió la segunda muerte por "todos los hombres". Tomó la iniciativa de salvar a todos los hombres. La única razón por la que un pecador pueda perderse es porque tome la iniciativa de despreciar y rechazar la justificación que se le ha dado ya, y que es puesta en sus manos (ver Juan 3:16-19; 12:48).
Así, el mensaje de 1888 ve el pecado en una luz mucho más seria de lo que es común entre muchos adventistas. No es un pasivo "no hacer nada". El pecado es tan terrible que significa la resistencia y rechazo continuo de la gracia salvífica de Dios.
(3) El pecador no se da cuenta de lo que está haciendo, y necesita que se le haga tomar conciencia de ello. Es en esa luz como puede apreciarse el arrepentimiento en sus verdaderas dimensiones.(6) El Espíritu Santo es mucho más poderoso de lo que habíamos imaginado. Cuando uno comprende y cree lo buenas que son las buenas nuevas, se da cuenta de que es fácil ser salvo, y difícil perderse.
La salvación no depende de que busquemos y hallemos a Dios (que es el elemento común a toda religión pagana en el mundo), sino de que creamos que Él nos está buscando y nos ha encontrado. El Espíritu Santo es más fuerte que la carne (Gál. 5:16,17), y la gracia sobreabundó mucho más de lo que pueda abundar el pecado (Rom. 5:20).
(7) En otras palabras, el mensaje de 1888 eleva el amor de Dios como Salvador, muy por encima de la categoría de algo meramente provisional. No lo presenta ante el pecador como una oferta casual de "lo tomas o lo dejas", "si no aprovechas la oportunidad, tanto peor para ti". No. Cristo se presenta como el Buen Pastor que está buscando activamente a cada oveja perdida "hasta que la encuentra" (Luc. 15:4). Es preciso hacer oír al pecador tan buenas nuevas como esas.
El amor de Dios queda inmensamente clarificado en los conceptos bíblicos del mensaje de 1888. El único resultado posible es el reemplazo de las obras muertas por un ferviente servicio de fe, una devoción que no conoce límites. La tibieza resulta imposible para aquel que comprende y cree el evangelio en su pureza.
(8) La verdad sobre los dos pactos, con su poder para cambiar los corazones. Ese concepto singular de 1888 no es bien comprendido hoy en la iglesia, ni entre los cristianos evangélicos. A E. White se le mostró que el Señor había dado a los mensajeros de 1888 la correcta comprensión sobre los dos pactos.
(4)De nuevo, no se trata de un puzzle teológico, sino de piedad práctica. Pablo dice que una incorrecta comprensión de los pactos, engendra "servidumbre" (Gál. 4:24). Sin saber lo que estábamos haciendo, hemos instruido en el antiguo pacto a nuestros jóvenes y niños durante décadas. El resultado ha sido la pérdida espiritual de muchos de ellos. Al comparar la posición del mensaje de 1888 sobre los dos pactos, con la posición generalmente sostenida entre nosotros, no debería sorprendernos que el 70% de nuestros jóvenes tenga una comprensión deficiente del evangelio (según la encuesta Valuegenesis), y que perdamos tantos de ellos.
Lo mismo que sucede con una comprensión errónea de la justificación, la posición sobre los dos pactos que se opone a la presentada en 1888, abre la puerta a un tipo de motivación egocéntrica, que es la esencia del legalismo. No somos salvos haciendo promesas a Dios, sino creyendo las promesas que Él nos hace a nosotros. (El re-descubrimiento de la idea de 1888 sobre los dos pactos fue la chispa que encendió el reavivamiento actual del interés por este mensaje).
(5)(9) La motivación correcta para servir a Cristo constituye la dinámica de la auténtica justificación por la fe. La justificación legal fue efectuada en la cruz por "todos los hombres"; es algo objetivo.
(6) Motiva al creyente a una completa devoción a Cristo, experimentando así la justificación por la fe, que es algo subjetivo. La motivación centrada en el yo implica el legalismo. Estar "bajo la gracia" es reconocer la motivación superior impuesta por una apreciación sincera y ferviente de la gracia de Cristo. Eso libra de la motivación inferior consistente en el temor al castigo o el afán de recompensa (Rom. 6:14,15; Heb. 2:15; El Deseado, p. 446).Si bien es cierto que el mensaje de 1888 constituye gloriosas buenas nuevas para los que aprecian la cruz de Cristo, abre la posibilidad de muy malas nuevas para aquellos que prefieren seguir inconscientes de su verdadera condición espiritual. Estar "bajo la ley" es lo opuesto a estar "bajo la gracia". Es por ello que el legalismo es la verdadera esencia de toda motivación impuesta por el miedo a perderse o por el deseo de recompensa. Pero hay un remedio: "En el perfecto amor [agape] no hay temor" (1 Juan 4:18).
Por contraste, la preocupación superficial por nuestra seguridad de ser salvos, queda en evidencia como algo pueril. El concepto de la gracia de 1888 hace posible la liberación de esa profunda raíz de egoísmo. Capacita al creyente para que comparta una estrecha proximidad con Cristo, para que venga a ser incorporado en Él, estando su ego "con Cristo juntamente crucificado". Pablo se refiere frecuentemente a los creyentes como estando en Cristo. "Hemos sido unidos con él en una muerte semejante a la suya" (Rom. 6:5).
(7)Todo cuanto deje de alcanzar ese ideal, constituye un tipo inmaduro de justificación por la fe, apropiado solamente para esa niña que en los casamientos se encarga de llevar el ramo de flores de la novia (mientras piensa en la torta o pastel nupcial). La verdadera novia tiene una motivación superior: el honor y la vindicación de su Esposo, ya que finalmente se ha "unido", o incorporado con él.
(10) Por lo tanto, la noción de 1888 de la "perfección", no consiste en un anhelo de seguridad motivado por el temor, sino en una preocupación centrada en Cristo, en el sentido de cooperar en que él reciba su recompensa. La victoria [sobre el pecado] deja entonces de estar degradada al nivel de la elucubración teológica, un campo susceptible a forzar las palabras de E. White, hasta terminar en la contradicción.
La verdadera motivación que da el estar "bajo la gracia", sería imposible para el ser humano pecaminoso, de no ser por la revelación del sacrificio de Cristo. Pero el "gloriarse en la cruz" es una experiencia al alcance de todo pecador que la contemple y acepte. ¡Habrá un pueblo preparado para la venida de Cristo!
¿Podemos reclamar para Jones y Waggoner la "inspiración verbal", o pretender la perfecta exactitud de cada una de sus palabras?
No, ni tampoco lo podemos hacer con las palabras de la Biblia, o de los escritos del Espíritu de Profecía.
(8) El valor de un mensaje radica en la luz que contiene, en los conceptos que iluminan las verdades del evangelio eterno, al que tanto se ha perdido de vista. Nadie pretende reclamar para Jones o Waggoner lo que la misma E. White jamás reclamó para sí. Ella afirmó que eran "mensajeros delegados del Señor", y que tenían "credenciales del cielo" (Ver Apéndice).El mensaje dado por Jones y Waggoner, tal como se lo encuentra en sus libros y artículos, contiene sus propias credenciales. Conmueve hoy a las almas, porque sus conceptos básicos son tan diferentes y refrescantes, que siguen siendo "nueva luz". Y eso que fueron solamente "el comienzo" del "fuerte clamor" que ha de extenderse finalmente a todo lugar.
Hoy necesitamos provisión fresca del "pan de vida". Necesitamos recordar que cuando Jesús alimentó a los cinco mil, dijo a sus discípulos, "Recoged los pedazos que sobraron, para que no se pierda nada" (Juan 6:12). Si el Señor "envió" el mensaje de 1888, debemos recoger cada "pedazo" que su providencia nos ha concedido, "para que no se pierda nada". Con seguridad, es ya tiempo de que el pueblo de Dios en todo el mundo reflexione seriamente. ¿No constituye una irreverencia el que pidamos al Señor nueva luz, mientras que criticamos y rechazamos la que él nos ha envió ya con anterioridad?
El mensaje de 1888 fue dirigido a una cultura diferente de la nuestra hoy. ¿Cómo puede ese mensaje de un siglo de antigüedad satisfacer las necesidades de un mundo secularizado que ha dejado de creer en Dios y en la Biblia?
El hombre moderno se ha confinado en un refugio subterráneo con muros seculares de dos metros de espesor. Pero el Espíritu Santo tiene un misil capaz de penetrar esas paredes: el mensaje de amor agape que emana de la cruz de Cristo.
Eso no significa que otros aspectos del mensaje adventista hayan perdido validez. Sigue siendo cierto que la reforma pro-salud es "el brazo derecho del mensaje", y que contribuye a vencer los prejuicios. El calor de la hermandad en la iglesia es necesario para aliviar las necesidades sociales de la gente. La educación que la iglesia sustenta, provee (al menos en considerable medida) un refugio para los niños y adolescentes. Nuestras 27 creencias fundamentales procuran cohesión a nuestra filosofía religiosa. Pero persuadir al moderno hombre secularizado a que se adhiera a nuestro club no es lo mismo que alumbrar la tierra con la gloria del evangelio. Es posible que en nuestro "club" prevalezca aún la misma orientación hacia el ego, que fuera de él.
Lo que hace falta son buenas nuevas que iluminen un mundo entenebrecido por una comprensión equivocada de Dios, y reconciliar con él los corazones enemistados y secularizados.
Se trata de una comprensión del amor de Dios que trasciende los conceptos de la moderna Babilonia. "El mensaje del tercer ángel en verdad" que se nos dio en 1888 es el "comienzo" de ese mensaje. En esencia, es la revelación de un amor que va más allá de la comprensión habitual. Nada que sea menor que la revelación de la plena "anchura, la longitud, la profundidad y la altura" de ese amor, puede bastar. El "fuerte clamor" no va a ser un aterrador llamamiento que induzca al miedo, sino "una revelación de su carácter de amor" (Palabras de vida del gran Maestro, p. 342).
Si aclaramos la noción del agape a un ateo evolucionista, pongamos por ejemplo, y le preguntamos dónde hubiese podido originarse una idea tan radical, habrá de reconocer que solamente puede proceder de cierta cruz en una colina solitaria conocida como el Calvario.
"El incomparable amor de Cristo, mediante la agencia del Espíritu Santo, traerá convicción y conversión al corazón endurecido" (Christ Our Righteousness, p. 61). Afirma E. White, en una declaración desconocida hasta hace pocos años: "Durante años he visto que hay un eslabón roto que nos ha impedido ganar los corazones, ese eslabón se restaura al presentar el amor y la gracia de Dios" (Remarks to Presidents, 3 marzo 1891; Archivos de la Asociación General).
Nadie puede exaltar la cruz como nosotros, los adventistas, si humillamos nuestros corazones para recibir la luz que el Señor nos envió. Eso es así porque ningún otro pueblo puede comprender, tanto la naturaleza del hombre como la de Cristo, según la comprensión que el Señor quiso otorgarnos.
El hombre secularizado que vive en este último período de la era cristiana, necesita el mismo mensaje que el Señor envió a los paganos en el primer siglo: Cristo y éste crucificado. Los apóstoles hablaban el lenguaje de sus días, nosotros hablaremos el de los nuestros. Pero la proclamación de esa misma Cruz sigue desafiando el pensamiento del hombre moderno, y penetra las defensas en las que ha blindado su corazón mundano.
El "adventismo histórico" genera temor al juicio investigador. ¿Provee el mensaje de 1888 una solución a ese problema?
Es cierto que un temor tal ha ensombrecido la iglesia por décadas. Roger L. Dudley recoge esa idea recurrente entre jóvenes estudiantes (Why Teenagers Reject Religion, Review and Herald 1978, p. 9-21). Marvin Mooore, en The Refiners Fire (Pacific Press, 1990) reconoce lo generalizado del problema, y busca sinceramente una solución.
El apóstol Juan afirma que allí donde haya temor, hay una ausencia de agape, ya que "el perfecto amor echa fuera al temor" (1 Juan 4:18). Habría sido imposible que ese temor sobrecogiera a nuestros jóvenes en la década de los noventa, si hubiésemos aceptado el "preciosísimo mensaje" en la era de 1888, y a partir de entonces. Ese tipo especial de amor, el agape, es la idea básica del mensaje.
La solución del problema del temor es revelar al verdadero Cristo que vino "en semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne". La verdad liberadora se nos presenta en estos términos: "Por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, es a saber, al diablo, y librar a los que por el temor de la muerte estaban por toda la vida sujetos a servidumbre" (Heb. 2:14,15).
¿Cómo hace el mensaje para librar de ese temor?
En todas sus facetas, está enfocado a la realidad de cuanto sucedió en la cruz. Esa "revelación" fue algo así como los rayos del sol a través de una lupa: el inicio de una combustión que habría de barrer de los corazones humanos el temor.
Una contribución singular del adventismo al mensaje de la cruz es que Cristo murió el equivalente a la muerte segunda, muerte en la que renunció a toda esperanza de resurrección (El Deseado, p. 701). Cuando los corazones humanos embargados por el temor ven al verdadero Cristo en esa "revelación" del agape, se identifican con él de tal manera que el yo queda "con Cristo juntamente crucificado", y el creyente es injertado en él, como dice Pablo. La unión es tan estrecha como la de un marido con su esposa. "Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús" (Fil. 2:5). El creyente se hace uno con el Señor crucificado.
Al comprender la realidad de su descenso hasta las profundidades del infierno a fin de salvar nuestras almas, al ver cómo se enfrentó con esa completa aniquilación de toda esperanza, cómo escogió caer en las tinieblas eternas, la separación perpetua del rostro de su Padre, a fin de redimirnos a nosotros, esa unión con él comienza a expandir nuestro corazón encogido, de forma que podemos comenzar a comprender el precio que le costó salvarnos. Nunca podremos copiar su sacrificio, pero podemos apreciarlo. Miramos a la grandiosa cruz, donde murió el Príncipe de gloria, y eso extirpa el temor de nuestro corazón.
La razón es simple: Puesto que ningún temor puede superar al temor del infierno (perdición, destrucción), si ese temor resulta conquistado al apreciar su sacrificio, mediante la identificación con él en su cruz, entonces, todo temor de orden inferior tiene que resultar disipado.
Por ejemplo, ¿cómo podría el ladrón penitente sobre la cruz ser atormentado de nuevo por el temor? Para toda otra persona que haya sido crucificada con Cristo se dará una liberación similar. No existe en todo el universo un temor que pueda sobrevivir a la unión sincera con Cristo en esa hora de su cruz. Sin embargo, hay que repetir una vez más que solamente a la luz del "mensaje del tercer ángel en verdad" es posible comprender las plenas dimensiones de ese sacrificio.
Tal fue el impacto del mensaje de 1888. Recuperó la gran preocupación de Pablo: "El [agape] de Cristo nos apremia, habiendo llegado a esta conclusión: que si uno murió por todos, luego todos murieron" (2 Cor. 5:14). ¿Cómo podría alguien que se sabe "muerto" volver a tener temor de alguna cosa? ¿Cómo podría alguien que ha pisado ya el infierno (al estar crucificado con Cristo) estar atemorizado de alguna otra cosa menor que el infierno?
Pero ¿no es acaso el miedo adventista al juicio investigador precisamente eso, el miedo al infierno?
Sí, desprovisto de la idea de 1888, está dominado por ese temor. Pero el "yo" crucificado con Cristo no significa el esfuerzo humano por torturarnos a nosotros mismos en una agonizante crucifixión auto-infligida. Siempre es "con Cristo". El mensaje de la cruz constriñe a una vida de servicio libre de temor, " para que los que viven, ya no vivan para sí, mas para aquel que murió y resucitó por ellos" (v. 15).
Cuando Pablo dice "con Cristo estoy juntamente crucificado", no se está jactando de lo buen cristiano que es, como si él mismo se estuviese clavando a la cruz, crucificándose a sí mismo. Lo que está diciendo en realidad es:
Al contemplar la excelsa cruz
do el Rey de gloria sucumbió,
tesoros mil que ven la luz,
con gran desdén contemplo yo
(Isaac Watts, himno nº 91)
Dice virtualmente: Mi "yo" orgulloso está crucificado con Cristo. El yo no puede vivir y reinar más: su agape aniquiló el amor al yo. Y dado que el yo está ahora crucificado con él, el temor se ha esfumado, puesto que todo temor tiene su origen en el amor al yo.
El mensaje de 1888 enmarcó la doctrina del juicio investigador en su perspectiva correcta, introduciendo una motivación cristocéntrica, en lugar de la preocupación por nuestra propia salvación personal. Es por ello que E. White unió el mensaje de la justificación por la fe de 1888 con la verdad del juicio investigador en esa serie especial de artículos de la Review and Herald, en los primeros meses de 1890.
Pero hay una declaración de E. White que siempre me ha preocupado, en El Conflicto, p. 477,478. ¿Por qué escribió E. White algo tan terrible?
Quizá no hayamos comprendido bien la cita. Dice así:
El profeta dice: ¿Pero quién es capaz de soportar el día de su advenimiento? ¿y quién podrá estar en pie cuando él apareciere? Porque será como el fuego del acrisolador, y como el jabón de los bataneros; pues que se sentará como acrisolador y purificador de la plata; y purificará a los hijos de Leví, y los afinará como el oro y la plata, para que presenten a Jehová ofrenda en justicia (Mal. 3:2,3). Los que vivan en la tierra cuando cese la intercesión de Cristo en el santuario celestial deberán estar en pie en la presencia del Dios santo sin mediador. Sus vestiduras deberán estar sin mácula; sus caracteres, purificados de todo pecado por la sangre de la aspersión. Por la gracia de Dios y sus propios y diligentes esfuerzos deberán ser vencedores en la lucha con el mal. Mientras se prosigue el juicio investigador en el cielo, mientras que los pecados de los creyentes arrepentidos son quitados del santuario , debe llevarse a cabo una obra especial de purificación, de liberación del pecado, entre el pueblo de Dios en la tierra. Esta obra está presentada con mayor claridad en los mensajes del capítulo 14 del Apocalipsis.
Ese párrafo posiblemente haya causado temor entre muchos adventistas, por no haber discernido las buenas nuevas que contiene. En un esfuerzo por combatir ese miedo, algunos instructores y escritores han intentado eludir su auténtica implicación, rebajando la norma de lo que significa estar "sin mancha", o "purificados". Contradicen la declaración, sugiriendo que nuestro carácter no tiene por qué alcanzar esa norma. Según ellos, todo cuanto se necesita es la imputación legal de una justicia externa.
Se procura evadir el problema afirmando que el Cristo impecable tiene que continuar en su papel de sustitución, cubriéndonos así en nuestro continuo pecar. Según eso, tal mediación debe continuar después que "cese la intercesión de Cristo en el santuario celestial". Pero eso no constituye ciertamente una explicación válida del párrafo, sino una negación del mismo, que dice exactamente lo opuesto.
El mensaje de 1888 fue "el comienzo" de la respuesta a ese problema:
(a) El sacrificio de Cristo en la cruz aseguró la justificación legal para "todos los hombres". Es entonces cuando fue hecho nuestro sustituto. Debido a que "el pecado de todos nosotros" le fue imputado a él, a "todos los hombres" les fueron legalmente imputadas las vestiduras inmaculadas [el carácter sin mancha] de Cristo. Todos los hombres han recibido su vida actual en virtud de la muerte de Cristo en el lugar de ellos. Así, todos los hombres han sido "elegidos" para salvación.
Todo miedo a perderse es desterrado por una apreciación profunda y sincera de la obra de Cristo en la cruz. En las horas postreras de la historia de esta tierra, un pueblo comprenderá por fin lo que eso significa. Como sumo sacerdote, Cristo cumplirá todo aquello para lo cual murió, a fin de que sea algo real, no solamente por nosotros, sino también en nosotros, si no se lo impedimos.
(b) La declaración que consideramos especifica claramente que es Cristo quien "purificará a los hijos de Leví, y los afinará como el oro y la plata". Es "por la sangre de la aspersión" como han de ser purificados. La purificación del santuario no es la obra del hombre, sino la obra del Sumo Sacerdote. Se debe a su divina iniciativa. Su pueblo tiene ciertamente algo que hacer: cooperar con él, permitirle a él que obre (Fil. 2:5; 3:15; Col. 3:15, etc).
(c) La purificación del santuario es la "expiación final", el fruto de todo lo que Cristo cumplió en su cruz. Él es el "Salvador del mundo" (Juan 4:42; 1 Juan 4:14). No somos los salvadores de nadie, y aún menos de nosotros mismos.
Pero esa declaración dice que es por "sus propios y diligentes esfuerzos" por los que "deberán ser vencedores". Mi falta de "diligentes esfuerzos" es lo que me llena de temor.
La frase dice, "Por la gracia de Dios y sus propios y diligentes esfuerzos " ¿Qué figura en primer lugar?
Está clara la idea de que el Sumo Sacerdote hará esa obra, si no se lo impedimos. Nuestros "propios y diligentes esfuerzos" son lo mismo que "el amor [agape] de Cristo nos constriñe" que motivaba a Pablo a vivir para Cristo y no para sí. "El amor de Cristo" imparte una nueva motivación "bajo la gracia" que sustituye a la motivación "bajo la ley" impuesta por el temor. Nuestros propios diligentes esfuerzos no son nunca la obra de nuestra propia iniciativa, sino siempre una respuesta a la iniciativa del Espíritu Santo, el Consolador que fue enviado para que estuviese con nosotros siempre.
El pensamiento de nuestras vestiduras "sin mancha" no debiera atemorizarnos más de lo que atemoriza a una novia lo inmaculado de su vestido de boda, ante la mirada del esposo. Lo que la motiva es solamente su amor, aprecio y respeto hacia él, no su temor a que la rechace. La razón por la que Cristo envió el mensaje de 1888 fue el suscitar en su pueblo una preocupación por Cristo como la que caracteriza a una novia por su futuro esposo. Es una noción totalmente diferente a la habitual preocupación pueril por nuestra propia seguridad. En una unión tal "con Cristo", el ego cae en la insignificancia que en toda justicia le pertenece.
¿Cómo es que una "unión" tal nos purifica del pecado?
La liberación de la preocupación egocéntrica, mediante la unión con Cristo, purifica siempre del pecado. El fruto que hubiese dado el mensaje de 1888, en el caso de que no se lo hubiese resistido, habría sido el que expone Apocalipsis 19:7,8:
Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. Y a ella se le ha concedido vestirse de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los santos.
Ahí encontramos los vestidos "sin mancha". Es la "sangre" la que obró la purificación, ya que el Esposo resulta ser el Cordero que fue inmolado.
Ninguno de los redimidos supo jamás
lo insondables que fueron las aguas que atravesó
ni lo tenebrosa que fue la noche por la que el Señor pasó
hasta encontrar a su oveja perdida
Pero finalmente hay un pueblo que aprendió a apreciar cuán profundas fueron esas aguas por las que atravesó, y cuán densas las tinieblas de ese valle de sombra y de muerte que el Cordero conoció. "La sangre de la aspersión" es el elemento clave en el a menudo temido juicio investigador. Cuán trágico es que su futura esposa se haya estado resistiendo durante más de un siglo, oponiéndose al Señor en esa "obra" descrita por E. White en su artículo del 21 de junio de 1892 (Review and Herald).
(9) Y ¡cuán doblemente trágico que hayamos estado atemorizados ante el más bendito ministerio que jamás haya tenido lugar en favor nuestro!Imaginemos un amante verdadero, en procura de ganar el corazón de su ansiada esposa. Pero ésta, preocupada continuamente por las manchas de su vestido nupcial, lo resiste y retrasa la boda debido a su incapacidad de comprender o apreciar cuánto la ama su futuro esposo.
¿Significa eso que el pecado no tiene importancia? ¿Quiere decir que no tenemos una gran obra que hacer a fin de vencer?
El pecado importa, y mucho; y tenemos una gran obra que hacer. El mensaje de 1888 dice simplemente que la verdadera gloria de Dios se revela en la excelsa luz de la Cruz. El pecado no puede existir en esa luz. "La fe obra por el amor y purifica el alma".
No somos nosotros quienes purificamos el alma; es la fe la que hace la obra. Una y otra vez el Señor ha intentado hacer comprender a su pueblo la verdad de que la justicia viene por la fe, no por las obras. No es haciendo como lavamos nuestras vestiduras, sino creyendo en esa sangre del Cordero.
Y eso no es gracia barata. Es gracia terriblemente cara. Sólo al final del tiempo aprende por fin el pueblo de Dios a sentir cuánto ha costado realmente. El pecado resulta entonces vencido por siempre, porque el amor al yo se venció ya, y el conflicto de los siglos termina por fin.
Sí, tenemos una gran obra por hacer: "Ésta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado" (Juan 6:29). Nuestra "obra" suprema consiste en ¡aprender a creer!
Es imposible para el alma que cree, el continuar en la transgresión de la ley de Dios, si tiene un corazón que, por más endurecido y frío que hubiese estado anteriormente, fue enternecido ante la visión de esa "sangre" del Cordero.
Pero ¿cómo puede uno aprender a "deleitarse" en la ley de Dios, los diez mandamientos?
Lo que nos enseña a decir ¡No! a los deseos de la carne, y a todas las adicciones compulsivas y perversiones a las que el diablo intenta llevarnos, no es el temor al castigo ni la expectativa de recompensa, sino el contemplar esa excelsa Cruz. La gracia de Dios ha traído ya salvación a todos los hombres, y nos enseña a pronunciar esa palabra: "No" (ver Tito 2:11,12).
Como la fea crisálida transformándose en una bella mariposa, los diez mandamientos dejan de ser diez prohibiciones para convertirse en diez gloriosas promesas. En efecto, el Señor nos dice que si apreciamos lo que le costó realmente redimirnos, cómo nos sacó de tierra de Egipto, de tierra de esclavitud, entonces nos promete que nunca robaremos, mentiremos, cometeremos adulterio, etc.
¡Oh Israel, si quisieras escucharme!
No habrá en medio de ti dios ajeno,
ni te inclinarás a dios extraño.
Yo soy Jehová tu Dios,
que te hice subir de la tierra de Egipto
(Sal. 81:8-10)
(ver E.G.W. Comentario Bíblico Adventista, vol. 1, p. 1119).
Eso sucede así porque el Espíritu Santo viene a ser una motivación en el creyente, más fuerte que los impulsos de su naturaleza pecaminosa (ver Gál. 5:16-18; Rom. 8:2).
¿Necesitamos, como iglesia, las bendiciones del mensaje de 1888? "En su gran misericordia el Señor [nos] envió" ese mensaje. ¿No sería una increíble arrogancia el pretender que no necesitamos lo que el Señor nos envía? ¿Cómo puede el cielo valorar nuestra negligencia al respecto?
¿Cómo puede el concepto de 1888 de la justificación por la fe resolver el problema de tantos adventistas que carecen de "seguridad en la salvación"?
La verdad de la justificación por la fe, según el mensaje de 1888, es el ingrediente perdido, tanto en el "adventismo histórico" como en la "nueva teología".
(10) Ambos siguen en general conceptos arminianos, que hacen depender la salvación del pecador de la propia iniciativa de éste.Eso suscita la duda de si el creyente puede realmente tener alguna vez una verdadera seguridad en la salvación. ¿Puede llegar a estar totalmente seguro de que su cooperación o respuesta ha sido suficientemente completa?
Por contraste, tal seguridad va implícita en el mensaje de 1888. En él se reconoce que el sacrificio de Cristo compró realmente la justificación por "todos los hombres". Lo que perdió la raza humana "en Adán", quedó recuperado en el don a la raza humana "en Cristo". "De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito" (Juan 3:16). Él gustó la muerte por todos los hombres (Heb. 2:9). Él es la propiciación por los pecados de los que creemos, pero "no solamente por los nuestros, sino por los de todo el mundo" (1 Juan 2:2). ¡Nadie está excluido!
"Es el Salvador de todos los hombres, especialmente de los que creen" (1 Tim. 4:10). Cargó, y carga todavía la verdadera culpabilidad de todos los hombres, ya que Cristo "murió por todos" (2 Cor. 5:14,15). De no haber sido así, todos habrían muerto. Se trata de una justificación legal o judicial, efectuada no meramente ofrecida como algo provisional en favor de "todos los hombres".
Así, es un don porque se da "gratuitamente por su gracia" (Rom. 3:23,24). Sólo cabe llamar don a aquello que ha sido efectivamente dado. La vida física de "todos los hombres", su próxima respiración, todo cuanto tienen, lo gozan solamente en virtud de la gracia de Cristo. Y eso a pesar de que quizá no hayan reconocido nunca el Origen de la "gracia de la vida" que les fue dada (1 Ped. 3:7). Cristo es tan generoso y magnánimo que hace que el sol salga sobre buenos y malos, y envía la lluvia a justos e injustos. De igual manera, en el don incomparable de su Hijo, Dios ha rodeado al mundo entero con una atmósfera de gracia tan real como el aire que respiramos (El Camino a Cristo, p. 68).
Cree esas buenas nuevas, y tu enemistad con Dios será sanada. Pablo aclara que no podemos estar preocupados por la seguridad de nuestra propia salvación si miramos a la cruz: "El que no eximió a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?" (Rom. 8:32).
Me han dicho que desconfíe de esas buenas nuevas, ya que en ellas hay peligro de universalismo.
Lejos de ello. Los perdidos lo serán, no porque Dios los haya predestinado a perderse, sino porque escogieron resistir, rechazar y despreciar su gracia; se negaron a respirarla. El concepto calvinista de la "gracia irresistible" no es bíblico. "El pecador puede resistir a este amor, puede rehusar ser atraído a Cristo; pero si no se resiste, será atraído a Jesús" (El Camino a Cristo, p. 27). Ahora bien, si se resiste, toma finalmente sobre sí mismo la plena condenación de la que Cristo le había ya salvado (Juan 3:16-18). Por lo tanto, en definitiva su condenación es debida solamente a su propia iniciativa (El Conflicto, p. 597,598).
¿Qué responder a los que objetan que ese mensaje debilita la obediencia y la adhesión a una norma elevada?
Esa es precisamente la objeción mediante la que muchos de nuestros hermanos se opusieron en 1888. Rechazaron inicialmente este "muy precioso mensaje" debido a su temor de que si nuestro pueblo apreciaba plenamente la forma en la que "sobreabundó la gracia", se diera una relajación en la observancia de la ley.
Pero Pablo podría haber disipado sus temores: "Luego, ¿anulamos la Ley por la fe? ¡De ninguna manera! Al contrario, confirmamos la Ley" (Rom. 3:31). De hecho, no hay otra forma de obedecer verdaderamente, de no ser mediante esa fe genuina. El superficial "cree solamente", o "gracia de saldo" del cristianismo popular, no es la fe genuina. Carece absolutamente de la poderosa dinamita espiritual contenida en la verdadera justificación por la fe.
La razón es que el cristianismo popular cree, en general, en la inmortalidad natural del alma. Si tal doctrina es verdadera, Cristo no pudo haber muerto realmente en la cruz del Calvario. Así, muchos son incapaces de apreciar las magnas dimensiones del agape revelado allí. Como una hilera de fichas de dominó en la que cae una pieza y desencadena la caída sucesiva de todas las demás, hay ciertos resultados que se vuelven inevitables. En consecuencia, su concepto sobre la fe queda "cojo"; y a su vez, su fe desvitalizada resulta incapaz de "obrar" produciendo plena obediencia a todos los mandamientos de Dios. El resultado es mundanalidad, orgullo, autosuficiencia, y el continuo desprecio de la ley de Dios.
Tal es la razón por la que muchos han declinado a la obediencia del cuarto mandamiento. Implica llevar una cruz, y ellos no saben cómo aceptar su propia cruz, dado que no entienden o aprecian verdaderamente la Cruz de Cristo.
En la prueba final de la "marca de la bestia", toda obediencia que sea motivada por el temor a perderse, o bien por la expectativa de recompensa personal, se demostrará centrada en el yo, carente de Cristo. "Por el fuego será revelada" como "madera, heno, paja " (1 Cor. 3:12,13). Cambiando la metáfora, será como la paja llevada por el viento tempestuoso de los últimos días. El auténtico "mensaje del tercer ángel en verdad" prepara un pueblo para esa prueba de fuego y para esa tormenta.
Pero hay muchas personas sinceras y honradas en todas las religiones, esperando solamente oír el mensaje del tercer ángel. Cuando oigan ese mensaje "en verdad", responderán gozosos.
Me han dicho que el mensaje de 1888 enseña que la raza humana pecadora fue hecha justa sin participación de su voluntad, que hasta los paganos y adoradores de Satanás, asesinos y ladrones, son todos hechos justos. ¿Es cierto?
Naturalmente, es una distorsión del mensaje. No hay tal, ni nada parecido. Pablo debió también enfrentarse con aquellos que distorsionaban su mensaje. La exposición del mensaje hecha por los mensajeros de 1888, y que E. White apoyó, es la siguiente:
Así como la condenación vino a todos los hombres [Rom. 5:18], también la justificación. Cristo gustó la muerte por todos. Se dio a sí mismo por todos, se dio a cada uno. El don gratuito vino sobre todos. El hecho de que sea un don gratuito es evidencia de que no hay excepción alguna. Si hubiese venido solamente sobre aquellos que hubiesen tenido alguna calificación especial, no habría sido un don gratuito. Por lo tanto, es un hecho claramente establecido en la Biblia que el don de la justicia [justificación] y de la vida en Cristo, ha venido sobre todo hombre en el mundo (E.J. Waggoner, Signs of the Times, 12 marzo 1896; Waggoner on Romans, p. 101 [56]).
Eso armoniza con Juan 3:16,17; Rom. 3:23,24; 5:12-18; 1 Tim. 2:6; 4:10; 2 Tim. 1:10; Heb. 2:9; 1 Juan 2:2.
No se trata aún de justificación por la fe. Es una justificación puramente "legal", "temporal" o "corporativa". Hasta que el hombre no la cree y acepta por la fe, no experimenta la justicia. No convierte a nadie en justo, antes de haberla creído. Es la base y fundamento sobre el que descansa la justificación por la fe.
(11)
Está claro que la Biblia enseña esa maravillosa verdad, pero ¿está E. White de acuerdo con ella?
No podía ser de otra manera, puesto que E. White nunca disintió de la Biblia. Pero algunas veces leemos sus escritos con un velo de incredulidad sobre nuestros ojos, similar al que llevaban los judíos al leer el Antiguo Testamento, y que les impidió discernir allí la justificación por la fe.
E. White reconoció repetidamente esa verdad. Por ejemplo, veamos en Mensajes Selectos, vol. III, p. 221: "La obra mediatoria de Cristo comenzó en el mismo momento en que comenzó la culpabilidad, el sufrimiento y la miseria humana, tan pronto como el hombre se convirtió en un transgresor". "El hombre" significa aquí lo mismo que "todo hombre", y la obra de Cristo en nuestro favor "comenzó" antes de que nos arrepintiésemos. Consideremos también El Deseado, p. 615:
"A la muerte de Cristo debemos aún esta vida terrenal. El pan que comemos [¿quienes, sino "todos los hombres"?] ha sido comprado por su cuerpo quebrantado. El agua que bebemos ha sido comprada por su sangre derramada. Nadie, santo o pecador, come su alimento diario sin ser nutrido por el cuerpo y la sangre de Cristo. La cruz del Calvario está estampada en cada pan.
Poco tiempo después de haber escrito esas célebres palabras, comentó de una forma quizá aún más enérgica la realidad de la justificación legal universal:
Toda bendición ha de venir a través de un Mediador. Todo miembro de la familia humana es dado enteramente en las manos de Cristo, y todo cuanto poseemos sea el don del dinero, casas, tierras, el poder de la razón o la fortaleza física, los talentos intelectuales en esta vida y las bendiciones de la vida futura, se nos dan en posesión como tesoros de Dios para ser fielmente dedicados en beneficio del hombre. Todo don está estampado con la cruz, y lleva la imagen y sobrescrito de Jesucristo. Todas las cosas vienen de Dios. Desde las más insignificantes bendiciones hasta las mayores de ellas, fluyen todas por un Canal: una mediación sobrehumana asperjada por la sangre de un valor inconmensurable, ya que fue la vida de Dios en su Hijo (MS. 36, 1890; The Ellen G. White 1888 Materials, p. 814).
Veamos ahora Mensajes Selectos, vol. I, p. 402: "Se apoderó del mundo sobre el que Satanás pretendía presidir como en su legítimo territorio. En la obra admirable de dar su vida, Cristo restauró a toda la raza humana al favor de Dios".
Hay más: "Jesús, el Redentor del mundo, se interpone entre Satanás y toda alma Los pecados de cada uno que haya vivido sobre la tierra fueron puestos sobre Cristo, testificando del hecho de que nadie tiene por qué ser vencido en el conflicto con Satanás" (Review and Herald, 23 mayo 1899). "La sangre propiciatoria de Cristo impidió que el pecador recibiese el pleno castigo de su culpa" (El Conflicto, p. 687). E. White dijo que los que vinieron de Jerusalem a Antioquía para oponerse a Pablo, rehusaban creer que Cristo murió por "el mundo entero", justificando así legalmente a "todos los hombres" (Sketches From the Life of Paul, p. 121).
"Todos los hombres" morirían en un instante si hubiesen de llevar la verdadera culpabilidad de sus pecados. Tal habría sido la suerte de Adán y Eva en el jardín del Edén, de no haber existido un "Cordero que fue muerto desde la creación del mundo" (Apoc. 13:8). Eso es lo que Pablo quiere decir al declarar que "vino a todos los hombres la justificación que da vida" (Rom. 5:18). E. White así lo creía.
¿Puede ser alguien justificado sin obediencia?
Ningún pecador puede ser justificado por la fe sin arrepentimiento, y obediencia subsiguiente; ni puede tampoco retener la experiencia de la justificación por la fe sin la constante cooperación con el Espíritu Santo, lo que significa obediencia.
Si el incrédulo elige rechazar lo que Cristo hizo ya por él y lo arroja de sí, pide la plena carga de culpabilidad nuevamente sobre él y debe morir la segunda muerte. Pero es totalmente innecesario, excepto por su obstinada incredulidad.
Esa es la idea de 1888 de la justificación por la fe. Exalta la ley de Dios como ninguna otra cosa podría hacer. Escribiendo bajo la bendición del mensaje de 1888, la sierva del Señor aclaró el problema de las "condiciones":
Se suscitará la pregunta, ¿Cómo sucede eso? ¿Es mediante condiciones como recibimos la salvación? Jamás venimos a Cristo mediante condiciones. Y si venimos a Cristo, entonces, ¿cuál es la condición? La condición es que mediante una fe viviente nos aferremos enteramente a los méritos de la sangre de un Salvador crucificado y resucitado. Cuando hacemos tal cosa, obramos las obras de justicia. Pero cuando Dios llama e invita al pecador en nuestro mundo, no hay ahí condición alguna. Es atraído por la invitación de Cristo y no consiste en que "tienes que responder a fin de venir a Dios". El pecador viene, y al venir y ver a Cristo levantado sobre esa cruz del Calvario, que Dios impresiona en su mente, hay un amor que va más allá de todo lo que jamás imaginó. Y entonces, ¿qué? Al contemplar ese amor, le dice que es un pecador. Bien, ahora, ¿qué es el pecado? Tiene que llegar por fin a este punto, para comprenderlo. No hay otra definición dada en nuestro mundo, excepto que pecado es transgresión de la ley; por lo tanto, descubre lo que es el pecado. Y hay arrepentimiento hacia Dios. Y ¿qué sigue entonces? Fe hacia nuestro Señor y Salvador Jesucristo que puede pronunciar perdón sobre el transgresor. Cristo está atrayendo a todo el que no ha sobrepasado los límites. Lo está atrayendo hoy a sí mismo (MS. 9, 1890).
¿Hay conflicto entre el apóstol Santiago y Pablo, a propósito de la justificación por la fe? ¿Debilita Santiago la presentación del evangelio hecha por Pablo?
Desde luego, Santiago (2:17-25) no tiene la menor intención de contradecir a Pablo. Su enseñanza consiste en que hay dos tipos de "fe": la fe viva, y la muerta. Hay igualmente dos tipos de personas: los vivos, y los muertos. Éstos últimos no obran, así como tampoco la fe muerta.
El tipo de fe que tienen los diablos cuando "creen y tiemblan", es la fe muerta que no aprecia el agape de Cristo, y que no produce obras de justicia. Pablo habla de la fe viviente que aprecia la Cruz, y nos motiva a la obediencia voluntaria y gozosa (Rom. 13:10; Gál. 5:5,6; 2 Cor. 5:14-6:1).
Los judíos dijeron a Jesús, "¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios? Respondió Jesús y les dijo: Ésta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado" (Juan 6:28,29). Esas palabras deberían estar escritas en letras de oro, y mantenidas constantemente ante la vista por todo cristiano que lucha. Queda resuelta la aparente paradoja. Las obras son necesarias; sin embargo la fe es totalmente suficiente, ya que la fe hace la obra
El problema es que mucha gente tiene en general una falsa concepción de la fe La fe y la desobediencia son incompatibles. No importa la mucha fe que profese el transgresor de la ley, el hecho de que quebranta la ley demuestra que no tiene fe Que nadie desprecie la fe como algo de poca importancia (E. J. Waggoner, Bible Echo, 1 agosto, 1890).
Pero ¿no dice Santiago que la fe sola no puede salvar a un hombre, y que la fe sin obras es muerta?
[Responde Waggoner]
Examinemos sus palabras. Demasiados las han pervertido en un legalismo mortal Si la fe sin las obras es muerta, [es porque] la ausencia de obras revela la ausencia de fe; lo que está muerto no posee existencia. Si un hombre tiene fe, las obras aparecerán necesariamente (Id.)
Entonces, ¿qué hay de Santiago 2:14, que dice, "¿De qué sirve que alguien diga que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso podrá esa fe salvarle?"
[Responde Waggoner]
La respuesta es, por supuesto, que no podrá. ¿Por qué no? Porque no la tiene. ¿De qué aprovecha si un hombre dice que tiene fe, pero su malvado curso de acción demuestra que no tiene ninguna? ¿Despreciaremos el poder de la fe por el hecho de que no hace nada por aquel que hace una falsa profesión de ella? La fe no tiene poder para salvar a un hombre que carece de ella (Id.)
Aunque Santiago no contradice a Pablo, algunos han pretendido que así sea. Pero la perspectiva, en cada epístola, es diferente. Santiago no centra la discusión en la Cruz, ni en la sangre de Cristo. Necesitamos toda la Revelación, pero de alguna forma, el Espíritu Santo consideró oportuno proporcionarnos 14 cartas de Pablo en el Nuevo Testamento, y solamente una de Santiago.
Notas:
En la condición de su naturaleza anterior a la caída, no hablamos tampoco de Adán y Eva como "justos", sino como "santos". (Volver al texto)Capítulo 2
Cuestiones prácticas sobre el mensaje de 1888
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¿Hace el mensaje de 1888 algo práctico por aquellos que lo creen?
Sí, produjo un reavivamiento y reforma entre los miembros laicos que lo oyeron inmediatamente después de la Asamblea de Minneapolis (ver A. V. Olson, Trough Crisis to Victory, p. 56-81). La reforma habría sido completa de no haber sido por la oposición de los dirigentes de la Asociación General y la Review and Herald (E. White, Review and Herald, 11 y 18 de marzo de 1890).
El mensaje trae hoy gozo y esperanza a miles de corazones que lo oyen y creen.
¿Cómo se relaciona la temperancia y reforma pro-salud con el mensaje de 1888?
El mensaje de 1888 recupera la verdadera motivación para la temperancia y reforma pro-salud, al relacionar la justificación por la fe con la purificación del santuario celestial.
A pesar de estar viviendo en el Día de la Expiación, hay actualmente en nuestra iglesia un desdén general por esa verdad. Al mismo tiempo, el llamado "consumo moderado de bebidas alcohólicas" ha llegado a ser un problema de tal envergadura, que en nuestra prensa oficial aparecen artículos intentando hacer frente al problema.
Las iglesias Evangélicas anteriores a la revocación nacional de 1933,
(1) enseñaban la prohibición bíblica del consumo de alcohol, pero hoy han abandonado en gran medida esas convicciones de antaño, en favor del así llamado "consumo moderado de alcohol".
¿Por qué han perdido los Evangélicos su celo anti-alcohólico?
Carecen de la motivación que les habría proporcionado la comprensión de la verdad del Día de la Expiación. También nosotros podemos evocar esas prohibiciones bíblicas "no bebas", "di ¡No!", etc, pero en ausencia de esa gran motivación basada en la verdad del santuario, resultará ser igualmente ineficaz entre nosotros, especialmente en el caso de los jóvenes. Hay en la actualidad un alarmante incremento en la bebida "social" en ciertos círculos adventistas, sobre todo en nuestras grandes instituciones.
La singular verdad del santuario constituye el eje del que han salido todos los radios de la reforma pro-salud y temperancia adventista. La negligencia de esa verdad y el problema de la bebida, han corrido paralelos.
¿Por qué es tan importante la justicia por la fe, en el marco del Día de la Expiación?
Dice E. White que "La correcta comprensión del ministerio del santuario celestial es el fundamento de nuestra fe" (El Evangelismo, p. 165), "el pilar central que sostiene la estructura de nuestra posición en el tiempo actual" (Carta 126, 1897). "El pueblo de Dios debería comprender claramente el asunto del santuario y del juicio investigador. Todos necesitan conocer por sí mismos el ministerio y la obra de su gran Sumo Sacerdote. De otro modo, les será imposible ejercitar la fe tan esencial en nuestros tiempos" (El Conflicto, p. 542). Esa "fe" es la única rienda eficaz contra la intemperancia. El temor a la enfermedad o a los accidentes, incluso hasta la muerte o el infierno mismos, no son motivaciones que proporcionen el poder necesario. Podemos seguir inculcando la temperancia por la fuerza del temor, pero eso no guardará a nuestros jóvenes en el día de la tentación:
Podemos explayarnos en el castigo de cada pecado, y en los horrores del castigo infligido a los culpables, pero eso no enternecerá ni subyugará el alma (MS. 55, 1890).
¿Bebían alcohol los israelitas de antaño?
Aunque es muy cierto que Dios ha prohibido siempre el alcohol, su pueblo tenía un problema con él en los tiempos antiguos (ver, por ejemplo, Gén. 9:20,21; 1 Sam. 25:36-38; Rut 3:7; 2 Sam. 13:28, etc.) La Biblia prohibe también el materialismo y la mundanalidad, sin embargo, ambos existían entre ellos. Pero en el Día de la Expiación, el pueblo de Israel no probaba ni una gota de alcohol (Lev. 16:29,30; 23:27-32).
Es cierto que la intemperancia y el "consumo moderado" de bebidas alcohólicas, y hasta el consumo de drogas, "abundan" hoy, incluso en la iglesia. Pero nada puede solucionar ese problema, si no es la revelación de la gracia que "sobreabundó", esa gracia que es ministrada por el gran Sumo Sacerdote en su obra final de expiación, en el lugar santísimo del santuario celestial.
En estos "tiempos peligrosos" de los últimos días, debe haber una mejor motivación que el interés en uno mismo, o incluso en nosotros mismos, y consiste en el interés por el honor y vindicación de Aquel que se dio a sí mismo por nosotros. Refiriéndose una vez más al mensaje de 1888, E. White lo relacionó con las verdades del Día de la Expiación:
Estamos en el día de la expiación, y hemos de obrar en armonía con la obra de Cristo de purificar el santuario de los pecados del pueblo Debemos presentar ahora ante la gente [nuestra juventud está aquí evidentemente incluida] la obra que por la fe vemos cumplir a nuestro gran Sumo Sacerdote en el santuario celestial (Review and Herald, 21 enero 1890).
¿Cuál es la motivación verdaderamente efectiva para la temperancia y reforma pro-salud?
La verdadera razón para llevar a la práctica la reforma pro-salud no es el que podamos disfrutar de unos pocos años más de vida dedicados a la comodidad y el lujo, sino el que podamos tener mentes claras para comprender la obra de Cristo como Sumo Sacerdote en la expiación final. La salud extra de la que disfrutamos, tiene el objeto de poder servir a Dios y a nuestro prójimo eficazmente, no tiene por fin nuestra propia diversión y beneficio. Es una respuesta sincera a su amor, más bien que un interés egocéntrico del tipo ¿qué provecho le puedo sacar a eso?
El número especial sobre la temperancia, de la Adventist Review del 25 de febrero de 1982, incluía una breve mención de la purificación del santuario como la razón principal del mensaje adventista de salud y temperancia. Sería maravilloso si pudiese abundarse en ello, de forma que nuestra prensa oficial prestase atención a esa verdad.
¿Qué es pecado? ¿Podemos definirlo como una relación rota?
"Relación" es un término ambiguo y confuso. Una relación puede ser tanto buena, como mala. Esa palabra no aparece en la Escritura. El pecado es allí definido como transgresión de la ley, u odio hacia ella (anomia; 1 Juan 3:4). El pecado es más que una relación rota: es rebelión contra Dios.
La diferencia se hace patente en la cruz de Cristo. Cuando padeció en las tinieblas, experimentó una clara "relación rota", puesto que clamó "Dios mío, Dios mío ¿por qué me has desamparado?" Sin embargo, esa relación rota no implica que Cristo pecase. En su total soledad, tinieblas, olvido y desespero, escogió no pecar, puesto que escogió creer que "Dios es agape" (1 Juan 4:8). Por lo tanto, el agape puede soportar una relación rota sin pecar. Eso demuestra que una "relación rota" no puede ser una definición adecuada de pecado.
La Biblia expresa más claramente de lo que el término "relación" puede hacer, las verdaderas definiciones de lo que es el pecado y la fe. La confusión que ese término genera puede ser la causa de la inseguridad de muchos. Arnold Walenkampf hace los siguientes comentarios al respecto:
La palabra relación es manoseada a menudo en las conversaciones de hoy en día. Se la utiliza también en el área de la religión, sugiriendo una conexión salvadora con Dios. Pero la relación no es una panacea. Una persona o una organización o casi cualquier cosa para el caso mantiene una relación en cierta forma con cualquier cosa o persona los tres viajeros que vieron al infortunado hombre que había sido asaltado y golpeado en el camino a Jericó (véase Luc. 10:25-37), mantuvieron una relación con él. Así que la palabra relación no es adecuada para describir la conexión salvadora de una persona con Dios.
Una relación con Dios por sí sola no garantiza la salvación. Satanás mismo mantiene una relación con Dios. La salvación resulta sólo de una relación de amistad, o de profundo compañerismo con Dios. Fue sólo la relación de amistad del samaritano hacia el viajero sufriente lo que salvó a este último de la muerte (Lo que todo adventista debería saber sobre 1888, p. 85).
Esa idea de Cristo muriendo por "todos los hombres" suscita la cuestión de ¿cuándo se inscriben nuestros nombres en el libro de la vida?
En los escritos de E. White hay muchas referencias a aquellos cuyos nombres figuran en el libro de la vida, pero rara vez alude a cuándo se los inscribe. Dos citas permiten deducirlo, aun sin definir ese extremo con exactitud: (a) "Cuando nos convertimos en hijos de Dios, nuestros nombres se inscriben en el libro de la vida del Cordero, y allí permanecen hasta el tiempo del juicio investigador" (Comentario bíblico adventista, vol. VII, p. 998). (b) "Al pecador, mediante el arrepentimiento de sus pecados, fe en Cristo, y obediencia a la perfecta ley de Dios, se le imputa la justicia de Cristo; viene a ser su justicia, y su nombre se registra en el libro de la vida del Cordero" (Testimonies, vol. III, p. 371,372).
¿Cuándo puede considerarse a alguien un "hijo de Dios"?
En algunos casos, a muy tierna edad. En el vientre de su madre Elisabet, el niño Juan el Bautista respondió al Espíritu Santo (Luc. 1:41,44). El profeta Jeremías fue llamado, santificado y ordenado para el oficio de profeta (Jer. 1:5). En un cierto sentido, Cristo fue ya el "Salvador de todos los hombres", incluso antes que estos respondieran. Es por su amor que "todos los hombres" son candidatos a la vida eterna, en virtud de su sacrificio.
Su sacrificio proporcionó realmente vida a todos los hombres (Rom. 5:18). No es posible suponer que el libro de la vida ignore el don de la vida. Dios "quiere que todos los hombres sean salvos, y que vengan al conocimiento de la verdad" (1 Tim. 2:4). Puesto que Cristo escogió gustar "la muerte por todos" (Heb. 2:9), concedió la vida a "todo hombre", que es lo opuesto a la muerte que él gustó por todos.
Con seguridad, el Señor desea que el nombre de cada uno esté en el libro de la vida, y que permanezca allí a menos que por haber preferido las tinieblas más bien que la luz, el hombre anule la "elección" para vida eterna que Dios hizo ya en su favor (Juan 3:16-19).
En la oscuridad de nuestra mente, no nos apercibimos de su elección llena de gracia a favor de nuestra salvación, hasta el momento en que le prestamos atención, creemos y respondemos. En ese momento, por lo que a nosotros respecta, se inscriben nuestros nombres en el libro.
¿A qué edad puede inscribirse el nombre de un niño en el libro de la vida?
Jamás debemos trazar un círculo que deje a un niño fuera de la seguridad de la elección de Dios para vida eterna. En El Deseado leemos que Cristo "no rechazaba la flor más sencilla arrancada por la mano de un niño, que se la ofrecía con amor. Aceptaba las ofrendas de los niños, bendecía a los donantes e inscribía sus nombres en el libro de la vida" (p. 517). Niñitos de no más de dos o tres años son capaces de arrancar una flor y ofrecérnosla con amor.
En Hebreos 7:9 Pablo expresa una idea aparentemente extraña, que puede ayudarnos a comprender mejor el asunto. Dice que Leví pagó los diezmos en Abraham "porque Leví aún estaba en los lomos de su padre cuando Melquisedec le salió al encuentro". Dicho en otras palabras, Dios apuntó en su "libro" que Leví pagó el diezmo ¡antes incluso de haber sido concebido! "Dios el cual llama las cosas que no son, como si fuesen" (Rom. 4:17).
También es útil la ilustración de los tutores del niño heredero, en Gálatas 4:1. Incluso los mismos esclavos supervisan estrictamente al hijo del señor, hasta que éste alcanza la edad apropiada. En esa fase temprana, el niño no se apercibe de quién es realmente. Y sin embargo, es ya el verdadero señor del estado. Su padre lo ha "inscrito" como tal, antes incluso de que pueda darse cuenta.
¿Cuál es la importancia de esa verdad en la ganancia de almas?
Nunca diremos a nadie que el plan de Dios es excluirlo del cielo. El plan de la salvación no requiere de nadie que dé el primer paso, ya que es Dios quien dio ya ese primer paso "en Cristo". Juan 3:16 nos dice que la parte del pecador es responder en fe sincera y profunda, "porque con el corazón se cree para justicia" (Rom. 10:10).
El decir al pecador que Dios lo ha predestinado a la vida eterna forma parte de las buenas nuevas, ya que Dios no ha predestinado a nadie para que se pierda. En su mente infinita considera ya al pecador como un candidato al cielo, y si éste aprecia ese gran don, responde y vence, es el deseo de Dios que su nombre sea retenido en el libro de la vida. El pecador debe comprender que mediante su continua resistencia a la gracia de Dios, está tomando la iniciativa de hacer que su nombre sea borrado.
Cuando un paciente se cura de una enfermedad, no precisa más la medicina. ¿No tiene hoy nuestro pueblo una comprensión mucho mejor de la justicia por la fe, que décadas atrás? ¿No debería silenciarse el mensaje de 1888?
Hace unos cien años, E. White dijo de ese mensaje: "no hay ni siquiera uno entre cien, que comprenda por sí mismo la verdad bíblica sobre este tema [la justificación por la fe] tan necesario para nuestro bien presente y futuro" (Review and Herald, 3 septiembre 1889; citado en el libro de A. G. Daniells, Christ Our Righteousness, p. 87).
¿Goza hoy nuestro pueblo de una comprensión significativamente mejor al respecto? Daniells dijo en sus días (1926) que la respuesta es No, dado que el "mensaje [de 1888] no ha sido nunca recibido, proclamado ni se le ha dado libre circulación, de la manera en que debiera haberlo sido" (p. 47). En ocasiones fueron importados conceptos Evangélicos, etiquetándolos como "el mensaje de 1888". Pero los elementos básicos del auténtico mensaje estaban ausentes. Hay abundante evidencia documental de este hecho. ¿Cuándo es posible decir que en nuestro siglo de historia actual fuesen recobradas y promulgadas las verdades de 1888?
La Adventist Review del 6 de enero de 1991 exponía el resultado de un escrutinio reciente, según el cual, el 70% de nuestros jóvenes no comprende el evangelio. El escrutinio entiende por "evangelio" los conceptos Evangélicos básicos, tal como los sostienen las iglesias no Adventistas.
No resultaría difícil demostrar que un porcentaje aún mucho mayor ignora las verdades singulares de la justificación por la fe a las que se refería E. White.
Difícilmente habría dicho que "ni siquiera uno entre cien" comprendían en su día el concepto popular de la justificación por la fe, tal como lo enseñaban Moody o Spurgeon (dos predicadores muy conocidos del siglo XIX), ya que multitudes oían y leían los sermones de éstos. Evidentemente, se refería al mensaje de 1888.
Cuando se presentan esos conceptos hoy a nuestras congregaciones, muchos, jóvenes y adultos, dan frecuente testimonio de no haberlos oído nunca con anterioridad, incluso tras haber pertenecido a la iglesia durante años o hasta décadas.
No tenemos hoy entre nosotros a un profeta que nos pueda dar una declaración inspirada sobre ese porcentaje, tal como sucedió hace un siglo. Sea que la cifra hoy fuese mejor o peor que ese "ni siquiera uno entre cien", un hecho es patente: si fuese radicalmente mejor, la iglesia no podría permanecer tibia, ya que comprender y creer esa gloriosa verdad hace imposible la tibieza.
¿En qué punto la justificación se hace nuestra, en tanto en cuanto experiencia?
La respuesta bíblica es: en el punto en que comenzamos a creer lo maravillosas que son las buenas nuevas. Es decir, en el punto en el que nuestro corazón comienza a apreciar lo que le costó al Hijo de Dios el redimirnos. Tal es la fe que expone el Nuevo Testamento, y la auténtica justificación es por esa fe.
De acuerdo con Gálatas 5:6, una fe tal comienza a obrar inmediatamente, y esa experiencia subjetiva es la llamada justificación por la fe. Waggoner expone que nuestro problema es la incredulidad lo opuesto a la fe:
Por lo que respecta a si eres de Cristo, lo puedes comprobar tú mismo. Has visto lo que él entregó por ti. Ahora la pregunta es, ¿te has entregado tú a él? Si lo has hecho, puedes estar seguro de que te ha aceptado. Si no eres suyo, es solamente porque has rehusado entregarle aquello que él compró. Le estás defraudando
Referente a tu creencia en sus palabras, pero dudando de si te acepta o no, debido a que no sientes el testimonio en tu corazón, permíteme que insista en que no crees (Christ and His Righteousness, 1890, p. 74,75).
Observa que la justificación objetiva tuvo ya lugar en la cruz, en favor de "todos los hombres". Nuestros pecados le fueron "imputados" a Cristo (2 Cor. 5:19). Pero esa justificación objetiva no es un cambio en el corazón. Cuando el pecador la aprecia y cree, se hace realidad en el terreno subjetivo, o al menos, comienza a hacerlo. Continúa y se profundiza a lo largo de toda la vida.
Estoy todavía tratando de entender lo que Dios requiere antes de que la justificación sea hecha nuestra por experiencia.
La respuesta bíblica, una vez más, se puede resumir en una palabra: fe. Eso fue todo lo que pidió de Abraham (Gén. 15:6). La palabra hebrea "creer" constituye la raíz de nuestra expresión "Amén".
E. White responde en términos similares. El Señor nos pide algo: "Si acudimos a Cristo, ¿cuál es entonces la condición? La fe viviente" (MS. 9, 1890).
Véase, por ejemplo, el original hebreo en Jeremías 11:5, la respuesta que dio Jeremías al "pacto" que el Señor le declaró. El profeta no hizo promesa alguna, como hicieron los israelitas en Sinaí. Pronunció simplemente la palabra "Amén". Es todo cuanto el Señor ha requerido de cualquiera en cualquier época. Una verdadera respuesta de fe lleva implícita una dinámica: todas las obras y la cooperación que hacen al creyente enteramente obediente a todos los mandamientos de Dios.
¿Afecta la justificación por la fe solamente a los pecados pasados?
Una mera confesión de los pecados pasados no constituye una verdadera confesión en el sentido de 1ª de Juan 1:9. No comprendemos verdaderamente lo que son nuestros pecados, en lo que a confesarlos respecta, hasta que reconocemos que son en realidad algo mucho más profundo de lo que habíamos supuesto superficialmente. La Biblia ve a toda la raza humana "en Adán". Ese concepto caracteriza nuestra relación corporativa. De no haber tenido un Salvador, habríamos sido culpables de los pecados del mundo entero (corporativamente). Ninguno de nosotros es, de forma innata, mejor que ningún otro.
Leemos en Romanos 3:23, "por cuanto todos pecaron". Nuestra verdadera culpa deriva de lo que habríamos hecho en caso de haber tenido la plenitud de oportunidades para hacerlo, tal como la que haya disfrutado cualquier otro ser humano. "Los libros del cielo registran los pecados que se hubieran cometido si hubiese habido oportunidad" (E.G.W, Comentario Bíblico Adventista, vol. V, p. 1061).
Según el mensaje de 1888, la verdadera justificación por la fe es una realidad en continua progresión. Los pecados no están solamente en el pasado, sino que hay pecado oculto en el presente enemistad del corazón contra la justicia, en necesidad de reconocimiento y confesión inteligentes.
La culpabilidad personal de la que nos apercibimos, concierne a los pecados que sabemos haber cometido personalmente. Pero esa es sólo la punta del iceberg de la realidad, y nos muestra lo que habría sido el resto, si no fuera por la gracia de Cristo.
No se trata de confesar de manera que nunca más tengamos que confrontar nuestro "pasado". Nuestra verdadera culpabilidad actual tampoco debe ser ignorada, de manera que se levante contra nosotros en el juicio. Según la declaración inspirada que hemos citado, los libros del cielo registran los pecados que yo habría cometido en el caso de haber tenido la "oportunidad". ¡Eso debe incluir la crucifixión del Hijo de Dios! Por lo tanto, el verdadero arrepentimiento y confesión deben tenerlo presente.
Eso nos lleva a Zacarías 12:10-13:1:
Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los habitantes de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración. Me mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán sobre mí, como se llora por unigénito En aquel día habrá un gran llanto en Jerusalén La familia de la casa de David, y sus mujeres aparte En aquel tiempo habrá un manantial abierto para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para lavar el pecado y la injusticia.
E. White aplicó en diversas ocasiones este pasaje a la obra de sellamiento que ha de tener lugar antes que se agote el tiempo de gracia (El Deseado, p. 267; Signs of the Times, 28 enero 1903).
Durante años hemos comprendido erróneamente la verdad de 1888 de la justificación por la fe. Como resultado, hemos luchado contra la idea de la culpabilidad corporativa y del arrepentimiento que ella demanda. Se ha producido un hambre de la justicia por la fe que purifica verdaderamente los corazones del pueblo de Dios.
El Señor quiere concedernos el que nos demos real cuenta de eso. Y entonces habrá ese manantial abierto para el pecado y la inmundicia. Que ese día venga pronto.
¿No hay peligro de hacer demasiado buenas las buenas nuevas?
El evangelio son ciertamente buenas nuevas. No que el Señor nos salve en nuestros pecados, sino de nuestros pecados. Ese es su oficio de Salvador. Y tiene el poder para hacerlo. El problema es nuestra reticencia a abandonar el pecado.
Si él nos permitiese revolcarnos en el pecado mientras que acariciamos una vana esperanza, no habría ahí buenas nuevas de ninguna clase. Él libra del pecado, y puede así preparar a un pueblo para su segunda venida.
No podemos negar que "de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado [no prestado] a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en él [no a quien hace algo de la forma correcta], no perezca, sino que tenga vida eterna". Su amor es activo; él es el Buen Pastor a la búsqueda de la oveja perdida. Hay que resistir su gracia a fin de perderse.
Se trata de auténticas buenas nuevas. Son buenas porque la gracia de Dios imparte al corazón del que cree el deseo de abandonar el pecado. Entonces el creyente es movido a la plena obediencia. Dice Jesús:
Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es cómodo, y mi carga ligera (Mat. 11:28-30).
Dura cosa te es dar coces contra el aguijón (Hech. 26:14).
He oído que el mensaje de 1888 interpreta algunos textos de forma opuesta a la habitual.
Sí, puede ser cierto. El evangelio en su pureza contraría a menudo la tibieza de la iglesia. La comprensión habitual que nos ha caracterizado como pueblo, especialmente a la juventud, es que el ser un buen cristiano constituye algo realmente difícil, y que por el contrario es muy fácil perderse. Jesús dice lo opuesto, como puede comprobar todo quien reciba sus palabras de vida.
Hay aquí otro ejemplo de texto que se suele comprender "al revés":
la carne desea contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne. Los dos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisierais (Gál. 5:17).
Muchos hemos entendido ahí que no podemos hacer las cosas buenas que querríamos hacer. Pero el mensaje de 1888 lo ve al revés. Si creemos en lo buenas que son las buenas nuevas, el Espíritu Santo demuestra ser más fuerte que la carne, y puesto que lucha contra la carne, ésta pierde, y no podemos hacer las cosas malas que esa carne nos invita a hacer. En otras palabras, se trata de un comentario de Romanos 1:16, donde leemos que el evangelio "es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree" (nuestra palabra "dinamita" deriva del término griego traducido como "poder").
La luz predomina sobre las tinieblas; el amor es más fuerte que el odio; la gracia puede más que el pecado; y el Espíritu Santo es más poderoso que la carne. La posición de 1888 es correcta, ya que leemos en el versículo 16 de Gálatas 5: "Vivid según el Espíritu, y no satisfaréis los deseos malos de la carne" (Ver también Rom. 8:1-16).
De acuerdo: la Biblia afirma que las Buenas Nuevas son muy buenas, pero ¿acaso no destacó E. White los aspectos "difíciles" de las buenas nuevas?
E. White no pretendió jamás contradecir la Biblia, y desde luego, nunca se opuso a las palabras del Señor Jesucristo. De ninguna forma negó el concepto de 1888 sobre la justificación por la fe. Sin embargo, es muy posible que al leerla proyectemos en sus escritos nuestras propias ideas arminianas, acariciadas durante años. Podemos ciertamente leerla de la forma en la que los Judíos leían el Antiguo Testamento: con un velo en el corazón (2 Cor. 3:14-16).
Cuando ella habló de "retener la justificación", el contexto demuestra siempre que se refería a la justificación por la fe. Cualquiera que voluntariamente continúa en el pecado, niega con ello su experiencia de justificación por la fe. Si continúa en pecado, está teniendo "por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado" (Heb. 10:29), está despreciando la gracia de Dios, y retoma la plenitud de la condenación sobre sí. Pero E. White fue en todo caso entusiasta defensora del hecho de que el sacrificio de Cristo abarca a todo el mundo.
Eso tiene que significar que no hay ninguna deuda legal en contra nuestra, anotada en los libros del cielo, a menos que rechacemos esa justificación efectuada ya en favor nuestro, y que según Romanos 5:18, "vino a todos los hombres". Cristo eliminó nuestra sentencia condenatoria, clavándola en la cruz (Col. 2:13,14).
Es posible tomar palabras, frases, citas, declaraciones de E. White, y encadenarlas de manera que dé la impresión de que ella negó lo que Jesús dijo a propósito de lo "fácil" de su yugo, y lo "ligera" de su carga. Pero atendiendo a su contexto, veremos que jamás fue su intención el contradecir al Señor Jesús, por cuya sangre se sabía comprada. Observemos su enseñanza:
No deduzcamos, sin embargo, que el sendero ascendente es difícil y la ruta que desciende es fácil. A todo lo largo del camino que conduce a la muerte hay penas y castigos, hay pesares y chascos, hay advertencias para que no se continúe. El amor de Dios es tal que los desatentos y los obstinados no pueden destruirse fácilmente. Es verdad que el sendero de Satanás parece atractivo, pero es todo engaño; en el camino del mal hay remordimiento amargo y dolorosa congoja "El camino de los transgresores es duro", pero las sendas de la sabiduría son "caminos deleitosos, y todas sus veredas paz" A lo largo del áspero camino que conduce a la vida eterna hay también manantiales de gozo para refrescar a los fatigados (El Discurso Maestro de Jesucristo, p. 117-119).
Si eso es cierto, la buena nueva resulta ser una excelente nueva, pero ¿cómo hace el Espíritu Santo para enfrentarse exitosamente con la carne?
El Espíritu Santo viene como el Consolador (parakletos). Significa el que es llamado para permanecer a nuestro lado, y no abandonarnos jamás (para = paralelo, kletos = llamado). No nos abandonará nunca, a menos que lo despachemos (Juan 14:16-18; 16:7-13).
Podemos encontrar un ejemplo de su modo de obrar en Isaías 30:21: "Entonces tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Éste es el camino, andad por él; ya sea que echéis a la mano derecha, ya sea que torzáis a la mano izquierda". Al considerar la vida pasada, comprobamos que siempre que cometimos errores, es porque desoímos esa "palabra".
Nuestra parte es darle oído, prestarle atención, responderle, permitir que nos guíe. Cuando nos convence de pecado, nuestra parte es decirle: Gracias, Señor. Lo acepto, y me someto gustoso a ti. Si nuestra respuesta no es positiva, le estamos resistiendo, y esa es la única manera en la que podemos perdernos.
El pecado implica la continua resistencia hacia el Espíritu Santo, darle la espalda, escoger nuestro camino en lugar del suyo. El mensaje de 1888 revela que Dios está mucho más deseoso de nuestra salvación de lo que habíamos pensado. La purificación del santuario corresponde al gran Sumo Sacerdote. Es su obra, no la nuestra. Sin embargo, debemos cooperar con él, permitirle que la lleve a cabo.
¿Podría saber más acerca de esa nueva luz a propósito de que sea más fácil salvarse que perderse?
En 2ª de Corintios, Pablo expone esa gran verdad. Él derramó su vida en ilimitado servicio por Cristo, sufriendo "en trabajos en azotes en cárceles tres veces he sido azotado con varas; una vez, apedreado; tres veces he padecido naufragio " (11:23-28). ¿Por qué no retirarse, y dejar que los hombres jóvenes llevasen esas cargas?
A Pablo le resultaba imposible cesar en la lucha. Ante la acusación de desequilibrio mental, su defensa fue, "el amor [agape] de Cristo nos constriñe" (5:14).
Pablo no estaba hecho de un material superior al nuestro, pero vio algo que aún hemos de ver nosotros: el verdadero significado de la cruz de Cristo.
El aprecio de las magnas dimensiones del agape, tal como lo revela la cruz, restaura la motivación perdida para servir al Señor. Toda motivación centrada en el yo, basada en el temor o la esperanza de recompensa, resulta ser pueril, propia de la niñita que lleva las flores en la ceremonia de la boda, mientras piensa en el pastel que le espera después. En ese sentido, se puede decir que está "bajo la ley" (Rom. 6:14). La novia ha descubierto una motivación superior para acudir a su cita matrimonial: su interés va dirigido hacia el novio, y no tiene tiempo para pensar en el pastel y el helado. Está "bajo la gracia", bajo una nueva motivación impuesta por un aprecio profundo, sincero y maduro, del carácter, valor y persona del novio.
Eso, desde luego, es muy distinto a decir que Pablo fue forzado en contra de su voluntad. Hubiese podido elegir despreciar la cruz, y pisotear al Redentor crucificado. Pero escogió creer el evangelio. Así explicó cómo ese amor vino a ser para él tan poderosa motivación:
Pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos son muertos [es decir, si no hubiese muerto por todos, todos serían muertos]; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, mas para aquel que murió y resucitó por ellos (2 Cor. 5:14,15).
¿Qué significan esos versículos en lenguaje moderno?
El amor de Cristo es una motivación tan poderosa que al creyente en el evangelio, le resulta imposible seguir viviendo para sí. Se siente ahora constreñido a vivir por Cristo. El poder de ese amor-agape es la razón que hace fácil la salvación, y difícil la perdición, a condición de que el corazón crea las buenas nuevas.
¿No dice Mateo 7:14 que salvarse es realmente difícil, en contradicción con el mensaje de 1888?
Leemos: "Estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos la hallan".
El término griego traducido por "angosto" es thlibo, que significa estrecho; ajustado; contenido entre dos vertientes, como en una garganta formada por dos montañas. Es fácil atravesar un paso estrecho, siempre que uno se deshaga previamente del equipaje. "Nuestro" equipaje es el amor al yo.
Sí, pero dejar mi equipaje es precisamente lo que encuentro tan difícil. No es fácil rendir el yo.
Eso es muy cierto, a menos que hayamos visto la cruz de Cristo. Ve al Getsemaní, arrodíllate al lado de Jesús mientras él transpira gotas de sangre en la agonía de su tentación y óyele "ofreciéndole ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas", óyele orando: "Padre mío, si es posible, pase de mí este vaso; empero no como yo quiero, sino como tú" (Mat. 26:39). Cuando tu corazón se une con el suyo por la fe, encontrarás muy fácil abandonar tu equipaje de egoísmo, ya que estarás incorporado en Cristo, serás uno con él, apreciando lo que debió pagar para salvarte.
Si hacemos tan buenas las Buenas Nuevas, ¿no hay peligro de que el resultado